De luz es su legado; adiós a Joy Laville (1923-2018)

La luz, el mar y los aviones. Ésa fue la triada de elementos que Joy Laville (1923-2018) procuró en la mayor parte de su obra. Era conocida como la “mujer lila” que se enamoró del silencio, la pintora de los horizontes interminables que hizo de la soledad un estilo, la creadora de Jiutepec que ayer falleció a las 12:04 en el hospital Henri Dunant, de Morelos, a causa de un derrame cerebral.

Fue velada a las 18:00 horas en el Panteón de la Paz, de Cuernavaca, donde hoy su hijo Trevor y amigos la sepultarán. La noticia fue confirmada vía telefónica, desde Jiutepec, donde la artista residía desde hace más de cinco décadas.

 “Ha muerto Joy Laville. Llenó de belleza y luz la pintura de México. Llenó de amor la vida de nosotros, sus amigos. Ahora se reencuentra con Jorge Ibargüengoitia, en algún lugar”, escribió en Twitter el historiador Enrique Krauze.

La artista fue esposa de Jorge Ibargüengoitia (1928-1983), quien la definió como la pintora que “sabe ver, sabe recordar, sabe poner colores sobre una superficie plana, y tiene la rara virtud de poder participar en el pequeño mundo que la rodea”.

También se le reconoce por haber ilustrado las portadas de libros como Instrucciones para vivir en México y Dos crímenes, entre otros, publicados en la editorial Joaquín Mortiz (actualmente bajo el sello Planeta). Sin embargo, Laville encontró su lugar en el mundo como la creadora de la memoria y la artista visual que hizo del silencio su voz.

ES UNA MEZCLA

Laville nació en la Isla de Wight, en Inglaterra. A los 21 años se casó con un artillero de la Fuerza Aérea de Canadá. Vivió en Canadá entre 1947 y 1956, año en que se divorció y se mudó a San Miguel de Allende, donde conoció a Ibargüengoitia y estableció su residencia definitiva.

Con él viajó a París, donde expuso sus primeras obras, y más tarde por distintas ciudades de EU. Finalmente volvió a México, donde obtendría los premios de Adquisición por el Palacio de Bellas Artes en 1966, y la Medalla Bellas Artes y el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Bellas Artes, ambos en 2012.

De acuerdo con un texto de la historiadora y crítica de arte Lelia Driben, la obra de Laville, “nos hace sospechar que sueña con los ojos abiertos a la luz, al breve juego de formas y al color, con una melancolía que convive muy bien con los frecuentes medios tonos y que no desdeña los espacios soleados”.

Y detalla que una de sus mayores virtudes fue su abarcador manejo de la luz, en una obra que carece de claroscuros y que podría ser emparentada con el impresionismo, “mientras que sus contornos difusos, su lirismo y sus escuetas pautas figurativas la acercan a su coterráneo William Turner”.

Tras la trágica muerte de Ibargüengoitia, en 1983, la artista se refugió en su casa de Jiutepec, donde disfrutaba el amplio jardín, en compañía de su perra Mila y muy a menudo se perdía en el recuerdo de un mar impasible que estimulaba su imaginación y que dominó gran parte de su obra, aunque alguna vez reconoció que, mientras dormía, llegaba a escuchar ese oleaje violento que chocaba contra las rocas.

En una entrevista con Excélsior (25/11/2015) la creadora dijo que siempre se asumía mitad mexicana y mitad inglesa, mezcla a la que nunca renunció: “Yo soy una mezcla y eso me gusta. México es un lugar que me gusta mucho y me conmueven muchas de sus cosas, no necesariamente las tristes, sino las verdaderamente mexicanas.  ‘I like that!’ Y lo mismo aplica a Inglaterra, donde guardo las cosas de mi niñez y mi juventud”, dijo.

Afirmó que aunque siempre se concentraba en la imperfección de su obra, en ocasiones alcanzaba la satisfacción: “Sé que a veces hay cierta satisfacción en lo que hago, pero sólo un poco, quizá hay una noción atrás (de mi trabajo), efectos personales, como cuando hice las pinturas dedicadas a Jorge Ibargüengoitia”.

Y confesó que le gustaría conocer los polos árticos: “Hay un lugar al que quisiera ir: los polos árticos, aunque no podría quedarme allá porque hace mucho frío. Pero me gustaría ver la luz y sus enormes áreas, eso que podríamos llamar nada, y que en verdad es un paisaje interminable”. Ya no alcanzó a conocer la plenitud de esa luz.

SONRISA PICTÓRICA

El primero en hablar con Excélsior sobre la obra de Joy Laville es el artista plástico Roger von Gunten, quien fuera su maestro y amigo. “Yo conocí su obra en los años 60 y podría decir que se distingue por su singularidad y la imposibilidad de ser encasillada dentro de algún concepto o criterio académico”.

La de Joy “es una obra tan indescriptible como inmediata y veraz, una obra pictórica muy entrañable con esa playa y esos personajes que al mirar el cuadro pueden sentir e inevitablemente te hace sonreír interiormente”.

También recordó sus encuentros con la pintora en San Miguel de Allende, cuando ella tocaba el violonchelo. “Y desde entonces la consideré una artista muy abierta a los encantos de la cultura”.

ALEJADA DE LA MODA

Tras conocer la noticia, la también artista visual Sandra Pani reveló que el pasado 4 de abril charló vía telefónica con Laville. “La escuché y estaba fantástica, despierta y espabilada; nos dijimos: “We love you!” Quedamos en visitarla pronto y en un instante… se quedó dormida. Definitivamente esa fue una despedida, porque éramos muy cercanas. Así que no se va, se queda conmigo para siempre”.

Y destacó que uno de los mayores logros de la artista fue mantenerse al margen de las modas. “Un artista siempre quiere encontrar su lugar en el mundo y, en el caso de Joy, ella era su obra, ese personaje solitario, cálido, en paz, sutil y humorístico, una persona muy generosa que consiguió transmitir su espíritu en su obra, con esos paisajes de mar donde aparecen personajes muy pequeñitos, solitarios y en paz, con un avión a lo lejos, pero si uno sabe que ella estuvo casada con Ibargüengoitia y que él murió en un accidente de avión… descubrirá que (sus cuadros) tienen una narrativa escondida o puesta de una manera muy sutil”.

SÍNTESIS VISUAL

El también artista Arnaldo Coen destacó que aparte de ser una gran creadora, Laville fue una magnífica persona. “Yo la encontraba esporádicamente en una reunión que organizaba el compositor Mario Lavista y su mujer, la artista Sandra Pani, quienes la invitaban, donde siempre reíamos, recordábamos el pasado, las épocas con Jorge Ibargüengoitia y su llegada a México”.

Su obra, dijo, la conoció a principios de los 60, “la cual tuvo una evolución muy interesante porque cada vez más consiguió una mayor síntesis de sus narraciones cotidianas sobre esos espacios limpios. Y aunque no podríamos decir que su pintura fue minimalista en el estricto sentido de la palabra, sí alcanzó un grado de síntesis, con la atmósfera y el vacío antojables para vivir”.

Y aseguró que el concepto de nostalgia y melancolía que habita en los cuadros de Laville no evoca estados negativos, sino más bien “detona la inspiración para crear algo. Yo pienso que, en el caso de los artistas, no se puede calificar la nostalgia o la melancolía como un estado negativo del ser humano”.

EXCELSIOR

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