La muerte de Moctezuma

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Hernán Cortés, al retornar de la Vera Cruz, se encontró con una ciudad que parecía desierta, en Texcoco nadie salió a recibirle; ni los indios conocidos, ni caciques, ni capitanes; los tianguis estaban levantados y en general el ambiente se sentía extraño; tan sólo Moctezuma salió de su palacio para abrazarle y darle una felicitación por su victoria contra Pánfilo de Narváez (el capitán enviado desde Cuba para derrotar a Cortés). Sin embargo Cortés estaba al tanto de que, Moctezuma, en un intento por salir de cautiverio y expulsar a los españoles, fraternizó con Narváez enviándole comida, oro y objetos preciosos, sin darle noticia a Cortés de que habían llegado a por él; por ello Cortés ignoró sus atenciones, estaba furioso con él, y Moctezuma ante esto, entró triste y pensativo a su aposento.

Ya en sus aposentos, Cortés fue a confrontar a Pedro de Alvarado por haber iniciado un ataque contra los mexicas (La matanza del Templo Mayor), y éste le respondió que los indios entraron con la pretensión de liberar a Moctezuma, porque Huitzilopochtli (el Dios de la guerra) así se los había ordenado porque ellos pusieron símbolos cristianos en el palacio; los indios los quitaron y Moctezuma reacio, se negó y les ordenó que los dejaran donde estaban. Alvarado dijo que un sacerdote y dos indios le contaron los planes de los mexicas; viendo que los españoles tenían preso a Moctezuma, que no se iban y que, al contrario, llegaban cada vez más, decidieron matar al propio Alvarado y a los suyos. Por ello (según Alvarado) es que se adelantó y los atacó primero mientras festejaban el Tóxcatl, pues además, iban a hacer sacrificios.

Cortés no le creyó una mierda, y muy enojado, lo comenzó a regañar diciéndole que era muy mal hecho y que lo que había hecho era un horrible desatino; sin embargo, el capitán Alvarado siguió haciéndose la víctima. Le contó que los mexicas llegaron a intentar quemar el palacio y ante esto, ordenó cargar un cañón con una bala y perdigones mientras él salía a pelear contra los escuadrones mexicas, los consiguieron empujar un poco y Alvarado ordenó que encendieran la mecha del cañón, pero el tiro se cebó; los mexicas arremetieron, empujando a los españoles hacia el palacio; y entonces en el momento justo, el cañón disparó matando a muchos mexicas. Si esto no hubiera pasado, dice Alvarado, los hubieran matado a todos, cuando solo se llevaron a 2. Otro problema que tuvieron en la ausencia de Cortés, fue el agua, por ello, cavaron un pozo de agua en el patio mientras aguardaban al capitán general.

Cortés estaba visiblemente molesto, pero además venía airoso por haberle ganado al capitán Narváez, por lo que, cuando Moctezuma pidió hablar con él, Cortés contestó: «Vaya para perro, que aún [tianguis] no quiere hacer, ni de comer nos manda a dar.»

A lo que Cristóbal de Olid, Alonso de Ávila y Francisco Lugo le respondieron: «Señor, temple su ira, y mire cuánto bien y honra nos ha hecho este rey de estas tierras, que es tan bueno que si por él no fuese ya fuéramos muertos y nos habrían comido, y mire que hasta las hijas le ha dado.»

Cortés se calmó y respondió: «¿Qué cumplimiento he yo de tener con un perro que se hacía con Narváez secretamente, y ahora veis que aún de comer no nos da?»

«Esto nos parece que debe hacer, y es buen consejo.» contestaron estos 3, después de todo eran los que cuidaban a Moctezuma.

Unos días de combate después, al ver que no podrían salir de la ciudad combatiendo, los españoles acordaron pedir una tregua. Cortés optó porque Moctezuma les diera un discurso desde la azotea del palacio, y cuando se lo fueron a decir, Moctezuma dijo: «¿Qué quiere ya de mí Malinche, que yo no deseo vivir ni oírle, pues en tal estado por su causa mi ventura me ha traido».

Y no quiso ir, dijo que no quería ni ver a Cortés, ni oírlo a él ni sus «falsas palabras ni promesas ni mentiras», Cristobal de Olid y el padre de la Merced le dijeron con cariñosas palabras que fuera, a lo que Moctezuma Contestó:
«Yo tengo creído que no aprovecharé cosa ninguna para que cese la guerra, porque ya tienen alzado otro señor y han propuesto de no os dejar salir de aquí con la vida; y así creo que todos vosotros habéis de morir.»

Moctezuma sabía que no le harían caso, en una especie de golpe de Estado eligieron a otro Tlatoani por encima de él; era Cuitlahuac, su hermano. Aún así, Moctezuma subió a la azotea, con varios españoles de guardaespaldas:

«y les comenzó a hablar a los suyos con palabras muy amorosas, que dejasen la guerra, que nos iríamos de México: y muchos principales mexicanos, y capitanes bien le conocieron, y luego mandaron que callasen sus gentes, y no tirasen varas, ni piedras, ni flechas; y cuatro de ellos se allegaron en parte que Moctezuma les podía hablar, y ellos a él, y llorando le dijeron: “Oh Señor, y nuestro gran Señor, y cómo nos pesa de todo vuestro mal y daño, y de vuestros hijos y parientes. Os hacemos saber, que ya hemos levantado a un vuestro pariente por Señor”, y allí le nombró como se llamaba, que se decía Coadlavaca [Cuitláhuac], Señor de Iztapalapa, […] Y más dijeron, que la guerra que la habían de acabar: y que tenían prometido a sus ídolos [sus Dioses] de no dejarla, hasta que todos nosotros muriésemos: y que rogaban cada día a su Uichilobos [Huitzilopochtli] y a Tezcatepuca [Tezcatlipoca], que le guardase libre, y sano de nuestro poder; y como saliese como deseaban, que no le dejarían de tener muy mejor que de antes por Señor, y que les perdonase. Y no hubieron bien acabado el razonamiento, cuando en aquella sazón tiran tanta piedra, y vara, que los nuestros le arrodelaban, y como vieron que entre tanto que hablaba con ellos, no daban guerra, se descuidaron un momento del rodelar, y le dieron tres pedradas, y un flechazo, una en la cabeza, y otra en un brazo, y otra en una pierna: y puesto que le rogaban que se curase, y comiese, y le decían sobre ello buenas palabras, no quiso; antes cuando no nos catamos, vinieron a decir que era muerto.

Y Cortés lloró por él, y todos nuestros Capitanes, y soldados: y hombres hubo entre nosotros de los que le conocíamos y tratábamos, que tan llorado fue, como si fuera nuestro padre, y no nos hemos de maravillar de ello, viendo que tan bueno era: y decían que había diez y siete años que reinaba, y que fue el mejor Rey que en México había habido, y que por su persona había vencido tres desafíos que tuvo sobre las tierras que sojuzgó.»

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