“Mascara de Kohunlich”

Desde la cima de la colina más alta del sitio arqueológico de Kohunlich, cinco rostros mitificados de enormes ojos vigilan hacia el ocaso del sol la antigua ciudad maya ubicada en el sur de Quintana Roo, y cada atardecer acompañan con su mirada el recorrido del astro en su viaje al Inframundo.

Son los mascarones monumentales de Kohunlich, rostros de casi dos metros de altura modelados en estuco (cal y arena) que destacan en la cara principal del templo más importante del sitio, construido en la cima de una colina repleta de árboles y corozos.

Los mascarones son elementos ornamentales muy comunes en la arquitectura maya del Clásico temprano (200 – 600 d.C.). Dos sitios del sur de Quintana Roo los conservan de manera excepcional: Chakanbakán, aún cerrado al público, y Kohunlich, donde el visitante puede admirar a cuatro de ellos flanqueando la escalinata del templo principal y uno más pequeño rematando el lado sur del último cuerpo del edificio.

Por las características de los materiales con que fueron elaborados y el clima al que están expuestos en esta región, la conservación de los cinco mascarones constituye uno de los retos más grandes de la restauración mexicana.

En su intervención se han formado generaciones de restauradores y desde el año 2005 el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) inició un proyecto de conservación permanente que ha permitido rescatar paulatinamente la iconografía original y controlar su deterioro.

Los trabajos que se realizan en los mascarones de Kohunlich están a cargo de Elda Anrubio Vega, por el área de conservación, y de Enrique Nalda, por el área de arqueología. Sobre esta labor, la restauradora Anrubio dijo que a través de años de trabajo en éste y otros sitios del país, se ha establecido una filosofía de conservación: evitar el uso de productos sintéticos especialmente en los procesos de consolidación, porque muchos de los problemas actuales para preservar los mascarones se derivan del uso indiscriminado de consolidantes de naturaleza diferente y no compatible con los materiales originales en las primeras intervenciones, luego de su descubrimiento.

El material con que fueron modelados originalmente los mascarones es una mezcla preparada básicamente con cal como cementante y cargas compuestas de arena y sascab, un producto derivado de la intemperización de rocas calizas, muy abundante en la región, con las que se formó una argamasa que técnicamente se llama mortero, mejor conocida como estuco, diferente al estuco original que contiene yeso en lugar de cal.

Las propiedades plásticas de este estuco permitieron el modelado de los relieves que decoraron profusamente los edificios mayas del Clásico temprano, de entre los cuales, los mascarones de Kohunlich alcanzaron un nivel excepcional en términos artísticos.

Por el desgaste y agotamiento natural de dichos materiales, explicó Anrubio, los mascarones empezaron a presentar una condición de pulverulencia y grandes oquedades en su interior. En las primeras intervenciones que se llevaron a cabo en los años setenta, cuando no había muchas investigaciones sobre el comportamiento de polímeros sintéticos en condiciones de alta humedad y temperatura, como las de los ambientes selváticos, estos productos fueron aplicados por los restauradores para devolver firmeza al estuco.

Sin embargo, éstos materiales tienen un tiempo de vida y de efectividad limitados, tras del cual inician un proceso de degradación que se traduce en serios problemas agregados, pues al no poder eliminarse, permanecen en el estuco convirtiéndolo en un material impermeable que impide la absorción de nuevos consolidantes.

“Ante esta situación, desde el año 1990, tratamos de aplicar las materias primas usadas en la manufactura original de éste tipo de elementos y se abrió un campo de investigación nuevo en el que buscamos rescatar las tecnologías tradicionales mayas y la experimentación con aditivos naturales como gomas y resinas de especies arbóreas abundantes en la región, de las que no descartamos hayan podido ser empleadas desde épocas prehispánicas.

Así, en los últimos tres años de forma prácticamente exclusiva, empleamos la cal como consolidante y como cementante, el polvo de piedra caliza y el sascab como carga en los morteros o pastas de resane; ello ha sido altamente efectivo para resolver la pulverulencia”, señaló.

