Muere el fotógrafo Robert Frank

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Ha muerto Robert Frank. Tenía 94 años. Como buen judío, desoyó los prejuicios culturales de la apropiación, ese cuento triste. Retrató a los EE UU como nadie. Antes de su Leika arrasadora, su grano grueso, sus contrastes quemados, sus rostros furibundos, dominaba el estilo de quienes no concebían contemplar el país sin una gota de bien lubricado optimismo. Incluso en los peores momentos de la Gran Depresión los fotógrafos canónicos habían respetado los volúmenes, el zoom, los horizontes, el contraste debidos. Frank no. Él llegaba con el viento crudo y ululante de la generación Beat entre los dedos. Dispuesto a romper la imagen brillante de un país borracho de éxito.

De viaje en un coche destartalado, recorrió lo que no suele verse. Por su objetivo desfilan los bajos de las ciudades, las cafeterías con manchas de grasa, las meriendas de los pobres, los paseos de la niñera negra, los rostros asomados a las ventanillas del autobús, el neón fiero y solitario del sábado noche. Recopiló una galería de rostros anónimos, desencajados, melancólicos, airados unos, derrotados otros, unidos todos por las vibrantes contradicciones de un país que alumbraba el mestizaje del rock and roll sin desinfectar los espectros de la segregación ni encarar el racismo rampante.

El gran fotoperiodista, que revolucionó la historia del oficio en el siglo XX, llegó desde Suiza a la edad de 54 años. Su gran libro, «Los americanos», fue mal recibido. Claro que llevaba un prólogo de Jack Keoruac, que evocaba el momento cuando «el sol está caliente y la música sale de la máquina de discos o de un funeral cercano, eso es lo que Robert Frank ha capturado en unas fotografías tremendas, tomadas mientras viajaba por la carretera (…) y con agilidad, misterio, genio, tristeza y extraño secreto de una sombra fotografiada escenas que nunca antes se habían visto en la película».

«Veinte años después», cuenta Philip Gefter en su obituario para el Times, «Gene Thornton, escribiendo en The New York Times, dijo que el libro debías situarse junto a La democracia en América de Alexis de Tocqueville y The American Scene de Henry James como una de las declaraciones definitivas respeto a lo que es este país».

Por supuesto que Frank hizo más cosas. Por ejemplo grabar a los Rolling Stones en un documental extraordinario, «Cocksucker blues», pero el contenido, alto en drogas y sexo, asustó tanto a los protagonistas que nunca fue comercializado. Con el grupo de Mick Jagger y Keith Richards también firmó la portada de uno de los clásicos inoxidables del grupo, «Exile on Main Street».

Estaban lejos de ser sus primeras experiencias más allá de la pura fotografía. Por ejemplo, con los beats, incluidos Gregory Corso, Allen Ginsberg o el propio Kerouac, rodó en 1959 una interesantísima película, «Pull my daisy». Pero su gloria, su fortuna, su legado es y será «Los americanos», al que hace apenas una década, con ocasión cincuenta aniversario, el MoMA dedicó una soberbia exposición.

Honraba el trabajo incansable de uno de los padres del fotoperiodismo, que afiló los dientes en el oficio en viajes por Hispanoamérica, que trabajó para todas las grandes revistas de fotografía y moda de la época, y que abandonó con el tiempo su labor como documentalista para abordar aventuras más introspectivas y vanguardistas. La fotografía, hoy, llora al joven que nació en Zurich y desembarcó al otro lado del océano para contar con pulso soberbio el palpitar de América.

Crédito: larazon.es