Nada volvió a ser igual después de la inundación de 1999

Por Juan Olmedo

Para los habitantes de este municipio, Octubre es sinónimo de luto y tragedia; significa recordar que de la noche a la mañana lo perdieron todo, y es que todavía tienen vivo el recuerdo de la devastación que sufrieron hace diecinueve años, cuando la corriente del agua arrasó con sus casas, animales, sus familiares, incluso con ellos mismos, en el caso de aquellos que sobrevivieron a la furia del agua.

Se trata de un momento que nunca olvidarán y hoy tienen miedo de que vuelva a ocurrir por las constantes lluvias registradas en las últimas semanas. “Cierro los ojos y escucho los gritos de mi familia, los míos, vuelvo a vivir esos momentos de desesperación, teniendo el agua hasta el cuello, aun cuando estábamos agarrados de lo alto de un árbol”, cuenta la señora Camila García, oriunda de la comunidad Cerro Blanco.

La noche del 4 y madrugada del 5 de octubre de 1999, ha sido la más larga de su vida, pues en la oscuridad pasaron horas de terror, al ver el agua entrar a sus casas y arrasar con todo a su paso. Los testimonios de los afectados de aquel entonces, evocan que los ríos empezaron a desbordarse por la tarde y en algunos casos a partir de las 8 o 9 de la noche ya tenían el agua en el interior de sus casas.

En la madrugada del 5 de octubre ya no tenían espacios para dónde hacerse, por lo que buscaron guarecerse en las azoteas de las casas de dos pisos que estaban en las zonas más altas, pero hasta ahí los alcanzó el agua, que les llegó hasta las rodillas.

Rodeados por el agua
Paulino García Jiménez, habitante de la colonia Unidad y Trabajo de este municipio, es uno de los sobrevivientes de la localidad Tres Naciones, luego de 19 años, aún no logra recuperarse de aquel fenómeno que lo dejó sin nada y lo obligó a cambiar de residencia. Entrevistado por el hecho, recuerda que la comunidad fue rodeada por el agua, tanto un arroyo como un brazo del río Tecolutla, subieron de nivel rápidamente.

“Vivimos algo que fue peor que una pesadilla, pues las horas de angustia nunca las vamos a poder olvidar y menos cuando se anuncian fuertes lluvias para este fin de semana”, señala. A casi dos décadas de distancia, aún se tiene en mente la devastadora furia de la naturaleza que provocó las peores inundaciones, mismas que dejaron incalculables afectaciones al patrimonio de miles de familias.

Incomunicados
Además de los daños a cultivos, a la ganadería, las vías de comunicación también se vieron comprometidas, algunas colapsaron, otras más quedaron sepultadas por toneladas de rocas y lodo que se desprendieron de los cerros, como ocurrió en la localidad Poza Larga, a unos cuantos metros del puente Remolino.

A la estela de destrucción se sumó la escasez de alimentos y agua potable. En al menos 35 comunidades rápidamente hubo brotes epidémicos de diarreas y dermatitis. Al hospital civil ingresaron decenas de personas, principalmente niños con cuadros agudos de anemia. Los reportes de los días subsecuentes anunciaban que muchas personas están a punto de fallecer por inanición; llevaban más de cuatro días sin comer y sin agua.

Papantecos solidarios
Debido a que la ayuda gubernamental no llegaba y la hambruna cada día era peor, un grupo de ciudadanos se organizaron por su cuenta, teniendo como sala de sesiones y recolección de víveres el parque central Israel C. Téllez, aprovecharon para desmentir las cifras oficiales del gobierno estatal sobre el número de muertos.

Y es que el entonces gobernador de Veracruz, Miguel Alemán aseguraba que sólo eran 81 las víctimas de las inundaciones y que no había desaparecidos, sin embargo, decenas fueron arrastrados por la corriente del río Tecolutla o quedaron sepultados por los cerros que reblandecieron y se desgajaron.

Un río embravecido
El caudal del río Tecolutla, siempre ha sido relativamente amplio, su profundidad se estima en no más de 12 metros, sin embargo, el día de la tragedia subió más de 40 metros y en algunos instantes llegó a rebasar al puente, donde quedaban atorados por algunos instantes decenas de cuerpos de hombres, mujeres y niños.

Martinica, bajo el agua
Lo que hoy son calles de terracería, hace 19 años fueron nuevos caudales de agua en la localidad La Martinica, el puente que comunicaba a esta franja del Llano y que es el principal acceso a Puxtla, Cedral, Ocotillar, Belisario Domínguez, Manantial, entre otras comunidades, sucumbió por la fuerza del agua, la única forma de llegar era atravesando el arroyo, mismo que se desbordó.

