El héroe maya que desafió a la iglesia hace 300 años

Esta es la historia de Canek, un héroe nativo que retó a la iglesia en un tiempo en que la lectura estaba prohibida para la población, y ser nativo era sinónimo de estar destinado a la clase baja.

Canek fue un hombre excepcional que supo mover a su gente para organizar la independencia mental, espiritual y laboral a la que los opresores los tenían obligados. Fue el gran héroe maya que se negó a arrodillarse ante una cruz y, sobre todo, se negó a creer que el destino de su pueblo era servir a los extranjeros.

Can-Ek

Canek nació en la ciudad de Campeche a la sombra de un convento. Sus padres, nativos mayas, estaban designados al servicio de los religiosos franciscanos, quienes muy pronto se dieron cuenta de la excepcional inteligencia y vivacidad del pequeño Jacinto, como fue bautizado, por lo que decidieron hacerse cargo de su educación.

Un fraile de la orden de San Francisco le enseñó teología, latín, gramática, moral e historia, lo cual el pequeño Jacinto Can-Ek aprendió con gran habilidad. Cuando el religioso recibió la orden de continuar su apostolado en Mérida, llevó consigo a Jacinto quien ya comenzaba a apreciar las injusticias sufridas por su pueblo.

Quizás se pudiera pensar que, cobijado bajo el hábito de la Iglesia y los sacerdotes, Can-Ek terminaría siendo un religioso, o al menos un devoto eternamente fiel y al servicio de Dios, o al servicio de los siervos de Dios, porque los tiempos no hubieran permitido mayor cosa. Recordemos que en aquel entonces sólo estudiaban quienes juraban dedicarse a la Iglesia. Sin embargo, a Canek el conocimiento lo hizo libre. Sus ojos se abrieron y se dio cuenta de la injusticia que estaba sufriendo su pueblo.

Pronto comenzó a manifestar su rebeldía con hechos y palabras. Los sacerdotes de la comunidad le amonestaron y conminaron a la sumisión y al silencio, más Jacinto ya no podía callarse ni someterse, por lo cual los superiores de la orden decidieron que fuera expulsado del convento.

En cuanto se le cerraron las puertas de la orden religiosa, Can-Ek entendió a la perfección cuál era su misión, y por ello se fue a la feria del pueblo, y ahí, en la esquina más concurrida, arengó a su gente para rebelarse contra los españoles y contra la Iglesia, quienes habían venido a quitarles todo y convertirlos en sus siervos, con el pretexto de la salvación de su alma a través del dios que trajeron.

Jacinto era de verbo fácil, de actitud firme y decidida, un hombre que superó todos los estereotipos que tenían de su gente y que supo demostrar que los nativos tienen capacidades propias que como raza los vuelven únicos.

Era un líder de corazón valiente, que hablaba a la perfección la lengua maya, por ser su lengua, pero además eran perfectos su español y su latín. Sabía muy bien la historia de su pueblo, de sus deidades y además la historia del pueblo de Israel y de su dios, además de dominar la gramática y el buen decir de la lengua española. Nadie podía engañarle, su conocimiento era superior incluso al de muchos estudiosos, pues no aprendió para ser sumiso sino para conocer a su enemigo y comprender sus propias raíces como nativo maya.

Entendía que los españoles habían puesto de rodillas a su gente con dos armas poderosas: la cruz y la espada. Y era hora de liberarse de ambas.

La gente comenzó a llamarlo Jacinto Canek, en honor al último cacique de la casa maya de los itzaes Can-Ek (Serpiente Feroz), quien había dirigido la resistencia desde Chetumal.

Can-Ek

Por supuesto que las autoridades españolas pronto se percataron que había un nativo agitando las masas y dieron la orden de apresarlo. Pero Jacinto Canek logró escapar internándose en la selva, acompañado de un grupo de rebeldes, quienes le apoyaron para iniciar la ofensiva contra las autoridades españolas que gobernaban Yucatán.

Tras una serie de enfrentamientos entre autoridades y nativos rebeldes, Can-Ek fue capturado y puesto en prisión, pero logró escapar. Y se le capturó varias veces, más era un hombre tan hábil y astuto que siempre encontraba el modo de escabullirse de las prisiones, por lo cual tardaban más en atraparlo que él en evadirse de la cárcel.

Por todas partes se comenzaron a unir los nativos con Can-Ek. Un pueblo consciente no necesita de muchas explicaciones, en cuanto les llegaba el llamado a la rebeldía, mostraban un corazón decidido, porque no había nativo alguno que no estuviera en contra del yugo al que se les sometía.

Aquello se estaba convirtiendo en un auténtico polvorín de proporciones gigantescas, por lo cual el gobernador de Yucatán, brigadier José Crespo y Honorato, ordenó a sus tropas restablecer el orden en la península.

El duro enfrentamiento entre tropas y rebeldes se dio en el pueblo yucateco de Sotuta. La batalla no fue nada fácil para los nativos, porque aquellos soldados estaban muy bien adiestrados y traían excelentes armas y buenas estrategias. El resultado del enfrentamiento fue de 600 rebeldes y 40 soldados muertos. Los rebeldes habían logrado incendiar la villa de Kisteil, una hermosa propiedad española, más por desgracia las tropas lograron capturar a los nativos, siendo así como el 7 de diciembre de 1761, Jacinto Can-ek fue conducido a Mérida como prisionero.

Can-ek fue acusado de Alta Traición a la Corona española y sentenciado a ser descuartizado vivo, atenazado, quemado su cuerpo y esparcidas sus cenizas por el aire…

Esta vez los cerrojos fueron inviolables. No hubo cómplice que pudiera abrir las puertas y darle nuevamente la libertad a Jacinto Canek, por lo cual llegado el momento, la sentencia se cumplió al pie de la letra.

Se le sometió a la tortura ordenada, se destrozó su cuerpo y después fue arrastrado hasta la plaza principal de Mérida, donde se colocó a la vista de todos, como una grave señal de advertencia. Después de tan ignominioso proceso, se prendió una enorme hoguera y fue arrojado al fuego.

Cuando el fuego lo consumió todo, las cenizas fueron recogidas, se les llevó a un valle cercano a los montes y ahí se entregaron a los vientos.

La rebeldía prosiguió por mucho tiempo. El nombre de Jacinto Can-Ek no es quizás muy conocido, pero sus cenizas aún vuelan por los vientos de esta tierra. Gracias a corazones como el de Can-Ek, que aún contra toda amenaza de muerte y tortura, con la firme convicción de que la libertad de los pueblos va de la mano del conocimiento y la determinación hasta entregar la vida misma, hoy aún hay esperanza, y Can-Ek es la promesa de un México libre.

TÚÚL

 

 

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