La inseguridad acude a la escuela

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Enrique Fernández Ramírez

El escritor colombiano Fernando Vallejo tiene una novela titulada “La Virgen de los sicarios”. En ella narra los crímenes atroces que adolescentes y jóvenes cometían en Medellín, Colombia a bordo de motocicletas, durante los años más violentos de ese país.

No pude evitar recordar los pasajes de esa novela al ver en los videos que circularon en las redes sociales, la forma en que un par de sujetos acribillan a balazos a una maestra de primaria en Xalapa , Veracruz.

En la novela citada, el escritor narra: “Íbamos por la Avenida La Playa entre el gentío –por la calle lateral izquierda para mayor precisión, e izquierda mirando hacia el Pan de Azúcar- cuando de frente, zumbando, atronadora, se vino sobre nosotros la moto: pasó rozándonos. ¡Cuidado, Fernando! Alcanzó a gritarme Alexis en el momento en que los de la moto disparaban. Fue lo último que dijo, mi nombre, que nunca antes había pronunciado. Después se desbarrancó por el derrumbadero eterno, sin fondo. Jirones de frases y colores siguieron, rasgados, barridos en el instante fugitivo. Alcance a ver al muchacho de atrás de la moto, el “parrillero”. Cuando disparó: le vi los ojos fulgurantes, y colgando sobre el pecho, por la camisa entreabierta, el escapulario carmelita. Y nada más. La moto, culebreando, se perdió entre el gentío y mi niño se desplomó: dejó el horror de la vida para entrar en el horror de la muerte. Fue un solo tiro certero, en el corazón. Creemos que existimos pero no, somos un espejismo de la nada, un sueño de bazuco.”

Cualquier crimen es condenable e indigna a la sociedad. La vida humana es sagrada y debería respetarse, sea de quien sea. Pero cuando se asesina a personas cuya actividad está al servicio del cuidado y desarrollo humano, como es el caso de los maestros, médicos o sacerdotes, el crimen adquiere una dimensión  inmensamente repudiable. Pues se comete contra personas que trabajan para lograr hacer de la humanidad y del mundo algo mejor.

Aunque este hecho se suma a otros que suceden en nuestro estado y en el país, no debe abonar a la pérdida de nuestra capacidad de asombro e indignación. De ninguna manera debemos normalizar estos delitos por más que proliferen.

Por eso, hacen bien quienes a título personal o mediante las organizaciones sindicales e institucionales, exigen que se investigue, esclarezca y se haga justicia a la maestra, victima mortal de este acontecimiento.

No obstante, aún cuando en el mejor de los casos, se logre la captura de los responsables del atentado y se les juzgue, no se debe considerar esto como solución del problema de la inseguridad. No es suficiente tener un aparato de justicia eficaz que tenga éxito en la detención de los responsables del delito. Lo mejor es tener una sociedad donde no se cometan delitos.

¿Qué ha pasado con la sociedad de nuestro país? ¿Quién o quiénes son los culpables de que ocurran estos hechos? ¿Quién o quiénes son los responsables de evitar que ocurran?

De antemano apunto que las respuestas no son fáciles ni sencillas. Los factores son sistémicos, integrales y complejos.

Empezando por los gobiernos que por mucho tiempo, en aras del interés personal y la corrupción, abandonaron a grandes sectores de la población privándolos de los beneficios del progreso, empleos, infraestructura, cultura, educación, salud, justicia. Estas precarias condiciones de vida constituyeron el caldo de cultivo para la generación de la ignorancia, la violencia y la delincuencia en la población.

Por otra parte, la familia que no hace lo que le corresponde en la crianza y formación humana de sus hijos. Ha faltado que asuman con responsabilidad la educación de los integrantes que traen al mundo. Sin embargo, este aspecto se cruza con la injusticia social provocada por los gobiernos. La madre y el padre que no tienen educación no pueden y no saben educar a sus hijos. La familia se convierte en fuente de la delincuencia.

En la novela de Vallejo se narra lo siguiente: “Íbamos en uno de esos buses atestados en el calor infernal del mediodía y oyendo vallenato a todo taco. Y como si fueran poco el calor y el radio, una señora con dos niños en pleno libertinaje: uno de teta, en su más enfurecido berrinche, cagado de la ira. Y el hermanito brincando, manoteando, jodiendo. ¿Y la mamá? Ella en la luna, como si nada, poniendo cara de Mona Lisa la delincuente, la desgraciada, convencida de que la maternidad es sagrada, en vez de aterrizar a meter en cintura a sus engendros.”

Y este tipo de niños llega así a las escuelas, que es el otro factor. Si la escuela y los maestros no le proporcionan al niño los elementos formativos de los que carece en su familia, como son el orden, el respeto, la verdad, la colaboración y la normatividad, entre otros, se completa una conjugación de factores que orillan a los niños a la violencia. Los maestros debemos ver con seriedad y compromiso nuestra misión educativa.

El niño a quien el gobierno abandona a su suerte, la familia deja a la deriva en su formación y los maestros desistimos de educar, mañana será el adolescente o joven convertido en delincuente. Los responsables somos todos.

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