De niños problema a niños genio

 “No se junten con el burro”, esas fueron las palabras que Emiliano Romero Beltrán escuchó en más de una ocasión de su maestra cuando cursaba apenas el primer año del nivel primaria. La docente recurría a esa etiqueta de manera constante ante la supuesta “rebeldía” del menor, al cual no lograba hacer que respetara las reglas disciplinarias del salón de clases.

Hablando de sobredotación, la cuesta arriba para los padres no inicia cuando al menor se le diagnostica esa condición, sino cuando los niños ingresan a la escuela y comienzan las constantes quejas sobre el desempeño de sus hijos en la escuela, en la mayoría de los casos, estas quejas son relacionadas con su comportamiento, más que con su aprendizaje.

No obstante, la psicóloga Diana Sifuentes precisa que cuando existe la condición de sobredotación, no necesariamente coexiste con las buenas calificaciones, por el contrario, el bajo desempeño (cualitativo) se encuentra presente en muchos de los niños y ello obedece a que la calificación está asociada a su comportamiento e incluso, en muchas ocasiones, a la falta de empatía con los maestros.

Pero tratar de entender y corregir la actitud de sus hijos no es el único mal, pues los padres se enfrentan a los daños colaterales como la poca habilidad que la mayoría de los niños sobredotados encuentra para relacionarse con otros menores, y el panorama se torna más sombrío al comenzar el trato con especialistas —psicólogos y maestros— porque en muchas ocasiones confunden los síntomas de sobredotación con los asociados al déficit de atención e hiperactividad (TDAH) o el síndrome de Asperger.

Esos posibles diagnósticos, que bien podrían parecer el último trago amargo para los padres del sobredotado, son en realidad solo la antesala del camino, pues el estrés deriva también de las pocas posibilidades de atención —educación diferenciada— con que se cuenta en México, situación que representa uno de sus mayores retos a lo largo de todo el camino formativo de un niño genio.

“Cuando mi hijo tenía cuatro años, teníamos una cantidad enorme de problemas porque no estaba bien en la escuela (…) Cuando se enfrentó al sistema educativo donde tenía que estar sentado con las manos atrás, pues obviamente tuvo problemas, entonces nos llamaron y nos pidieron que realizáramos unas baterías psicopedagógicas y el resultado fue sobredotación intelectual e hiperactividad”, relató el doctor Asdrúbal Almazán, padre del hoy doctor Andrew Almazán Anaya.

Recordó que una vez que se dio el diagnóstico, la recomendación fue un tratamiento psiquiátrico acompañado de medicamentos para dejar tranquilo al niño, ante lo cual se dio a la tarea de buscar otras opciones que permitieran aprovechar al menor todo su potencial; no obstante, con el transcurrir del tiempo y después de buscar las mejores opciones, se dio cuenta que no había una adecuada, una opción especializada en la atención en pequeños con sobredotación.

“Revisamos la literatura, buscamos artículos y nos dimos cuenta que en realidad no había nada en México (…) Ante ello, mi esposa y yo comenzamos a estudiar, giramos nuestras carreras hacia la educación ya que se trataba precisamente de la educación de nuestros hijos, sobre todo por Andrew que estuvo de los cuatro a los nueve años en un sistema tradicional padeciendo la falta de comprensión de los maestros y de sus compañeros, hasta que él pidió no asistir más a la escuela”.

La siguiente parada en el camino para el doctor Asdrúbal y el entonces pequeño Andrew fue buscar opciones educativas fuera del país, la opción fue una serie de sistemas americanos (en Phoenix) que le permitieron avanzar en tan solo dos años, la primaria, secundaria y bachillerato. “Esta situación, le permitió ingresar a la edad de 12 años a la universidad en dos carreras simultáneas”.

A partir de ese momento, de manera informal los padres de Andrew se dieron a la tarea de asesorar a todas aquellas personas que se les acercaban para preguntarles sobre su experiencia con Andrew, quien a la edad de 16 años concluyó la carrera de psicología. “Cuando él concluye la carrera de psicología decidimos fundar el Cedat y a partir de entonces damos atención a los niños sobredotados ya de manera formal y sobre todo especializada”.

El camino fue un tanto similar para Fermín Romero, padre de Rodrigo y Emiliano; no obstante, este ya encontró en el Cedat una opción para librar las adversidades que representa el sistema educativo tradicional.

“Honestamente, muy al principio no nos dimos cuenta (de la sobredotación de nuestros hijos) y eso fue quizás una falla nuestra como padres de familia, pero así fue como las circunstancias se fueron dando. Ellos estudiaban en el Liceo Franco Mexicano, Rodrigo hasta tercer año y Emiliano solo el primero y los dos fueron víctimas de bullying”.

Los hijos de Fermín tuvieron que lidiar con ese tipo de situaciones hasta que el director de la escuela lo citó para decirle que sus hijos excedían el promedio del resto de los alumnos y debían buscar otra escuela, una institución especial. Fue así como llegaron al Cedat, donde se les oferta un sistema de educación diferenciada, la cual, sin embargo, no tiene validez oficial por lo que los menores, cuando están listos y desean acelerar su educación, como en su momento hizo Andrew Almazán, deben acreditar las materias ante el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA).

 

 

 

 

CONACYT

 

 

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