Naples, el día del apocalipsis

Si el Vesubio sepultó Pompeya bajo lava hace 2.000 años, este domingo ha comenzado a desatarse la tormenta que podría sumergir el borde costero de Naples, Florida (EE UU), bajo el mar, convirtiéndola así en la zona cero de devastación al paso del poderoso huracán Irma.

Es difícil asumir, concebir la verosimilitud del peor de los escenarios que pintan los meteorólogos para este domingo y para el lunes en la costa suroeste de Florida: que la tormenta haga crecer tanto el mar que lo meta ciudad adentro sumergiendo por completo casas bajas. El agua podría subir hasta cinco metros y dejar los tejados bajo el mar.

Peter Akey, de 64 años, bronceado, pelo revuelto color plata, tiene su casa en la playa de Naples desde hace 40 años y dice que, pese a que tiene seguro a todo riesgo, “esa casa vale más que cualquier indemnización millonaria. Yo soy esa casa, muchacho”. Tiene aspecto de viejo surfero que abofetearía a un tiburón antes que perder su tabla.

Ante Irma —o ante la vida— Florida se divide entre los que tienen ventanas antiimpacto y los que no las tienen. Los amigos que han dado refugio este fin de semana de terror a Regla Pino en su casa de Naples son de los segundos. Tampoco han podido tapar los delgados ventanales de entrada de la vivienda porque, buscados a última hora, hasta los tablones escasean. Su situación se vuelve todavía más preocupante por los árboles cortados hace días en la finca de enfrente y abandonados en el arcén. Nadie ha movido un dedo para recogerlos y sus troncos apuntan en batería hacia la casa de sus amigos, como alistados para que el súper tifón los propulse como cohetes vegetales.

Además, Regla Pino, de 60 años, pertenece a otra subescala de la vulnerabilidad. La de los que no tienen casas sólidas sino habitáculos prefabricados. “Yo vivo en una casa traila”, dijo, “y me hicieron salir de ella. Vine aquí, aunque tampoco hay mucha seguridad”. Define su tipo de vivienda como tráiler, no porque sean casas móviles sino porque son preparadas en fábricas y trasladadas después a lugares donde las dejan fijas. Aunque fijas es mucho decir. El sábado por la tarde, Regla regresó un momento a su casa, adornada por una solitaria palmera que empezaba a abanearse, la miró desde fuera y dijo: “Lo que me da miedo es que se vaya volando”. Sacó el móvil y le hizo fotos como quien quiere asegurarse de poder recordar algo que va a perder.

“A ver si el de arriba se levanta por la mañana y decide salvar mi botecito del ojo del huracán”, bromeó John Flaherty. El sábado temprano salieron de casa aprisa y se trajeron lo que consideraron “básico”. “Unas chanclas, mi esmoquin y suficiente vino para sobrevivir al peor huracán de la historia”, dijo él. Brindaron, sonrieron, se fueron juntos a dormir y una reportera que consultaba en su teléfono velocidades de vientos huracanados, posibles radios de devastación y dirigía mientras cenaba ñoquis de lata la cobertura de redes sociales de un medio nacional, levanto la vista y dijo: “Qué tierno”.

 

 

EL  PAIS

 

 

nyo

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