*Todo en exceso es malo, menos viajar. Camelot.

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ACERTIJOS
 
Gilberto Haaz
 
ENRUTADO A CIUDAD DE MEXICO

Uno puede programar un viaje con días de anticipación, y siempre encomendarte a la Virgen de Guadalupe, a que todo saldrá bien. Mas cuando se va a México, ciudad terrible, que yo creo nunca ha tenido paz y hay que entrar pecho a tierra. Porque cuando no es Juana es chana. Ahora vive entre tumultos, asaltos a mano armada, bloqueos de las autopistas mugres de Capufe, y una jefa de gobierno que da pena. Opté por el avión. Fui con mi cuñado, Manuel Lila de Arce, quien fue secretario de Salud del gobierno de Fidel Herrera Beltrán y en aquel tiempo el Dengue les hizo lo que el viento a Juárez, según expresión presidencial. Íbamos a visitar a un amigo querido, a darle un abrazo fraterno y a ver cómo va su recuperación. De madrugada (las 5) Salí rumbo al aeropuerto Jara. Sin ningún incidente. Volaría por Volaris y retornaría por Interjet, pero sucede que la línea de Alemán, donde le asesora Montano, canceló mi vuelo de regreso así nomás, sin decir pio, y busqué Aeromar, esos aviones chiquitos de hélice. El primer escollo era que por los rumbos del aeropuerto se celebra El Gran Premio de México, y aquello eran atascos, el chofer del aeropuerto de taxis controlados, me dijo si se desviaba, le dije nones, vámonos por camino seguro, nunca dejes camino por vereda, le dijeron a Roberto Madrazo cuando se chingó 8 kilómetros corriendo Maratón y haciendo trampa. Ahí fuimos a vuelta de rueda hasta pasar la Magdalena Mixchuca. En México el temor es al asalto, de repente se te aparece un macuarro con pistola y te quita celular, reloj y dinero y el alma. Ante eso solo rezar. Los letreros en Viaducto hablan de la Fórmula 1, el Checo Pérez por doquier, esa excelente carrera que la 4T quiso cancelar y no se pudo, que bueno por México y su turismo. En el avión encontré a un lector notiveriano, que iba a ese evento, con su esposa.

EL DÍA TRANSCURRE

Allí en México las horas caminan a velocidad de autos de Fórmula Uno. Cuando te das cuenta, ya estás listo para regresar, porque el vuelo es a las 7 y hay que salir tres horas antes. Tomamos en Reforma un taxi, Reforma está adornada con la flor de Cempaxúchitl, se ve hermosa esa avenida, esa flor que México era primer lugar en producción a nivel mundial y nos han mandado al tercer lugar, esos europeos. Nos la jugamos, suelo no tomar taxis en la calle pero el tiempo apresuraba. No tomo el Metro porque no conozco las terminales, pero no tardo y lo hago. El regreso era terrible, embotellamientos por todos lados, el taxista conocía de Veracruz, habló de la historia política y de los Tiburones Rojos. En esas íbamos cuando llegamos a la Terminal 2. Uno dilucida que el mayor error histórico de este gobierno será no haber terminado el Nuevo Aeropuerto Internacional de Ciudad de México, las terminales y salas están atascadas, las aerolíneas sufren por llevarte hasta el avión, aquello parece como si fuera martes de verduras de Chedraui, gente por doquier. Camiones inoperantes, retrasos, eso es lo que tiene este aeropuerto que ya no aguanta la presión. Y Santa Lucia será como una Tapo, muy chafa y muy balín y se ignora a qué compañías llevarán a volar, porque me late que Aeroméxico no se deja. En fin. Trepamos y rumbo a Veracruz. Habría turbulencia, en el puerto se anunciaba un fuerte norte que comenzaba a entrar. Como fue, el avión ATR 42, un turbohélice fabricado en Francia o Italia, pujaba como los Tiburones Rojos cuando se enfrentan a los contrarios. Es avión seguro, la reina de España, la esposa de Juan Carlos, volaba en aviones de este tipo, porque en emergencia son fáciles de bajar, aunque se apaguen los motores. El piloto era un chingón. Al comenzar a ver Veracruz, el movimiento era oscilatorio y trepidatorio. Se movía por todos lados, he volado algo y tengo experiencia, pero estas sacudidas no las había sentido jamás. Se ondulaba como papel en el aire, se mecía como hamaca cuenqueña, para la izquierda y derecha y me eché mi Padre Nuestro que estás en los cielos. Total, si el Patrón me mandaba a llamar, ahí estaría, solo le pedía unos añitos más. Cuando por la ventanilla ya vi la pista al lado y oí que bajaba el tren de aterrizaje, me dije ya la hicimos. Tocó tierra y lo enderezó cómo pudo. Dejamos de apretar aquellito y me acordé de Picasso, quien dijo una vez: “No le tengo miedo a la muerte, le tengo miedo al avión”. Al descender, por la ventanilla vi al piloto, le grité, volteó y le hice la señal de la Victoria de Churchill, dejándole entrever que era un chingón. Respondió con un saludo. Entonces me fui al hotel a dormir en esas noches que son diluvio de estrellas, palmera y mujer, dijera Lara.

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