Las amazonas recuperan el pecho que les amputó la antigüedad y se apuntan al discurso de género

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Lo de que las indómitas amazonas se cortaban o quemaban un pecho para disparar mejor con el arco es uno de los elementos más conocidos y persistentes del viejo mito de las mujeres guerreras. Y es falso: proviene al parecer de una errónea traducción de su nombre (del que se desconoce la verdadera etimología), haciéndolo derivar del griego a-mastos, sin seno, y de la repetición del asunto desde la Antigüedad; y también de que es algo que resulta muy morboso. En un libro interesantísimo y sugerente recién publicado, De la estirpe de las amazonas (Wunderkammer, 2021), la escritora Esther Peñas se apunta a la corriente de los que niegan que las amazonas se amputaran el seno derecho para combatir mejor y refuta el truculento tópico con argumentos sólidos.

Peñas (Madrid, 46 años) repasa en su ensayo, de un gran aliento literario, incluso poético, el mito de las guerreras que tanto sacudió el imaginario griego (y el nuestro), y toma caminos imprevistos para relacionarlas con el actual discurso de género y mostrarlas a la luz del feminismo moderno. “Las amazonas resuenan en cada una de nosotras como la posibilidad de libertad e independencia”, afirma la escritora, que abre su libro con una inesperada cita de la dramaturga Angélica Liddell (“ven guerrera amable, espada de alegría, no tardes, te espero con todo mi corazón”).

Afirma Esther Peñas que las amazonas, “mito incandescente” y “símbolo salvaje”, son “ejemplo de que las cosas pueden ser de otro modo al que se impone, o por lo menos de que al sistema ―patriarcal― se le puede ganar un margen en el que ser distinto”. Las amazonas míticas vivían en una ginecocracia y limitaban usualmente sus contactos con los hombres a temporadas para asegurar la reproducción.

La autora, que pretende con su libro inaugurar espacios nuevos para repensar el tema (hablando incluso de asuntos como el cáncer de pecho y la mastectomía), subraya lo fascinante del mito y su ambivalencia: las amazonas, hijas de Ares, hábiles jinetes, eran bellas pero crueles y belicosas. Heródoto las calificó de andróctonas, “matadoras de hombres”, y Homero en la Ilíada, donde aparecen mencionadas por primera vez (aunque es evidente que ya eran conocidas por su audiencia), de antianiras, “las que luchan como varones” (en el bando troyano). Célibes y ardorosas (no se casaban, pero podían mantener relaciones intensas, aunque también castrar a sus hombres), valientes, fieras e indómitas, inveteradas cazadoras consagradas a la virginal Artemisa, caían, sin embargo, invariablemente, ante la espada del héroe de turno, o eran sometidas y raptadas por él: Hércules, Teseo, Aquiles o Belerofonte (o Tarzán).

En el arte clásico visten con túnicas cortas, con una especie de leggins y pantalones como los persas y los nómadas, o van desnudas, siempre con armas características como las hachas de guerra labrys y sagaris, el escudo de media luna pelta, el arco y el lazo. Son todo un género las amazonomaquias y la representación de la amazona herida, generalmente con un tajo junto a los pechos, que se muestran generosamente. Se mencionan grandes reinas como Hipólita, Antíope, Pentesilea, Lisipe o Mirina, y guerreras con nombres tan explícitos como Lykopis, “ojos de lobo”, Aristomache, “mejor guerrera”, y Enchesimargos, “lanza loca”, que suena a comanche.

Elissa Landi y David Maners en una imagen de ‘El marido de la amazona’ (1933).

Los atenienses las alinearon junto a los centauros, y los persas como sus más mortales enemigos, y los griegos en general, que las situaban con su mítica capital Temiscira en los confines de su mundo, las representaron obsesiva y recurrentemente en el arte. Quiere la tradición clásica que una (Thalestris) se acostara con Alejandro Magno, que otra (Hypsicratea) fuera concubina y compañera del rey Mitríades y que Pompeyo las combatiera, y las hiciera desfilar en uno de sus triunfos (posiblemente eran guerreras escitas o comparsas disfrazadas). Y que también hubiera guerreras en Hispania: Apiano, anota Peñas, relata que el general Décimo Junio Bruto luchó en el 136 antes de Cristo contra mujeres armadas, que combatieron y murieron valerosamente, en la muy pertinente localidad de Braga.

Su eco, recogido en creaciones literarias como las de Heinrich von Kleist o Marguerite Yourcenar, llega hasta las guerreras negras del rey de Dahomey, las aviadoras de combate soviéticas, las guardaespaldas de Gadafi, Mulan, Xena, la arquera Katniss de Juegos del hambre y Wonder Woman. Esther Peñas añade en un singular capítulo a “poetisas amazónicas” como Natalie Barney, Gertrude Stein, Annie Winifred Ellerman Bryher, Audre Lorde o Valentine Penrose, por la que confiesa una debilidad. “El libro es un esfuerzo de síntesis en el que reflejo lo esencial”, explica la autora, que considera que las amazonas son “un arquetipo que pone en jaque lo establecido” y que a las legendarias guerreras “toda mujer inquieta las admira”.

Amazona combatiendo a caballo contra un griego en una metopa clásica.

De la estirpe de las amazonas surgió a partir de una conversación con la editora de Wunderkammer, Elisabet Riera, que la animó a escribir lo que Peñas tenía en mente y a decidir el formato, a caballo (y valga la imagen amazónica) entre el ensayo y la literatura. Peñas reconoce su deuda con un amplio arco de autores, desde Carlos Alonso del Real y su durante tanto tiempo libro de referencia, Realidad y leyenda de las amazonas (Austral, 1967), hasta la sugerente obra reciente de Adrienne Mayor (Las amazonas, guerreras del mundo antiguo, Desperta Ferro, 2017). Mayor es de los autores que han ido más allá en defender la realidad histórica de las amazonas, rastreando la presencia de mujeres guerreras en pueblos nómadas de la antigüedad (escitas, sármatas), que serían sobre las que se forjó el mito. Es decir, que la amazona surgió de las noticias u observaciones directas de mujeres combatientes reales.

Posteriormente, cuando griegos y romanos encontraban mujeres que luchaban, como sucedería también luego con los conquistadores españoles en América (“se vieron indias”, escribió fray Gaspar de Carvajal al llegar al río que llamaron Amazonas, “que con arcos e flechas hacían tanta guerra como los indios e más los acaudillaban e animaban”), tendían a identificarlas con el arquetipo. En contraste, otros autores, como William Blake Tyrrell (Las amazonas, Fondo de Cultura Económica, 1989), sin negar la existencia de guerreras auténticas, considera a las amazonas clásicas estrictamente imaginarias, una emanación de la mente masculina griega como personaje que representaba la para ellos peligrosa inversión de los papeles tradicionales de la mujer.

“El libro de Mayor es muy completo y trata las amazonas de forma transversal y holística, con informaciones arqueológicas muy relevantes”, destaca Esther Peñas. Aunque matiza que para ella misma, que incorpora el tema de género y la perspectiva feminista como aportación original, “lo de menos de las amazonas es su existencia real, lo importante es que como mito funcionan, no necesitan explicación para que nos fascinen; lo tienen todo, lo épico, lo lírico, lo sublime y lo desconcertante”. Y son bellas, no hay amazonas feas. “Es más terrorífico que sean hermosas, como la femme fatale, pero para la mujer son un arquetipo positivo, libres, nómadas, soberanas y ejemplo de fuerza y autogobierno”. Las inventaron los hombres. “Y mal no lo hicieron, hay que reconocerlo”.

Información de elpais.com

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