Libro desmitifica el sacrificio humano entre los mexicas a través del análisis osteológico

El objeto de estudio son 99 individuos decapitados y dos infantes, recuperados en 26 ofrendas y en el relleno constructivo del Templo Mayor de Tenochtitlan. Al arribar al Huey Teocalli, las cabezas cercenadas adquirían un carácter transmutable en significados, explica la autora Ximena Chávez.

La práctica del sacrificio humano entre el pueblo mexica es una verdad irrefutable, remacha la arqueóloga Ximena Chávez Balderas ante las posturas aún escépticas sobre un hecho amparado no sólo en las fuentes históricas, sino en la evidencia arqueológica; sin embargo, los descubrimientos realizados desde hace poco más de un siglo matizan en mucho cantidades, significados y técnicas empleadas, lo descrito por conquistadores y frailes españoles en sus crónicas.

La negación del sacrificio entre los mexicas radica en el equívoco de tomarlo como una medida del grado de civilización, siendo que ésta fue una práctica religiosa común para las culturas mesoamericanas, y del mundo en general, aduce la investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), quien agrega que la exacerbación de los relatos de la Conquista permitía a los colonizadores justificar la encomienda, es decir, que les fuera concedido un grupo de indígenas con fines de explotación, algo que en su momento denunció el propio fray Bartolomé de las Casas.

Mediante el análisis pormenorizado de los materiales óseos recuperados en el Templo Mayor de la antigua Tenochtitlan, Chávez Balderas se ha convertido en una de las principales especialistas sobre el fenómeno sacrificial en la cultura mexica. Tras publicar un libro sobre las exequias que tenían lugar en este recinto para despedir a los difuntos de alto rango, de los que sólo se han registrado cinco individuos cremados, Ximena Chávez Balderas se dio a la tarea de abordar la otra cara de la moneda: las víctimas ofrendadas.

“En esencia y como la propia etimología señala, el acto de sacrificar significa hacer sagrado, convertir un ser humano o un animal en un medio de comunicación con lo sagrado, a partir de su destrucción”, menciona como una nota al margen, pero esencial, antes de abordar su nueva publicación, basada en la investigación por la que obtuvo en 2013 el Premio INAH Javier Romero Molina, a la Mejor Tesis de Maestría en Antropología Física.

El objeto de análisis del libro Sacrificio humano y tratamientos postsacrificiales en el Templo Mayor de Tenochtitlan, editado por el INAH, son 99 individuos decapitados y dos infantes recuperados en 26 ofrendas y en el relleno constructivo de esta edificación, principalmente en la plataforma que correspondía al adoratorio del dios de la guerra, Huitzilopochtli, y algunos procedentes de la plaza principal frente a éste.

Este centenar de individuos fue recuperado de las etapas constructivas del Templo Mayor que datan de los periodos de mayor expansión del imperio mexica, los de Axayácatl, Tízoc y Ahuízotl, entre 1469 y 1502. La mayoría de estos contextos arqueológicos salieron al descubierto en la segunda mitad del siglo XX, y se intensificaron a partir de 1978 con la instauración del Proyecto Templo Mayor.

La arqueología ha confirmado lo mencionado en fuentes escritas. Luego del sacrificio, mientras los cuerpos de los inmolados iban a parar probablemente al remolino de Pantitlán o al calpulli (barrio), sus cabezas permanecían en el recinto sagrado de Tenochtitlan. Este segmento anatómico se convertía entonces en un elemento transmutable en significados, como explica la maestra Ximena Chávez Balderas.

“En realidad tenemos los restos de pocas victimas sacrificiales porque el Templo Mayor no fue concebido como el lugar de enterramiento para todas las víctimas, sólo algunas eran llevadas al edificio durante ceremonias específicas; por ejemplo, para consagrarlo durante su inauguración o alguna ampliación. Las cabezas cercenadas se enterraban casi de inmediato a la decapitación, aún con las vértebras cervicales articuladas.

INAH

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