Otro problema derivado del deterioro al que se han enfrentado los restauradores, es la pérdida de fragmentos a través del tiempo, lo que impide la apreciación original de los mascarones y la correcta lectura de su iconografía. Desde 2005 se trabaja en la reintegración de las formas perdidas de los mascarones; “para ello nos basamos en el registro fotográfico histórico así como en dibujos y esquemas elaborados desde que fueron descubiertos”.

En términos generales, dijo, los mascarones del lado norte tienen un buen estado de conservación que se debe a la orientación de la pirámide, lo que determina el impacto de los vientos, la humedad y la luz que reciben. No así los del lado sur, que han necesitado de mayor atención e históricamente han presentado un deterioro mas severo, por lo que actualmente se trabaja en la remoción de resanes viejos, algunos de los cuales no se hicieron respetando las formas originales, lo que generó una distorsión de su imagen, explicó Anrubio.

Hasta diciembre pasado, el proyecto de conservación de los mascarones de Kohunlich lleva un avance del 80 por ciento de resanes que rescatan la elementos iconográficos que permiten una correcta lectura y una apreciación mas completa de la imagen, dijo.

Anrubio destacó que en la historia de la intervención de los mascarones casi toda la atención se había puesto en los rostros, sobre todo en los ojos; en cambio, los tocados así como la banda celeste que está en la parte mas baja de las figuras, habían recibido poca atención. Y es justamente en esas partes donde se ha recuperado de manera especial la iconografía, explicó.

Otro descubrimiento que ha salido a la luz a través de los recientes trabajos de restauración es que en el mascaron 2 Sur hay indicios de etapas de trabajo, es decir, un modelado inicial oculto bajo las formas del relieve que conocemos.

Los cuatro mascarones que flanquean la escalinata presentan características humanas y atributos asociables a retratos de personajes reales, al tiempo que incluyen elementos no humanos: enormes ojos, orejeras complementadas con cuatro escualos y fauces serpentinas a ambos lados. Los mascarones, que actualmente conservan una capa de pintura roja, debieron tener otros colores aplicados sobre ésta de los que solo quedan algunas evidencias.

El proyecto de conservación que desarrolla actualmente el INAH ha permitido que las intervenciones se lleven a cabo de manera periódica y programada, una vez al año después de la temporada de lluvias; en los últimos dos trabajos de campo se ha logrado controlar la pulverulencia en el lado norte, se rescató mucha información sobre todo iconográfica y se han restituido elementos antes no contemplados.

Por otra parte, continúa la investigación de los materiales y técnicas originales. De acuerdo con información de Anrubio, actualmente se llevan a cabo trabajos experimentales con aditivos de cal porque tienen la hipótesis de su uso en la época prehispánica dentro de una gama de aditivos naturales: “estamos realizando experimentaciones con miel de abeja, por el momento es un trabajo empírico que nos ha demostrado que incrementa la dureza del estuco.

No obstante, hacen falta estudios formales antes de proponerla para su uso en conservación. Hay que analizar cómo funcionan los aditivos, qué reacción química se desarrolla al aplicar en este caso miel a la cal, los productos de la reacción y hacer un seguimiento a mediano y largo plazo de su comportamiento.

Es así que por su complejidad, “los mascarones continúan siendo escuela de la conservación arqueológica mexicana y desde su descubrimiento, su conservación ha sido un reto para todo restaurador”.

De acuerdo con la arqueóloga Adriana Velázquez, directora del Centro INAH en Quintana Roo, “los rostros que aparecen como elementos principales de los mascarones parecen corresponder a personajes históricos investidos con atributos que los colocaban en el centro del universo y de la vida de la comunidad”.

De esta manera, explica, toda actividad humana tendría que estar sancionada y dirigida por los miembros del linaje representado. Los mascarones rematan la orientación de la distribución del sitio, en el templo más alto asentado sobre una colina, observando a toda la ciudad construida de cara al ocaso del sol.

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