ACERTIJOS

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Por Gilberto Haaz Diez 

*Cuando las historias llegan. Camelot. 

MUERTE A LA CARTA 

Hay estados de la Unión Americana donde, los sentenciados a muerte, pueden escoger la mejor forma de morir, si es que hay alguna. Todos soñamos con morir en la tranquilidad de una cama, sin sobresaltos, que llegue la muerte y bendita sea si no hace daño ni crea dolor. El filósofo chino, Confucio, primo lejano de Kamalucas, un filósofo de mi pueblo, solía decir: aprende a vivir y sabrás morir bien. Los condenados a muerte en Estados Unidos, son por lo regular crápulas que han liquidado gente. Asesinos confesos. Pues bien, en Utah, uno de los estados norteños, la legislación permite que el sentenciado a muerte escoja cómo morir. Como si se estuviera en una Mac Donald y pudiera uno pedir la burguer o la triple mac. A un gringo maloso le ocurrió. Sentenciado a muerte, escogió ser fusilado porque, dicen que ser fusilado tiene un toque de heroicidad, y se puede mirar al pelotón de fusilamiento cara a cara. Los del pelotón de fusilamiento, para que no carguen en su conciencia él haber sido el killer, toma uno de ellos un rifle con balas de salva, y así ninguno reconoce de quien fue el tiro certero. En la historia de la revolución hubo muchos casos así. Martín Luis Guzmán nos explica varios. Hay formas de morir: inyecciones letales o silla eléctrica. Ignoro cómo le fue al gringo, si pidió piedad o solo cerró los ojos para esperar el tiro liquidador. Pero de que pidió cómo morir, lo pidió, y le fue concedido. 

AQUEL DE MI GENERAL VILLA 

Ahora que ando malito y que el vértigo se ató a mi coco como si fueran percebes a las rocas, recordé aquel pasaje histórico en las memorias de Martin Luis Guzmán, cuando relató a mi General Villa, conocido como Pancho Villa, para unos, bandolero, para otros, héroe revolucionario. Sucede que Villa dio la orden de que fusilaran a un general, y le dieron la oportunidad que pidiera un deseo. El único deseo que pidió, porque era hombre bragado como muchos revolucionarios, fue que le dejaran fumar un cigarro. El pelotón de fusilamiento le dio un cigarro, el tipo lo encendió y lo fumó con tanta calma que la ceniza le demoró casi todo el cigarro. No tenía miedo a la muerte, los soldados veían impertérritos que ni temblaba. Cuando le dio el último golpe al tabaco, les dijo: Estoy listo, procedan. Y lo fusilaron sin piedad. 

Otra anécdota de escoger cómo morir, aunque aquí no hubo ninguna manera de dejarles la opción de vivir, fue cuando el llamado El Carnicero de Villa, Rodolfo Fierro, alguna vez tuvo a 300 presos en un corral que la División del Norte había atrapado, y ya sabían que les esperaba el paredón. No había manera de estar manteniendo a tantos y darles de comer y agua, apurado había para la tropa. Fierro, que era un tirador extraordinario se paró frente al corral y les dijo que de dos en dos les daría oportunidad de que brincaran el cerco y corrieran, los que pasaran de un árbol allá lejano, eran libres. Llamó a un auxiliar y le dijo que le tenía que cargar los dos revólveres Smith and Wesson y que ay de él si alguno se le escapaba por no tener la bala en la pistola. El ayudante temblaba, Fierro era un liquidador, un carnicero, como su apodo le conocía. Ese capítulo que hoy narro aparece en las Memorias de Villa de Martin Luis Guzmán, La fiesta de las balas. Es una joya escrita por ese extraordinario novelista mexicano. Fierro por poco logra que Estados Unidos nos invadiera cuando mató a William Benton en un hotel de Ciudad Juárez, pero se le recuerda por esos 300 que iba a liquidar. Cuentan que les fue llamando, de par en par, al parecer y al grito de listo, brincaban, cuenta la leyenda que solo uno de ellos se escapó. Fierro terminó con las manos hinchadas del fuego de las pistolas, pero dejó su marca de carnicero criminal sobre ese corral.  

www.gilbertohaazdiez.com 

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