La leyenda totonaca de Tajín y los siete truenos

Una mañana de verano, llegó a las selvas del totonacapan un muchacho llamado Tajín. Era un muchacho muy inquieto y no podía estar quieto; apedreaba a los monos, zarandeaba a los árboles y saltaba encima de los hormigueros, por eso el muchacho vivía solo y nadie soportaba su compañía.

Ese día se encontró, en un recodo del camino, a un hombrecillo de barba cana, largos bigotes y cejas tan pobladas que casi le cubrían los ojos.

–        Buenos días muchacho. Mis hermanos y yo andamos buscando a alguien que nos ayude a sembrar y a cosechar, a vigilar el fuego y a llevar la casa.

–        ¿Quiénes son tus hermanos?

–         Somos los siete truenos. Nos encargamos de subir a las nubes y provocar la lluvia. Con nuestras capas, botas y espadas marchamos por los aires hasta que desgranamos la lluvia. Tajín

Tajín apenas escuchó aquello y se imaginó por los aires haciendo cabriolas entre las nueves y le dijo que sí iría con él va la casa de los siete truenos.

Los siete truenos vivían en una casa encima de una gran pirámide llena de nichos, y cuando se enteraron de quién era el muchacho y a qué llegaba, todos protestaron. Uy, en nuestra casa ya no tendremos más secretos y aprenderá todas nuestras mañanas.

Tajín

–        Tiene cara de bribón, dijo uno de ellos.

–        Calma, hermanos, por favor. Siempre hemos querido salir todos juntos de excursión y nos peleamos por ver quién realiza las tareas de la casa. Él solucionará los problemas.

Después del mediodía, unas nubes se asomaron por el lado del mar. Los siete truenos, entre bromas y risas, abrieron el arcón de madera y sacaron sus trajes de faena. Se pusieron sus botas, capas y se ciñeron espadas y salieron corriendo hacia las nubes. Sus capas agitadas provocaron el viento; sus botas retumbaron contra las nubes y trajeron los truenos, mientras sus relumbrantes espadas desataron los relámpagos, y de esa manera, la lluvia empezó a caer suave y tibia como una bendición.

Durante días, Tajín fue un ayudante ejemplar, pero cada vez que limpiaba las botas, renacía en él, el mismo pensamiento: “tengo que subir”. La soñada oportunidad del chico.

Una mañana, los siete truenos le dijeron que tenían que ir a Papantla a comprar puros en el mercado. Ellos se fueron muy contentos, pero apenas se quedó solo, Tajín tiró la escoba y corrió al arcón para vestirse con la ropa de los siete truenos. Tajín comenzó a subir por los aires, comenzó a corretear las nubes. Sacudía su capa para juntarlas y sacaba su espada y la hacía girar. Todo el cielo y la tierra, y aún el mar, se llenaron de una luz cegadora. Tras relámpagos  y truenos, desataron contra la selva un chubasco violentísimo. No era la lluvia bendita de los truenos, sino una tormenta devastadora; el día se había oscurecido, la lluvia desgarraba las ramas de los árboles y hacía crecer los ríos.

Apenas observaron lo que sucedía, los siete truenos se dieron cuenta de que aquello era obra del muchacho. Regresaron a toda prisa, y una vez puestas sus ropas, salieron en su búsqueda para atraparlo. Y ahí estaba Tajín, brincoteando de un lado a otro; cada impulso suyo daba más brío a la tormenta. Soplaba el viento, crecía la lluvia y caían relámpagos y truenos.

Pasaron muchas horas antes de que los siete truenos lograran atrapar a Tajín. Cuando finalmente lo consiguieron, lo bajaron con tiento, lo ataron fuertemente y lo llevaron al mar para tirarlo al agua. Bien adentro lo tiraron, y desde entonces, allí vive Tajín.

Tajín

Ha crecido el muchacho. De vez en cuando abandona las profundidades marinas y cabalgando sobre el viento desata las nubes en una lluvia incontenible y los truenos y los relámpagos se suceden. Entonces, los siete truenos deben trepar de nuevo para capturar a Tajín, al Huracán, como también le dicen al muchacho, para lanzarlo, una vez más, al fondo del mar.

De esta manera es como muchos habitantes del norte del estado de Veracruz se explican estos periodos de intensas lluvias que cada año suelen tener.

 

 

TUUL

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