ACERTIJOS

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Gilberto Haaz

Nada iguala a la Victoria. Camelot.

A DOS AÑOS DE LA VICTORIA

El presidente llegó a Palacio para festejar sus 2 años de la Victoria. No lo hizo como Churchill, cuando después de la guerra era vitoreado por los suyos, como un héroe, por haber vencido bajo la premisa de Sangre, sudor y lágrimas. Ahora bajó de ese pedestal, porque el pinche Coronavirus nos tiene a todos por la calle de la amargura. En un salón de Cabildo de Palacio Nacional, allí mismo donde bautizaron a Benito Juárez a la Masonería, el presidente llegó y atrasito de él su esposa, Beatriz, que había tenido un duelo en tuiter tremendo, haciendo la nota del día, donde la tupieron bien y bonito. Les acompañaba el hijo de la leyenda del periodismo, Julio Scherer, con su barba reconocible y su gesto serio. Caminaban hacia el recinto donde, momentos antes, su séquito de Gabinete había llegado, uno por uno, paso a paso, golpe a golpe, con sus cubrebocas dos de ellos (Ebrard y Durazo), y Ebrard se lo quitó en cuanto entró el patrón, los demás por la libre, como el jefe. A la entrada de ese Palacio se les veía llegar en las camionetas blindadas, todas con blindaje 7, lo que salvó la vida al secretario García Harfucht. Atrás quedaron los días del auto pequeño y de los Tsuru y del ‘me cuida el pueblo bueno’, la política de abrazos no balazos se fue por el túnel de la oscuridad. Los demonios andan sueltos y no está el horno para bollos, y precisamente cuando el presidente informaba, en 45 minutos, que los índices de violencia han disminuido, cosa que no es cierto, según las estadísticas oficiales, en ese mismo momento un comando liquidaba arteramente a un grupo de 24 personas que estaban en un anexo, en Guanajuato, donde la vida no vale nada. Atrás quedaron esos días en que, arrepentidos deben estar de haber vendido el parque vehicular, a precio de garaje, cosa que festejaban en las mañaneras a risas, de las camionetas blindadas del anterior sexenio, porque ahora las necesitarán más que nunca, bajo el peligro y la advertencia del grupo de los malos. Llamó la atención y lo comentaron en todos los noticieros nocturnos, una silla vacía que estaba al lado del presidente, será presagio de la silla vacía, nadie la utilizó, conociendo que el presidente en sus mañaneras no se sienta en ningún momento. El presidente se quejó de que nunca un presidente, en 100 años, había sido tan insultado. Y se siguió considerando el presidente de los pobres. Por ellos seguiría trabajando, hasta que lo echen, si así lo hicieran en la Consulta de Revocación de Mandato. “Nunca los pobres recibieron tanto”, dijo. Un informe que no arrojó nada nuevo, solo la visita que hará a Donald Trump la próxima semana. Es más, alguien comentó que era como una selección de las mañaneras y solo faltaba Lord Molécula, el sumiso pregonero contrario a los periodistas. Atrás quedaron los días en que AMLO era vitoreado con una plaza llena de morenos. Austero el escenario, por los tiempos de la pandemia, así celebró entre los suyos (14) y su esposa, aquel Día de la Victoria.

DOÑA BEATRIZ

Un tuiter la metió entre la bronca. La esposa del presidente, Beatriz Gutiérrez Müeller, publicó un tuit por el aniversario del triunfo electoral de su esposo.

El mensaje obtuvo más de 3,000 retuits y más de 1,000 comentarios como respuesta, y fue tema del The New York Times, entre ellos uno de una persona que le preguntó: “¿Cuándo atenderá personalmente a los padres de los niños con cáncer? Gracias por su amable respuesta”.

La respuesta de Gutiérrez Müller fue: “No soy médico, a lo mejor usted sí. Ande, ayúdelos”.

Eso detonó la bomba. Los tuiteros la despedazaron, no la bajaron con insultos y una organización le pidió, a nombre de esos padres y de los niños con cáncer, que se disculpara públicamente. Así lo hizo más tarde: “Están muy inquisidores los adversarios de mi esposo. ¡Por algo será! Si mi expresión “No soy médico”, ofendió a alguien, ofrezco disculpas. En cuanto a mí, solo expresarles que soy profundamente humana y deseo el bien de todos, ahora y siempre”. Fin del episodio. El silencio de las llamadas primeras damas, siempre ha sido una tónica a seguir. Más en estos tiempos donde el presidente mantiene una rivalidad nunca vista con la mitad de la población, que no lo acepta, y la otra mitad, que le aplaude. En un tiempo ellas fueron las ausentes presentes. Muchas de las esposas de nuestros presidentes mexicanos supieron llevar con dignidad ese cargo difícil, la esposa de un presidente. La mayoría, a excepción de unas cuantas, guardaron sepulcral silencio y sana distancia, ante el avasallamiento del esposo que veía al país como un coto de caza. Otras, le entraron más al protagonismo, pocas, para bien del país. Pero ser Primera Dama es algo difícil.

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