USB (Memorias Únicas Sacadas del Baúl)

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“Chispa es nueva, moderna, cómoda, funcional, divertida y fácil de manejar”, decía al pie de la foto de portada del manual de propietario de mi Chispa Carabela.

Habría sido buena idea leer ese manual cuando tuve aquella moto, y no ahora, pensando en escribir esta memoria.

“Carabela llega bien”, decía la primera página usando el logo de la marca. Y sí, llegaba muy bien; para un estudiante del quinto semestre de ingeniería (y monero principiante) era genial dejar de depender del deficiente servicio de transporte público de mi querida Poza Rica. Salvo los días lluviosos, mi movilidad urbana mejoró notablemente.

Con su elegante color “deep purple”, y un poderoso motor de 60 centímetros cúbicos, superaba (aunque no por mucho) en peso y velocidad a mi bici Magistroni rodada 27.

Su rendimiento de 26 kilómetros por litro de combustible, hacía bastante $o$tenible mi ir y venir por la ciudad.

Montado en mi corcel motorizado, con lentes oscuros y toda la actitud de un biker, me sentía como Arnold Schwarzenegger en Terminator; por supuesto, toooda proporción guardada (hablando de la moto y el motociclista), porque todos sabemos que según el sapo es la pedrada.

Mi hermanita de 16 años disfrutaba los paseos que dábamos en la motito, en la mayoría de los casos cumpliendo algún encargo de mamá, sin faltar una que otra salida solo para cotorrear.

Y fue en una de esas salidas, por encargo o diversión (ya no recuerdo) que regresábamos a casa ya sin luz de día; mi reloj de pulsera marcaba las 7:18 pm, mientras subíamos por el puente que divide las colonias Cazones y Tepeyac.

Con la veinte de noviembre cerrada en ese tramo por trabajos de ampliación de la avenida, un terreno húmedo a causa de la llovizna propia de aquellos diciembres, y no pocos obstáculos (piedras, grava, etc.) en el camino cuesta arriba, sucedió lo inevitable…

Bueno, en realidad sí pude haberlo evitado, si tan solo no hubiese apagado la luz creyendo torpemente que eso significaría optimizar la potencia del motor, el cual se escuchaba algo agobiado por el peso y la pendiente que subía.

El caso es que la llanta delantera chocó con una piedra de tamaño suficiente para desestabilizarnos.

En cuestión de dos segundo recuperé el control de la motito estando ya al final de la subida; sin embargo pude notar que no ganábamos la velocidad al nivel que en ese punto se podía esperar.

Mientras me preguntaba qué rayos estaba pasando, escuchaba la voz de mi hermana sin procesar enteramente sus palabras:

– Espérate… espérate…– le oí decir sin entender por qué.

Había en su voz un tono inusual, como cuando alguien trata de abrirte la puerta del baño y tienes que decir: “Está ocupado”, reflejando cierto esfuerzo al articular dichas palabras.

– ¡Pérate bab###so! – escuché a mi pobre hermana, ya con clara desesperación en el tono y volumen de su voz.

De inmediato reaccioné, – Ah, caray… ¿es a mí? – pensé mientras frenaba, para entonces descubrir que llevaba varios metros arrastrando a mi hermanita, que se aferraba a mi cintura al tiempo que iba dibujando dos surcos en el suelo usando sus extremidades inferiores de las rodillas hacia abajo.

Luego de constatar que se encontraba bien, continuamos el camino a casa mientras la convencía de que no era conveniente enterar a nuestros padres del desafortunado incidente. Pues corríamos el riesgo de que no le dieran más permiso de subirse conmigo a la motito.

Entramos a la casa muy sigilosamente; ella se cambió el enlodado pantalón, escondiéndolo por ahí, con la idea de lavarlo en la primera oportunidad.

Oportunidad que no llegó, pues mi tía Rosita: gentil mujer septuagenaria, era todo un detector de anomalías en la casa.

Seeee, el orden y limpieza en nuestro hogar, era procurado a niveles de obsesión por parte de mi madre y la tía Rosita.

– Mira Irene, este pantalón ¿no es de Karina? – dijo la tía, haciéndonos voltear al mismo tiempo a mi hermana y a mí. Intercambiando miradas con las que casi puedo asegurar, Kary me escuchó en su mente diciéndole: “¡no lo lavaste!”

– ¡Qué bárbaro Karina, parece que te arrastraron! – dijo mi madre, haciéndonos romper en carcajadas por lo irónico de su “exageración “.

Todavía me atreví a bromear con el asunto, diciendo que mi hermana había limpiado unos zapatos enlodados con ese pantalón.

– Ya ni la c#%&@s Karina …– intervino mi papá, que hasta entonces solo había estado escuchando.

Kary y yo nos reímos aún más fuerte; no podíamos creer que aquella mala broma se hubiese tomado en serio.

Un momento después, nos dimos cuenta de que solo nosotros nos estábamos riendo, mientras todos nos decían con la mirada que era tiempo de dejarse de risitas y hablar con la verdad.

No recuerdo si hubo castigo, y si lo hubo no sabría decir en qué consistió.

Solo sé que tiempo después, estábamos de nuevo en circulación, buscando por mi parte ser más precavido, pues ser responsable de la integridad de un pasajero es cosa seria.

Más aún cuando se trata del tesoro de mis padres, y desde luego mío también.

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