ACERTIJOS

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Gilberto Haaz

*Nunca olvides. Camelot. 

AQUEL 11 DE SEPTIEMBRE 

Cada que puedo y ando por Nueva York, es visita obligada al cementerio donde las Torres Gemelas colapsaron. Donde hubo un antes y un después, donde la aviación y los sistemas de seguridad cambiaron para siempre, porque esos locohones árabes fundamentalistas, no solo degollaron tripulación y pilotos y pasajeros, se hicieron de las naves para estrellarlas y le crearon al mundo luto y muchas molestias para abordar un vuelo. Ahora te revisan hasta los chones, aro magnético, rayos X, quitarse zapatos, cinturón, todo lo que suene y suene a peligro va para afuera. En las entradas hay una canasta donde van llenado las cosas no permitidas. Fue el atentado más caro y más barato de la historia del terrorismo, apenas y con unos aviones que no eran de ellos y ni siquiera le pusieron el gas avión, y con unos cuters que no valen un dólar, degollaban gente y fueron a estrellar lo que quisieron. Ese día de aquella mañana, 5 mil aviones volaban los cielos americanos y fueron bajados todos en menos de media hora. Cada que voy a Nueva York tomo el Metro y paso a ese sitio. Fui en 2012, cuando olía a muerte y luto y dolor, y el año pasado, en 2016, cuando cubrí la elección de Hillary y Trump y después de Washington y Filadelfia me brinqué a Nueva York, porque estar cerca de allí y no llegar, es como una pena. El año pasado ya conocí la nueva Torre, mi hermano Enrique, que ya había subido, nos llevó de guía a Rico y a mí a conocerla. Es impresionante, cuando vas trepando vas viendo en una filmación todo lo que dejas abajo, y cuando llegas al cielo entiendes que ningunos locos terroristas van a vencer a la civilización. Van esos relatos de aquellos tiempos. 

EN LAS TORRES (AÑO 2012) 

Nueva York. Allí donde ahora construyen las nuevas torres, una de ellas el mes pasado rebasó al Empire State, para que vean que los horadaron y les hicieron daño con aquellos atentados del 11 de septiembre, pero no los doblegaron. Tres mil personas trabajan todos los días. Obreros y gente de la metalurgia en edificios altos. Frente a la tienda de Century 

XXI, un almacén lleno de compradores mexicanos que en sus cinco pisos ofertan todo. Baratísimo. Lleno. Cruzamos la calle. A un lado, en la iglesia St. Paul’s, todo recuerda a aquel día. Hay un panteón cercano pequeño, data de tumbas de 1786, allí muy seguro los herederos de los Vanderbilts y aquellos barones del dinero están sepultados. 

Tumbas tan viejas, que algunas lápidas han perdido el nombre. Allí exhiben una foto de aquel día, papeles y televisiones y vidrios que volaron a ese espacio de jardín aledaño. 

Lo que los hace recordar. 

Al pie, también, la galería de los heroicos bomberos que perdieron la vida. 

Todos. No falta ninguno. Vamos al Memorial, el de las dos piscinas que apenas inauguró el año pasado el presidente Obama y el alcalde Bloomberg. No cobran, gratis las entradas. Hay que formarse, esperar que den las dos de la tarde para poder penetrar a ese sitio llamado 9/11 Memorial. 

Han corrido veinte años enteros. Las hojas de ese calendario han llevado a otros horizontes. El terrorista Osama Bin Laden cayó abatido por fin. Un presidente de color llegó a liderarlos, cosa que no se pensaría en aquellos años. Un loco llegó a gobernarlos y aguantaron cuatro años. Los Marines invadieron lo que pudieron, no buscaban algunas veces quién se las hizo sino quién se las pagaría. En el mismo hueco donde estaban las torres, ahora lucen unos ojos de agua y un gran prado y, veinte metros abajo se instala el gran Museo a ese recuerdo. Con los nombres de los caídos. Se ha filmado todo, la travesía de llevar un carro de bomberos, destartalado, golpeado por el acero, y dos tridentes, dos vigas de acero que parecen tenedores y que sobrevivieron como mudos testigos de ese ataque cobarde. Si aquí presumen que se pueden oír 175 idiomas diferentes en una cuadra, por sus vestimentas los conoceréis: un rabino con su atuendo típico, barba, sombrero clásico negro, traje todo del mismo color. Bajan de una camioneta una familia tipo de los menonitas. O de los mormones. Llaman la atención, volteo a verlos. Vestidos largos, tapando todo el cuerpo, sólo la cara descubierta, de tobillo a cuello. Ellos, con sus sombreros conocidos tipo rabinos. Mucha gente en Jeans y de compras apresuradas. Uno ve esta economía pujante y entiende por qué el presidente Bush, a los pocos días del ataque a las Torres Gemelas y el Pentágono, los conminaba a que perdieran el miedo y salieran a la calle a comprar, so pena de colapsar esta economía que rige a las otras, a las de todo el mundo. 

MAÑANA PARTE (II) 

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