María del Carmen Castro Cortés, actual sub agente municipal de la localidad, recuerda que en cuestión de minutos el agua comenzó a subir, llegando hasta dos metros y medio de altura, en aquel entonces ella se encontraba embarazada y con dificultad, apoyada de una escalera de madera, subió a la azotea de su casa, desde donde observó cómo el agua se llevaba todas sus pertenencias.

Frente a su domicilio se encuentra la escuela primaria de la comunidad, la cual es un testigo silencioso de cómo se refugiaron 56 niños y cuatro maestros, los cuales tuvieron que subir al techo de madera y tejas, las cuales desprendieron para poder salir a respirar. No tuvieron la misma suerte alumnos de otro plantel educativo en Tres Naciones, donde la corriente de lodo sepultó el edificio, con los alumnos en el interior y sólo se pudieron rescatar los cadáveres de dos infantes.

Hambre los obligó a comer carroña
“Los soldados encontraron a un niño totonaca de unos siete años que llevaba abrazando y mordisqueando una pierna de vaca en estado de putrefacción, y les costó mucho quitársela, pues era el único alimento que encontró y lo llevaba a sus hermanos”, narra con lágrimas en los ojos la entrevistada.

Quedaron en la ruina
La fuerza del río alcanzó tal magnitud que derrumbó casas, se llevó al menos cinco mil cabezas de ganado, arrasó extensiones completas de platanares, limonares, naranjales y otras siembras, las cuales quedaron reducidas a páramos semidesérticos, cubiertos por una fina arena y mucho lodo. La mayor parte de los habitantes quedó en la ruina.

Sin dinero, trabajo, las cosechas perdidas, los animales diezmados y sin medios de transporte terrestres para recibir ayuda, al paso de los días resintieron la escasez de alimentos. Los poblados cercanos como Tres Naciones, San Gotardo, Joloapan, Reforma Paso del Correo, La Isla, Cuyuxquihui y Paso del Correo se encontraban en una situación similar.

Medio siglo de atraso
En tan sólo 72 horas, las lluvias retrocedieron al menos 50 años en el tiempo a esas poblaciones, se quedaron sin luz, teléfono, agua, drenaje, puentes, caminos, tierras productivas y peor aún, los pozos artesianos que podrían servir como fuente de abastecimiento quedaron contaminados.

Aunque al día de hoy no hay mucha diferencia, el camino de Paso del Correo a Martinica quedó borrado, y para llegar a esta congregación de no más de 500 habitantes, la única forma de bajar era pegado a la ladera de los cerros.

Aquí la fuerza del agua dejó de pie entre 15 y 20 viviendas, el resto desaparecieron. El hambre que padecieron tras permanecer cuatro días arriba de sus casas, en árboles, en los techos de las escuelas, fue mitigada por un pueblo vecino, Primero de Mayo, donde en asamblea, sus pobladores decidieron compartir su alimento, pero ante la nula llegada de víveres, pronto se agotaron los suministros y la hambruna volvió.

La esperanza vino del aire
Habían pasado casi 120 horas, el nivel del agua comenzaba a descender y dejaba entrever una estela de destrucción inimaginable, la tristeza y desesperación eran visibles en las caras de quienes no sabían cómo volverían a empezar, sin embargo, la preocupación más grande era encontrar algo para comer.

Las 18:15 horas del 9 de octubre, son recordadas como uno de los instantes más felices de Paso del Correo, a esa hora se dejó escuchar el estruendo del rotor de un helicóptero que buscaba en donde aterrizar. Después de cinco minutos de volar bajo y en círculos, finalmente descendió en el patio de la escuela telesecundaria José Vasconcelos.

La ayuda oficial había llegado. Dos enormes compuertas traseras del aparato se abrieron y la gente en su desesperada alegría, rompió las puertas del enrejado y se abalanzó sobre el helicóptero aún en proceso de aterrizaje. Oficialmente llegaron 392 despensas en pequeñas bolsas de plástico negro, las cuales la gente abrazaba.

Orden al caos
Rápidamente, los pobladores se reunieron, ahí se acordó que todos dejarían en el patio de la escuela las despensas, estas quedarían resguardadas bajo llave y el reparto iniciaría al día siguiente, porque se iba a dar prioridad a quienes más necesitaran la ayuda, pero además tenían que repartirse entre los habitantes de La Isla, Reforma, Cuyuxquihui, Primero de Mayo, Primero de Mayo y La Martinica.

Aunque han pasado casi dos décadas, aún hay daños que no han sido reparados, familias que se quedaron sin sus viviendas, sin sus seres queridos, sin vehículos, propiedades, parcelas, entre muchos otros bienes que el agua se llevó y jamás regresó, ni regresará, lo único que les queda es el miedo, pues las lluvias anunciadas para este fin de semana podrían causar nuevamente afectaciones a esta zona.

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