USB (Memorias Únicas Sacadas del Baúl)

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Como les iba diciendo, aprendí física a veces a través de golpes, accidentes y algunos actos inseguros que mi mente adolescente no había aprendido a evitar.

Lo anterior a pesar de haber tenido un excelente maestro en la materia, el maestro Jesús (no confundirlo con Jesús, el maestro).

En tercero de secundaria, el profe Jesús nos impartió las materias de Física y Química, y recuerdo que sus clases eran claras, entretenidas y hasta jocosas.

Admiraba su impecable letra, que sumada a su gran habilidad para el dibujo, hacía lucir espléndido el pizarrón, con trazos y notas de singular orden y estética.

Todo esto me inspiraba a replicar en mi libreta aquel arte; sin lograrlo por supuesto, aunque con el paso de los años me acerqué un poquito más al objetivo.

Jesús tuvo la puntada de encargarnos de tarea un “acordeón” (Resumen de los datos más importantes de una materia escolar, escrito por lo general en un papel plegado muy pequeño, manuable y fácil de ocultar, que usan los estudiantes para copiar las respuestas en un examen haciendo trampa).

Desde luego aquella solicitud no incluía la autorización para usarlo; más bien llevaba la intención de que pudiéramos repasar el contenido que sería materia del examen. Lo cual funcionó, por lo menos para la mayor parte del grupo.

La promesa de que el premio al mejor acordeón era no presentar el examen, desató la creatividad de cada uno de nosotros en pos de aquella rara forma de exentar.

Con esta y otras dinámicas, el maestro Jesús logró una excelente interacción con sus alumnos en las dos materias que enseñaba.

Sin embargo, la inquietud propia de lo que nuestros padres llamaban “la edad de la punzada”, marginaba a muchos de nosotros (sus pupilos) del óptimo aprovechamiento de dichas ventajas.

Por lo anterior, mi poco enfoque y abundante distracción me llevaron a reprobar Química; precisamente en tercero de secundaria, cuando estábamos advertidos por la dirección de la gloriosa ESBO 8, de que no se aceptaría en primero de prepa a ningún alumno que hubiese reprobado una materia en tercero de secundaria.

Seguramente el número de alumnos en tal predicamento rebasó las expectativas, porque esa instrucción cambió dos veces. Yo me lo imagino así:

“¡Rayos!, si aplicamos este estándar, pasaremos de grupos de 70 alumnos a grupos de 20…

Tenemos que hacer un ajuste”.

Y el ajuste fue:

“Muchachos, vamos a darles la oportunidad de presentar sus exámenes extraordinarios y continuar sus estudios de bachillerato en esta institución, siempre y cuando no se lleven la materia a un “examen a título de suficiencia”.

A pesar de esta nueva advertencia, me presenté al extraordinario sin una adecuada preparación, lo que desencadenó un mayor problema para mí.

El profesor Jesús, recibía en su escritorio los exámenes de quienes iban terminando. Una evaluación de tan solo cinco preguntas con respuestas concretas hacía rápida y sencilla su revisión, de modo que al momento iba diciendo a cada alumno: “Tienesh shiete”… “Tienesh ocho”… “Tienesh diesh”…” y así por el estilo, pasando de inmediato a revisar el siguiente examen.

Yo solía hacer apenas el esfuerzo suficiente para aprobar, pero estaba a punto de aprender que eso es caminar sobre la cuerda floja sin tener una red de protección.

Todo se derrumbó dentro de mí cuando escuché a Jesús decirme:

—Tienesh shinco.

—¡¿quééé?! ¡¿Por quééé?!—, respondí con gran horror, entendiendo lo que eso significaba.

A partir de ese momento, comencé una inútil discusión con el maestro, como cuando un futbolista intenta convencer al árbitro de que se equivocó al marcar un penalti.

Para colmo, cuando Ariel entregó su examen, noté que el profe le dió por buena una respuesta (según yo) idéntica a la mía, la cual me había calificado con medio punto.

Al ver que tenía a la mano un mediocre pero aprobatorio seis, me fui con todo en mi alegato y le pedí (casi exigí) a mi hasta entonces paciente catedrático, el mismo trato para mi respuesta.

—¿Entonshesh no quieresh el shinco?—, dijo el maestro, sin que yo pudiera notar que ya estaba molesto.

—¡Pues claro que no!—, contesté sin advertir hacia dónde iba la cosa.

Jesús tachó el cinco con el que había calificado mi examen, escribiendo al lado un cuatro con tal firmeza que casi rompe la hoja.

—¡¿quééé?!— grité incrédulo, y ya también enojado.

El maestro tachó el cuatro y escribió un tres, para luego preguntarme…

—¿Le sheguimosh?—. Frustrado, bajé la cabeza para luego moverla como forma de respuesta negativa, resignado al hecho de que aquella era una batalla perdida.

Estaba yo por primera vez en mi vida, oficialmente reprobado en un extraordinario.

A causa de lo anterior “me gané” un campamento de verano…

bueno, para ser más claro, mi papá (qué trabajaba en el departamento de exploración en Petróleos Mexicanos) me llevó con él al trabajo para que lejos de las distracciones, me enfocara en estudiar.

Así que  tuve que pasar tres semanas “encerrado al aire libre”, alejado del bullicio y de la falsa sociedad, en un campamento de exploración petrolera, totalmente dedicado a estudiar.

El resultado de esto fue:

  1. Me perdí de jugar una final de copa con el equipo de fútbol juvenil en que participaba.
  2. No pude ver la final Pumas vs Cruz Azul de la temporada 80-81 ( bueno, eso estuvo bien, los Pumas vapulearon a mi Cruz Azul por 4-1 en la vuelta, perdiendo así la primera de muchas finales)
  3. Me aprendí de memoria el libro de ABC de química de tercero de secundaria.

Por supuesto que obtuve un elegante diez de calificación en el examen a título; un diez no celebrado, por cuanto llegó demasiado tarde para librarme de ser relegado al turno vespertino.

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