Rina Lazo, la última gran muralista

El muralismo no se acabó, lo acabaron”, afirma en un solo respiro Rina Lazo (Guatemala, 1923),  considerada la última mujer del movimiento artístico. La declaración no es un decir al azar. Quien  fuera ayudante de Diego Rivera hasta su muerte hace memoria de la campaña gestada desde la CIA para detener el arte figurativo revolucionario, y emprender una nueva generación de artistas abstractos: “los que hacían arte mudo, el que no dice nada sólo decora”, dice.

Lazo, quien celebrará en octubre próximo su cumpleaños 95 trabajando en un mural sobre los mayas, no titubea al recordar que tras la censura al mural El hombre en el cruce de caminos, de Rivera, en el Centro Rockefeller, el gobierno de Estados Unidos decidió que el discurso de los frescos resultaba peligroso para el crecimiento del capitalismo y, sobre todo, su imperialismo. Entonces se inició una campaña para desprestigiar la pintura figurativa y promocionar la abstracción.

El crítico cubano José Gómez Sicre, quien entonces era el director del Departamento Audiovisual de la Organización de los Estados Americanos (OEA), fue quien dirigió desde Washington la operación contra el arte político, asegura Lazo. “Vinieron las órdenes de la OEA y la CIA, a través de un pintor que se prestó para ello, que fue José Luis Cuevas; como vieron que dibujaba, lo tomaron como su voz para que en cartas que él publicaba se expresara en contra del movimiento.

El muralismo duró muchos años todavía, no lo acabaron de forma automática, pero una forma de acabarlo fue cerrando los edificios públicos coloniales donde se podían pintar los murales, porque por su técnica no se podía pintar en edificios nuevos porque eran mucho más chaparritos, con menos muros, edificios de muchos pisos donde ya no cabía un mural así de grande. Luego el gobierno de México a través de Bellas Artes prohibió pintar en edificios públicos, y todos los apoyos y becas se fueron para los jóvenes que hacían arte abstracto”, recuerda.

El ejercicio de memoria viene como una queja, pues la artista dice que  el muralismo como movimiento artístico social y educativo tenía mucha trayectoria, e incluso ahora hay una generación que busca reactivarlo con obras hechas en provincia, pero no encuentra el apoyo de las instituciones. Afirma que su esposo, Arturo García Bustos, quien falleció el año pasado, dejó varios proyectos inconclusos, y ella misma interrumpió algunos durante la década de los 60.

Es cuando nace la Generación de la Ruptura, pero ésta se inició cuando le encargaron a una serie de pintores jóvenes que hicieran cuadros grandes para que fueran a la bienal de Sao Paulo, les dieron telas, los cuadros, y les dijeron que pintaran todo menos arte político. A algunos les dieron becas, como a Manuel Felguérez, para que fueran a estudiar al extranjero y entonces regresaban con el pensamiento de hacer un arte mudo.

En las escuelas decían que los estudiantes no podían ser parte del partido comunista y compraron a los críticos que decían que las cosas buenas eran las abstractas. Así trataron de desmembrar ese gran movimiento que le dio fama a México como un  país culto, un país de arte. En realidad deberían agradecer a los muralistas que México se haya dado a conocer como un gran país”.

Lazo confía en que el movimiento volverá a tener fuerza  y presencia en el arte mexicano porque está arraigado a la historia de México como un arte revolucionario.

MURALISTA MEXICANA POR ADOPCIÓN

Lazo llegó a la Ciudad de México en 1947 por la buena fortuna. Ganó una beca en la Academia de Bellas Artes de Guatemala para estudiar en la cuna de los tres grandes: Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros. Nombres que, le advirtieron, debía memorizar antes de llegar al país, pues eran el referente del arte revolucionario de la época. Desde entonces, quien ingresó a la Escuela de Pintura y Escultura de la Secretaría de Educación Pública La Esmeralda adoptó el movimiento del fresco como propio.

Tanto que a unos meses de cumplir 95 años de edad la pintora trabaja en el mural El inframundo de los mayas que inició como un gusto personal, pero ahora es un encargo del Museo de Arte Mexicano de Austin, Texas. “La mejor manera de celebrar mi cumpleaños sería terminando este mural, será de 50 metros de largo o más”, describe la artista que realiza la pieza con la técnica de temple sobre tela.

Recuerda que su escuela no fue precisamente La Esmeralda, sino el estudio de Diego Rivera. A unos meses de llegar a México, la invitaron para ayudar al muralista en la obra Sueño de una Tarde Dominical en la Alameda Central, y se siguió, colaborando con él en los murales del Cárcamo del río Lerma, en los frescos del Hospital La Raza y con los mosaicos del Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria.

De manera paralela hizo su propia obra. En 1954, realizó su primer mural al fresco titulado Tierra Fértil, que hoy se encuentra en el Museo de la Universidad de San Carlos, de Guatemala. En 1966, por encargo del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, realizó la réplica de las pinturas mayas de Bonampak para el templo facsímil del jardín anexo a la Sala Maya del Museo Nacional de Antropología, y en 1997 pintó el mural Venerable Abuelo Maíz, para la misma sala.

El muralismo me parece que es lo más grandioso, es como hacer una foto o una película. Si haces un cuadro de caballete va a estar en la sala del coleccionista, pero si haces un mural lo verá toda la gente que pase por el edificio”, señala sentada en la sala de su casa en Coyoacán, rodeada de óleos propios y de su esposo, de esculturas y muebles de artistas como Frida Kahlo.

Además de la cultura maya, Lazo se interesa por los retratos y las naturalezas muertas. Un cuadro de estos, Puesto de cocos en La Merced, ilustra la portada del libro de texto gratuito de Matemáticas del tercer grado de primaria de la Secretaría de Educación Pública. Obra en caballete que se ha presentado en exposiciones internacionales como en 2007 en la colectiva de mujeres artistas en el National Museum of Mexican Art de Chicago y en 2009 en una de gráfica en la Universidad de Puget Sound en Tacoma, Washington.

Quien pertenece al Seminario de Cultura Mexicana asegura que sólo pide tiempo para concluir sus obras pendientes. “Siempre tengo cosas pequeñas y quiero acabar con lo que ya había empezado antes de tomar más proyectos, ahorita tengo varias pinturas, el mural y un álbum de lámina para pintar con óleo. Celebraré trabajando”.

EXCELSIOR

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