Los ‘good hombres’ de México

Ciudad De México.- Quizá ahora, tras conocer las imágenes de solidaridad que han recorrido al mundo, algunos simpatizantes de Donald Trump hayan comenzado a reconsiderar el concepto vejatorio y absurdo que su presidente les trasmitió sobre México como el país de bad hombres, de “asesinos y violadores”. Tal vez al contemplar la marea humana que, sin distinción de origen, color, religión o clase, acude en auxilio de los damnificados, busca sobrevivientes entre los escombros de los edificios caídos, organiza centros de acopio, recorre con víveres y medicinas Ciudad de México y los pueblos afectados, ese votante de corazón duro y hondos prejuicios raciales tenga otros ojos para mirar a los mexicanos que lo rodean.

Los jóvenes solidarios de hoy crecieron conociendo la hazaña de sus padres en el terremoto que azotó México en la misma fecha en 1985. Frente a la tragedia actual, los han emulado con creces. Por otra parte, han decidido aparecer en el escenario público, con un “acá estamos” que refuta el prejuicio de que los milenials son apáticos e indiferentes para la vida pública. Pero el despliegue de solidaridad ha sido tan enorme que debe tener otra explicación. La mía es religiosa. Está, sencillamente, en el cristianismo mexicano. El propio Paz decía que México debe a la Iglesia mucho de lo bueno y de lo malo de su historia. Entre lo malo está la intolerancia clerical. Entre lo bueno, la religiosidad del pueblo.

Nunca se supo oficialmente el saldo mortal de aquel terremoto hace 32 años. Según cifras conservadoras, rebasó las 10.000 personas. Un estadio de beisbol, derruido después, alojó los cuerpos. Ahora el número de muertos y damnificados es menor, pero el daño material es inmenso y no solo abarca la capital, sino cientos de pueblos muy pobres en los estados sureños de Oaxaca, Puebla, Morelos.

Hasta ahí llegan los jóvenes brigadistas, héroes de esta jornada terrible. Son un ejército espontáneo, perfectamente disciplinado, armado de cascos, palas, zapapicos, lámparas, guantes, trabajando para socorrer a sus hermanos. México es un hormigueo de gente de todas las edades y extracción social: instalan albergues, acopian víveres, reparten materiales de construcción, donan ropa, recaudan fondos, evalúan daños, alojan damnificados. La bandera mexicana ondea en muchos sitios sobre los escombros. Y aún las personas más humildes aportan algo: una frazada, unos dulces, una canción.

La tarea de reconstrucción será larga, difícil y penosa, como lo fue tras el terremoto de 1985. Pero esa marea de solidaridad desembocó en el activismo de cientos de organizaciones cívicas que comenzaron a presionar al PRI hasta que, en la última década del siglo, México transitó a la democracia.

NEW YORK TIMES

nyo

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