México de luto

Ciudad de México, CDMX.- El sismo llegó cuando estaba en una junta en la colonia Roma. Tenía a mi hija de 8 meses en brazos. Corrí al centro de la calle. Con un brazo la cargaba, con otra me aferraba a la carreola. Un hombre nos abrazó y me dijo: “¡Suelta la carreola, abraza a tu bebé!”. Supongo que era estúpido estar aferrada al carrito en medio del terremoto. Aún siento el temblor bajo mis pies. Aún veo las capas de asfalto moverse como pesadas olas. A lo lejos, el polvo y el estruendo de un edificio colapsarse. Al lado la explosión de algo. “Hija, estamos bien… Estamos bien”.

Caminé dos horas para llegar por mi otra hija a la guardería. Fue un camino apocalíptico. Olor a gas. Una explosión. De nuevo olor a gas. “Calma, hija, todo está bien”.

El teléfono no funciona. Me urge avisar que estamos bien. Correr con ella en los brazos. Un edificio colapsado. Una mujer llorando al pie de los escombros. Otros, brazo con brazo, cargando pequeños pedazos de restos para desenterrar. Es tan grande el edificio y tan pequeños nosotros. Otro edificio quedó desnudo cuando el muro frontal se desprendió completamente.

Desde la calle alcancé a ver la intimidad y la fragilidad: ropa, una cama, juguetes en una habitación. Aprisa, camina más aprisa.

Miedo a la réplica, al árbol, al poste, al cable de luz. Dos horas infinitas para llegar por ella. Su papá cruzó la ciudad en bicicleta. Llegó antes. Jugaba en el patio con sus compañeros. Saberla bien. Es de noche y ellas duermen. Yo tengo miedo. Es de noche. Los que aún esperan. Los que aún no vuelven a casa (Daniela Rea).

Comments

comments