Una enfermedad llamada doctor

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LIBERTAD DE EXPRESION EN MEDICINA 2.

Por Ignacio Espinosa, médico internista

Y retomando lo de la libre expresión, al no existir información pública especifica relacionado con nosotros los médicos, debo recurrir al chocante “ego” personal. Mi colega y amigo de generación, también me especificó palabras más palabras menos: “no tienes libertad para publicar por ejemplo, que muchos pacientes están siendo mal tratados para la hipertensión arterial, como lo repites constantemente, porque en primer lugar, tu no eres cardiólogo, eres internista y no puedes saber lo que sabe un cardiólogo, y yo se de varios pacientes que has tratado y que no están a gusto con tu trato, así que no presumas de ser perfecto; además hay guías de práctica clínica que dicen claramente como debe tratarse a una persona con la presión alta y tu no eres nadie para contravenir esas guías establecidas por expertos reconocidos internacionalmente y te recuerdo que en la escuela tu nunca estuviste entre los primeros lugares en calificaciones, nunca sobresaliste, bueno, en realidad no eras tan mal estudiante ¿porqué presumes ahora de que los pacientes con hipertensión están siendo maltratados si tu no puedes saber lo que sabe un cardiólogo?”

            Esta zarandeada me hizo recordar que, ¡como chingaos! yo iba a aparecer en el cuadro de honor de calificaciones de medicina si de estudiante con dos compañeros formamos un trío bohemio, Los Galenos y andábamos compitiendo con El Negro Peregrino en las serenatas veracruzanas, con las cuales me permitía obtener unos pesillos y mejorar la calidad en la alimentación estudiantil, y además, en la selección de futbol de la UV, entrenábamos con los tiburones rojos del legendario Pirata Fuente, aspirando a formar parte de esa escuadra. Con estas tentaciones del fenómeno humano, imposible ubicarse en un nicho del Olimpo de los dioses médicos.

De hecho, un maestro me reprobó en una materia, por faltas y por no saber nada del tema,  que me tocó exponer en un examen oral, seleccionado al azar, la anatomía de la palma de la mano, no sabía “ni J o…ni madres”; el maestro de los llamados “barco”, porque no reprobaba a nadie, revisó mi expediente y se sorprendió porque en calificaciones andaba arriba de la media tabla. Me cuestionó si tuve algún problema personal y así como soy de directo y espontáneo le informe que estaba en la selección de futbol probándome con Los tiburones y que también me ganaba unos centavos en la “serenateada”. ¡A, ya lo recuerdo, con que usted es el que en los partidos de futbol que jugamos entre médicos y alumnos, es el lateral derecho que nunca me deja pasar y con su trío bohemio el día del médico me desvelan en las madrugadas”! En la “máis”. Ora si me jodí. Me dije. No más porque yo también me probé alguna vez con los tiburones como extremo izquierdo y usted me marcó muy bien, le daré un seis. Pero le sugiero que se ponga a estudiar, el futbol es incierto. Estudie mejor.

            Y yo no sabía que, el conocimiento del urólogo o del cardiólogo, o la habilidad de un cirujano son de su exclusividad, y que nadie más tiene libertad para aprender lo que otros saben. Tal como me especificó mi colega. Por otra parte, después de 50 años de ejercer la medicina, he llegado a la conclusión de que mi título de médico general, solo garantiza que pasé cinco años por las aulas de la escuela de medicina, que el diploma de mi estancia en Torreón (1971) garantiza que estuve en las salas de un hospital recibiendo magníficas lecciones de medicina humanista, de un insigne maestro, El Dr. Raúl Adalid y que el diploma de Médico Internista, garantiza mi estancia en las salas de un hospital de enseñanza de alta especialidad. El hábito, no hace al monje, ni los títulos al médico. Y esto me hace recordar a otro colega, de otra generación, genial en lo académico, de origen genuino alemán, los cinco años de medicina: diez, en todas las materias. En la práctica, fue un fiasco. Hizo la especialidad en cirugía general, tuve la oportunidad de trabajar en el mismo hospital, sus operados de apéndice, por ejemplo tardaban unas 24 horas en reponerse de la anestesia,  una cirugía de una media hora de tiempo quirúrgico anestésico, este colega invertía un par de horas. Hizo una marca nada envidiable de complicaciones post-operatorias. No es fácil conocerse a si mismo.

            De músico, poeta y loco, debemos tener un poco, porque el que solo de medicina sabe, ni siquiera medicina sabe.

            Hasta el momento desde hace más de 35 años de publicar esta columna, otros dos colegas me cuestionaron esta libertad de expresión en el mismo tono ya mencionado: uno en forma anónima, y otro directamente en un convivio; a los tres les propuse que su punto de vista me lo escribieran para publicarlo textualmente, con derecho a réplica, por supuesto. Ninguno aceptó.  Varios colegas están en la misma línea, me lo dicen por medio de interpósitas personas, los pacientes enfermos. Otros colegas coinciden: “tu dices lo que otros callamos”. No he recibido censura de pacientes ni de autoridades, al menos, no personalmente. No se si hay alguna manifestación de censura en la redacción de La Opinión o de Espacio 4.

            Hace unos 20 años, el presidente de la filial de Veracruz Puerto, de Medicina Interna de México, me invitó a participar en un congreso estatal con un tema médico, cuando le propuse: sí de acuerdo, hablemos de Yatrogenia. Y le propuse el contenido. ¡No, como crees, eso no! Sobre diabetes, hipertensión u otro tema. Protestó. Finalmente aceptó. Expuse el tema. Se armó la controversia. Dividido el grupo de colegas, unos doscientos: unos a favor, otros en contra. No tuve necesidad de participar en la gresca. Pero nunca más me invitaron a exponer ese tema.

            Tal parece que esto de la libertad de expresión en Medicina, la censura surge del mismo sector médico, con el viejo adagio: mejor cállate colega, porque en la casa del jabonero el que no cae resbala. Esa es la sentencia amenazante que me lanzan al aire.

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