Huracán, el dios maya que le dio nombre al fenómeno natural

En los pueblos nativos, todo fenómeno natural estaba asociado a una conducta divina y el huracán no es la excepción. A los huracanes en particular se los asociaba con el castigo de las deidades antes las malas acciones del hombre.

En la mitología maya, el dios Huracán (en maya: hunracán, una [sola] pierna: “hun” uno; “racan “pierna”) fue el señor del fuego, del viento y de las tormentas. A él se lo menciona como uno de los trece creadores de la humanidad, guiado por Kukulkán durante el tercer intento, después de que este la hubiera destruido dos veces por considerarla imperfecta. Sin embargo, la tercera creación tampoco satisfizo a los dioses y Huracán, enfurecido, castigó a los seres humanos con una gran inundación que sumió a la Tierra en una terrible y ventosa noche, luego de la cual la humanidad toda se extinguió.

Después de aquel gran diluvio, que por cierto también forma parte de la cosmovisión de otras culturas, Huracán vivió en las neblinas, sobre las aguas torrenciales, y escupió a la tierra, hasta que ésta emergió de los océanos.

Es representado como un ser con cola de serpiente y de aspecto reptiloide o como un ser de un solo ojo que tiene una sola pierna que remata en una garra, siguiendo las características de un huracán. Porta un objeto humeante (posiblemente una antorcha) y una gran corona. De su nombre proviene la palabra huracán, que designa al fenómeno meteorológico.

A continuación te presento un fragmento del Popol-vuh, el libro sagrado maya (que vendría a ser como el Génesis para los cristianos), en donde se hace mención de Huracán, nombrado como “el corazón del cielo”:

“Esta es la relación de como todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado, y vacía la extensión del cielo.

Ésta es la primera relación, el primer discurso. No había todavía un hombre, ni un animal, pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques: sólo el cielo existía. No se manifestaba la faz de la tierra. Sólo estaban el mar en calma y el cielo en toda su extensión. No había nada junto, ni cosa alguna que se moviera, ni se agitara, ni hiciera ruido en el cielo. No había nada que estuviera en pie; sólo el agua en reposo, el mar apacible, solo y tranquilo. No había nada dotado de existencia. Solamente había inmovilidad y silencio en la oscuridad, en la noche.

Sólo el Creador, el Formador, el Tepeu, el Gucumatz, los Progenitores, estaban en el agua rodeados de claridad. Estaban ocultos bajo plumas verdes y azules, por eso se les llama Gucumatz. De grandes sabios, de grandes pensadores es su naturaleza.

De esta manera existía el cielo y también el Corazón del Cielo, que éste es el nombre de Dios. Así contaban.

Llegó aquí entonces la palabra, vinieron juntos Tepeu y Gucumatz, en la oscuridad, en la noche, y hablaron entre sí Tepeu y Gucumatz. Hablaron, pues, consultando entre sí y meditando; se pusieron de acuerdo, juntaron sus palabras y su pensamiento. Entonces se manifestó con claridad, mientras meditaban, que cuando amaneciera debía aparecer el hombre. Entonces dispusieron la creación y crecimiento de los árboles y los bejucos y el nacimiento de la vida y la creación del hombre. Se dispuso así en las tinieblas y en la noche por el Corazón del Cielo, que se llama Huracán.

(Extracto de “Popol Vuh, las antiguas historias del Quiché”. Fondo de Cultura Económica. México 1947)

En estos últimos años, el Océano Pacífico ha sufrido los embates de los huracanes más grandes de la historia. ¿Será acaso que esta deidad maya se encuentra enfurecida y la humanidad ha llegado a ofender a los creadores?

Tuul

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