Seis oficios insólitos que sobreviven en las calles y el campo mexicano

En el pasado los llamaron “los industriales ambulantes”: hombres y mujeres que recorrían las calles de la Ciudad de México ofreciendo productos y oficios. Había boleros, talabarteros, organilleros, tejedores de sombreros de paja y de alambre, obrajeros, tejedores de lana y hasta domadores de pulgas que vivían de “mostrar al público las habilidades de sus minúsculas y pulcras pupilas”. También “maestros” dedicados al “nobilísimo arte de leer, escribir y contar”.

Son trabajadores de calle que en su momento sumaron una población de 18.000, de acuerdo con el libro Trabajadores, espacio urbano y sociabilidad en la ciudad de México (1790-1867), de la investigadora Sonia Pérez Toledo. La sociedad mexicana de finales del siglo XIX y principios del XX los sentenció a la mala reputación porque preferían “su libre miseria a un bienestar obtenido a costa de la sujeción”, según las crónicas de la época.

Algunos de esos personajes todavía sobreviven en barrios de la capital mexicana y los estados del país, donde aún es posible escuchar los pregones de viejos oficios. “¡Hay tamaleees,calientitos los tamaleees!”: así canta el tamalero que cambió el lomo de burro por la bicicleta y su voz por una grabación que suena en pequeñas bocinas.

También resisten los vendedores de café negro en bidón, que en el pasado eran tan puntuales que hasta servían de reloj a los gendarmes encampuchados, dedicados a la custodia de los “condenados” a barrer las calles como castigo a alguna falta leve cometida la noche anterior.

Hoy la Ciudad de México apenas los mira. Pero ellos, los practicantes de algunos oficios, siguen en pie, recorriendo el asfalto o apertrechados en sencillos locales. Estos son algunos que sobreviven.

Merolico. A don José Reyna es fácil hallarlo por los rumbos de la Basílica de Guadalupe, donde todos los días coloca su silla, tiende una tela y acomoda sus productos de la fe: imágenes, calcomanías, ungüentos y remedios para la salud.

A gritos llama la atención de la gente que, sorprendida, escucha su sermón sobre la fe, la devoción y los milagros, pero salpicado con groserías y malas palabras. Cuestiona. Confronta. Regaña. Es un merolico que quiere vender y no estafar, a pesar de la mala fama de su oficio. Para José, la crisis de su oficio se debe a la falta de fe. “La gente cada vez cree menos en todo”, dice. El merolico es aquél personaje que se dedica a convencer a la gente de adquirir sus productos o “remedios” a base de una gran cantidad de palabras mareadoras. Lo grita en las esquinas o en donde sabe que habrá mucha gente que pueda escuchar lo que ofrece.

Anuncian las bondades del mariguanol (o la pomada de moda) y los precios más baratos de sus tiliches.

Dice la leyenda que si lo escuchas más de 3 minutos podrías caer en sus redes de perdición.

Pajarero de la suerte. Por la plaza de Coyoacán, al sur de la Ciudad de México, los turistas detienen el paso, intrigados. Frente a ellos hay una jaula que espera abrirse para que un pájaro salga, tome un papelito doblado de una caja y adivine el futuro.

Son los pajareros de la suerte, que ofrecen augürios y todavía compiten en las plazas con lectores de cartas, sobre todo. En el Jardín Hidalgo trabaja Joaquín Hernández, quien cada semana coloca su pequeña mesa y dos jaulas blancas con dos canarios que ofrecen la suerte por 10 pesos. En su oficio ha tenido que enfrentar a los “defensores de animales” que han intentado quitarle sus canarios.

Camotero. Un silbido agudo y chillante de vapor que sale de una enhiesta chimenea de hojalata anuncia que por allí va el carrito de los camonetes y plátanos machos cocidos en el horno de leña ambulante. Según la temporada, ofrecen camotes de piel púrpura y pulpa blanca (Camotli, en nahuatl) amarillos (Cozticamotli) o blancos (Iztacamotli) Van acompañados de leche condensada, mermelada o miel. A veces de cajeta, como llaman en México al dulce de leche de cabra. Cada día son menos los camoteros que resisten la caída de ventas ante la competencia de otros postres que venden en las tiendas de conveniencia. “Cada día camino más y vendo menos”, asegura Jaime Anselmo, un joven de 26 años que heredó el oficio de su padre y sus dos hermanos, todos camoteros.

Organillero. Sostenido sobre una pata de palo suena el organillo: una caja que lee música como en braille, por medio de placas de metal con protuberancias. El que lo sostiene en una de las aceras de la Catedral Metropolitana es José Encarnación, organillero, heredero de aquellos que en el pasado rentaban esos instrumentos a la casa de música alemana Wagner y Levien. Como todos los de su oficio, viste de beige, usa una gorra y durante horas le da vuelta a una manija que hace sonar las notas de alguna canción popular apenas reconocible por lo desafinado del sonido.

Su compañero, mientras tanto, se acerca a la gente que en general los evade y de vez en cuando se detiene para soltar alguna moneda en la boina extendida. “Es un oficio que se extingue”, dice José. Pero en su momento fueron tantos los organilleros en la ciudad que hasta sindicato tienen. De acuerdo con sus cifras, son aproximadamente 500 que sueltan sueltas sus melodías hasta en avenidas de tránsito rápido como el Periférico, donde aprovechan los atascos de las horas pico.

Jimador y tlachiquero Del maguey, tradicional planta mexicana, nacieron dos oficios: el jimador y el tlachiquero. Uno es el emblemático agricultor que cosecha el llamado Agave Tequilana Weber para la elaboración del tequila y el mezcal. Es un oficio que se transmite de generación en generación para enseñar el arte de la coa –un cuchillo de hoja plana con un largo mango– con que cortan la “piña de agave” de donde extraen su corazón.

El tlachiquero, por su parte, sabe cultivar el Agave Salmiana de donde extrae el mucílago o el aguamiel para la elaboración del pulque, una bebida fermentada, babosa y densa, que nació en las culturas prehispánicas de México. Según las crónicas y códices del siglo XVI, antes de la conquista española en la Cuenca de México el consumo del pulque era restringido y se ofrendaba a los dioses en cántaros pequeños. Los ancianos podían consumirlo al igual que los enfermos, las mujeres recién paridas y los hombres que realizaban faenas pesadas.

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