Los tatuajes prehispánicos

En el mundo mesoamericano, el tatuaje era un signo de importancia reservado para los nobles, los sacerdotes y los guerreros más valerosos. Se combinaba con la costumbre de pintarse la cara y el cuerpo, la mutilación dentaria, la escarificación en el rostro y los hombros, la horadación de labios, de tabiques nasales y de lóbulos para portar bezotes, las narigueras y orejeras de oro, cristal de roca, obsidiana, piedras verdes, madera o barro.

En el caso concreto del tatuaje mesoamericano, las }evidencias de su uso en tiempos prehispánicos se encuentran en restos humanos preservados, como el de la momia encontrada en Comatlan, Oaxaca, en el siglo XIX. Leopoldo Batres la analizó en 1889, y reportó tatuajes de líneas y grecas de color negro y azul en ambos brazos.

También el tatuaje prehispánico existía en las zonas del Norte de México, entre los grupos de chichimecas, como lo prueban los tatuajes encontrados en los restos momificados de la Cueva de la Candelaria. Analizados por el arqueólogo Jesús Nares en 1988, los describió como “conjuntos de líneas, puntos y bandas de color negro, localizados en brazos, piernas y rostros de individuos de ambos sexos”.

El uso del tatuaje es reportado además en las descripciones y crónicas de los conquistadores y frailes españoles del siglo XVI. Un ejemplo de esto es el relato de esta práctica entre los pueblos mayas que hizo fray Diego de Landa, en su Relación de las Cosas de Yucatán, que en el capítulo XXII inicia diciendo:

“Lábranse (tatúanse) los cuerpos y cuanto más (por) tanto más valientes y bravos se tenían, porque el labrarse (tatuarse el cuerpo) era gran tormento. Y era de esta manera: los oficiales (especialistas) de ello labran la parte (del cuerpo) que querían con tinta y después cortábanle) delicadamente (en) las pinturas y así, con la sangre y la tinta, quedaban en el cuerpo las señales; y que se labraban poco a poco (las partes del cuerpo) por el gran tormento que era, y también se (ponían) malos porque se les enconaban (infectaban) las labores (tatuajes) y supurábanse (escurriendo pus) y que con todo esto, (los indios tatuados) se mofaban de los que no se labraban (tatuaban)…”.

Gonzalo Guerrero fue aquel náufrago español que tras convivir con los mayas de la bahía de Chetumal, Quintana Roo, se integró plenamente a ellos y rechazó el ofrecimiento de sus compatriotas de rescatarlo. Además de su negativa a unirse a los españoles, lo que más llamó la atención de estos fue que se había “labrado” cara y cuerpo y portaba orejeras y narigueras. Esto no sólo muestra que se identificaba con los mayas, sino que era reconocido como noble, pues esta era una práctica reservada a la elite.

Con la invasión y colonización española en el siglo XVI, las autoridades eclesiásticas y civiles del México Colonial consideraron que el tatuaje y todas estas formas de decoración corporal eran incompatibles con la vida cristiana y europea. Estas “enseñas y símbolos de su pasado prehispánico, que era gentil, idolátrico, pagano y bárbaro, podían ser indicio de un ofrecimiento y encomienda a los Demonio del pasado”. Por ello, se prohibió su uso entre los indios bautizados y se mandó sancionar a los infractores con pena de prisión con cien azotes públicos, según las Ordenanzas Reales de 1546.

Además del tatuaje como tal, también existió la “pintura corporal”, la cual no fue prohibida tras la conquista sino que persistió como una práctica común ya entrado el siglo 16. Puede ser apreciada en los murales del período clásico y en las vasijas policromadas que representan guerreros completamente cubiertos de pintura negra o roja. Para dar un aspecto de ferocidad, sus ojos y narices también se maquillaban. Según las fuentes, los jóvenes solteros hacían uso de la pintura corporal durante ciertos rituales de purificación y ayuno. Se sabe que los sacerdotes Mayas pintaban su cuerpo de color azul.

Tuul

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