Los invisibles

Hurgando entre los botes de basura o caminando se le ve a Rialino. Se le empezó a notar por la ciudad hace aproximadamente un año, al inicio llevaba un pantalón y un suéter, cargaba en su cabeza una cubeta con cosas, no se sabía qué era lo que llevaba con celo a todos lados. De su pantalón apenas le queda una especie de taparrabo, sus zapatos son sus más fieles cómplices. Tiene rastas por no asearse y una barba gris. Con base en su complexión, los ciudadanos no le calculan más de 40 años.

Rialino, o “El caminante” como se le empezó a conocer en las redes sociales, se ha convertido en un personaje que ya es parte de la ciudad. Muchos lo conocen como “El Jumanji”, los que han tratado con él dicen que no quiere hablar, no le gusta recibir caridad. Su sobrenombre se lo ha ganado porque lo han captado caminando en los municipios aledaños a Poza Rica, hay quien dice que es de Martínez de la Torre.

Registros fotográficos tomados por automovilistas, muestran a “El Caminante” en su andar por las carretera del Remolino, Papantla, Nautla, Tihuatlán, sin embargo, quienes se han acercado a él para ofrecerle comida reciben un rechazo. Dicen que está lúcido, y que en alguna ocasión, ha salido de su boca la leyenda “La gente es mala”.

Rialino consigue su propia comida en las calles entre los botes de basura pero él, representa sólo uno de los indigentes que viven en situación de calle en Poza Rica. Aunque el Inegi, a través del  Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Sociall (Coneval), son los encargados de medir la pobreza en México, aún no hay alguna estadística que arroje el número de personas sin casa en el país.

En Poza Rica a muchos indigentes les basta con una caja de cartón para su cama, varios piden limosna y viven en las bancas de los parques por la noche. Sin embargo, la sociedad tienen un rechazo casi inmediato cuando las situaciones que los llevaron a vivir en la calle son en la mayoría de los casos desconocidas.

De acuerdo con la Asociación Civil Arrels, las personas acaban viviendo en la calle por razones de problemática familiar, de salud mental y de alcoholismo, pero también por motivos de carácter estructural, como pocas posibilidades para acceder a una vivienda digna o unas políticas sociales débiles.

A nivel federal no hay programas sociales que ayuden a personas en situaciones de calle, ya que algunos están necesariamente en condiciones de demencia, instancias como el DIF se niegan a atenderlos.

Para las mujeres sin hogar, la crueldad es aún mayor por ser vulnerables a violencia sexual, su padecimiento se agravia cuando les llega su periodo en la calle sin posibilidad de asearse.

En el centro de la ciudad, se les puede ver a diario en las noches, pasando las 11, preparando sus camas de cartón sobre las bancas de los parques, bajo el distribuidor vial o simplemente en cualquier banqueta. Nadie sabe su historia, y el gobierno no hace nada por evaluar su caso y reubicarlos.

Los indigentes en la ciudad se han convertido en un adherido automático de la escenografía pozarricense.

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