Analizan ascenso y caída del autor más célebre de los años 20

La copa de oro se había quebrado por todos sus lados y la luna ya no era un anuncio de la luna. Sólo quedaba en pie la conciencia de haber gastado toda la energía. “En una verdadera noche oscura del alma siempre son las tres de la mañana”, escribió en El Crack-Up.

“Toda la vida de Fitzgerald fue una grieta”, dice Pietro Citati al comienzo de La muerte de la mariposa (2017), semblanza de la pareja Zelda y Scott Fitzgerald que sigue despertando pasiones entre los letraheridos. Ciati hurga en la grieta con un relato ágil que es más una miniatura que una biografía, que no teme dejarse una miríada de detalles por el camino para concentrar el dibujo de un amor singular. En los años 20 Scott y Zelda “eran guapos: la belleza”, según anotó un amigo de Princeton. Citati adorna el perfil: “No sabían si eran reales o personajes de una novela: se bañaban vestidos en las fuentes, viajaban sobre el techo de los taxis, se desnudaban durante las representaciones teatrales o se pegaban con la policía”. El dinero entraba a espuertas. El público devoraba aquellos cuentos plagados de flappers y filósofos, la crítica saludaba El gran Gatsby como la gran novela americana de su década.

Casi sin advertirlo, la copa va agrietándose. Las peleas se suceden, duran días y días. Y el alcohol las detona. Scott especialmente abusa de la ginebra. “Bebía para vencer el complejo de inferioridad y la inseguridad que siempre lo habían torturado”, dice el autor. A menudo acaba en comisaría y hasta lo prefería a tener que enfrentarse a los problemas de impotencia sexual que la bebida le provocaba. “De esta forma, pelea tras pelea, copa tras copa, derroche tras derroche, perdieron la paz y la salud: abusaron de su amor, lo hirieron, lo desgarraron, lo hicieron trizas, antes incluso de que la locura los arrollara”. Ésta no tardaría en manifestarse a través de la obsesión de Zelda por convertirse, casi a los 30 años, en una gran bailarina, una Nijinski femenina. “Detrás de los movimiento ligeros o aparentemente ligeros de la danza, anidaba la terrible esquizofrenia”. La vieja mariposa intenta repetidas veces el suicidio y sigue obsesionada con ser una Pavlova. Tiene medio cuerpo cubierto de eccemas y sufre severos ataques de pánico. “Tengo mucho miedo de que cuando vengas y veas que no ha quedado nada salvo desorden y vacío, te quedes horrorizado”, le escribe. Pero Fitzgerald tampoco está para dar saltos. Se culpa del estado de Zelda al tiempo en que intenta olvidarla, descontaminarse de ella: “Ya no puedo hacer nada por ti. Estoy tratando de salvarme a mí mismo”, le escribe.

A la salida de un cine, en diciembre del 40, Fitzgerald se tambalea: “La gente va a pensar que estoy borracho”, comenta. Llevaba varios meses “descontaminado”, pero su corazón no resistió la prueba. Murió aquel día. Zelda le seguiría los pasos tras incendiarse la institución en la que se curaba. La extinción de ambos, en silencio, en la pura grisura, no evitó que, con el tiempo, un halo ceniciento, el polvo de la mariposa del que hablaba Hemingway, atravesara generaciones a caballo de la obra breve pero inconmensurable de Scott y la vida rutilante y desgraciada de la pareja. “Por supuesto, la copa de oro se ha roto —escribió Fitzgerald—; pero era de oro”.

 

LA RAZON

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