Agartha: la misteriosa civilización subterránea que los nazis intentaron contactar

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La Alemania nazi descubrió rápidamente que de la mano del rigor científico no sólo podría tomar ventaja durante la Segunda Guerra Mundial, sino fundamentar sus principios ideológicos, así como satisfacer la curiosidad supersticiosa de sus altos rangos, aunque la mayoría de las veces fue a costa del sufrimiento humano.

Una de las tantas investigaciones realizadas que tuvieron un tinte macabro son las de la Ahnenerbe, la Sociedad para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia Ancestral Alemana. Ésta fue juzgada como una de las patrocinadoras de los experimentos médicos en los campos de concentración, en particular aquellos que respondían a sus necesidades, como la resistencia a la altitud o a la congelación.

La Sociedad ocupaba su tiempo en expediciones de carácter arqueológico, así como antropológico y etnológico alrededor del globo; no obstante, en sus investigaciones la ciencia pasó a segundo término cuando el ocultismo se hizo del papel principal.

La afición de Hitler por los temas relacionados al ocultismo y no es un secreto, por ejemplo, su búsqueda de la lanza de Cristo está documentada ampliamente, de la misma forma que la del Santo Grial inscrita en la cultura pop a través de hits de Hollywood como Indiana Jones. Tales creencias, en conjunción con la preponderancia de cierto afán cientificista detrás de la raza aria, proveyeron del contexto que permitió que la existencia del reino de Agharta fuera sumamente seductora para la sociedad alemana de entonces.

Agharta suponía ser un reino subterráneo que se extendía alrededor del mundo a través de una serie de túneles y canales, siendo Shambhala la ciudad más importante de tal civilización. Según la versión que se lea, en Agharta habitaría una de las especies más longevas del mundo y, a ojos de los alemanes, podría encontrarse el origen de la raza aria.

La búsqueda incesante del supuesto ancestro de la raza aria hizo que una expedición de la Ahnenerbe partiera hacia el desierto de Gobi, en la meseta tibetana, en búsqueda de una de las entradas de Agharta en 1938. Ésta fue liderada por el zoólogo Eernst Schäfer, quien según cuenta la historia tuvo que ceder a los deseos de Heinrich Himmler, el Reichsführer de la SS que así como Hitler, estaba interesado en cuestiones esotéricas, pero sobre todo, deseaba demostrar un par de teorías que se consideraban prominentemente nazis, como la Welteislehre o la Cosmogonía Glacial. Tal teoría fue propuesta por Hanns Hörbiger y explicaba el origen del mundo, mezclado con otros factores como precisamente la existencia de una raza primigenia.

De tal forma, la expedición al Tibet se caracterizó por un afán científico de analizar a la población del lugar, así como los restos óseos, en un intento de encontrar en ellos vestigios de la raza primigenia.Evidentemente, los alemanes no lograron encontrar pruebas de tal raza o del reino, aunque sí hubo otros sucesos que contribuyeron a sus creencias, como los vuelos de Richard Byrd, quien aseguró haber encontrado un orificio en lo que suponía ser el Polo Norte —aunque en realidad estaba sobrevolando la Antártida—, esto sumó a la creencia de que en cada polo existía un hoyo que conectaba un punto y otro de la Tierra, además de los túneles subterráneos donde según los nazis, existían ciudades como Shambhala. Actualmente esta teoría puede sonar tan absurda como la de los terraplanistas, no obstante, por más absurda que sea, esto no logró que el Tercer Reich dejara de empeñarse tanto en intentar demostrarlo.

CC

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