La falta de diésel y gasolina enloquece a Puerto Rico

Todo Puerto Rico se acuesta y se levanta, cada día, con las dos mismas palabras grabadas a fuego en su mente: gasolina y diésel. En Puerto Rico hoy la gente no se saluda al cruzarse; se pregunta: “¿Tienes gasolina?” o “¿Sabes si hay diésel?”.

El Nuevo Día: “Disloque mayor en el suministro de combustible”.

El Vocero: “Crítico cuadro en hospitales. Abiertas solo 18 instituciones hospitalarias, en las cuales escasea el diésel”.

Metro: “Supermercados piden diésel para llevar los alimentos del muelle a las góndolas (estantes)”.

Rosselló insiste en que se está haciendo todo el esfuerzo posible. “Se siguen abriendo gasolineras”, decía este martes, señalando que el lunes operaban 185 estaciones y el martes ya 450. Este miércoles aseguró que ya son más de 500.

Pero tanto, en la capital San Juan (390.000) como en el resto de rincones de esta quebrada isla de 3,5 millones de habitantes, la vida se reduce a una fila de personas con bidones rojos en la mano a la espera de que llegue su turno después de varias horas para llenar gasolina, producto escaso pero al alcance echándole infinita paciencia. El diésel está todavía más difícil y es crucial porque es el que hace funcionar el grueso de generadores eléctricos que suplen la red eléctrica, arruinada al 100%, o la maquinaria pesada necesaria para desbloquear la colapsada red de carreteras. Hasta el aeropuerto internacional de San Juan, que opera bajo mínimos porque el huracán lo dejó sin tres de sus cuatro radares, está sin luz ni aire acondicionado.

La escasez de agua potable y de alimentos a la venta en tiendas o supermercados, resulta también cada vez más apremiante. El gobernador Rosselló viene alertando que si no se actúa con máxima premura y con todo el apoyo del Gobierno de EE UU en Puerto Rico se podría desatar en los próximos días una profunda crisis humanitaria, que según él, ya está iniciando.

Si el despliegue de ayuda no aumenta y alcanza la suficiente operatividad rápido por todo el territorio insular, Puerto Rico podría convertirse en el Katrina de Donald Trump. Si George Bush Jr. mordió el polvo por la mala gestión de la crisis humanitaria provocada por aquel huracán en Luisiana, al actual jefe de la Casa Blanca le está creciendo bajo los pies un enorme lío.

En Puerto Rico –Estado Libre Asociado– se clama porque se les trate como “ciudadanos americanos” –lo que son– y no como ciudadanos de segunda clase de una isla caribeña no prioritaria.

La Agencia Federal para la Gestión de Emergencias (FEMA por sus siglas en inglés) atiende a la vez las crisis dejadas por los ciclones Harvey en Texas e Irma en Florida y trata de exprimir recursos para ayudar a Puerto Rico, pero recorriendo el interior de la isla se observa el abandono general de los damnificados: sin luz, sin agua, con viviendas arruinadas entre cerros que podrían derrumbarse a la próxima lluvia torrencial. Este miércoles junto a Rosselló estuvo el jefe de la Guardia Nacional de EE UU, el general de cuatro estrellas Joseph L. Lengyel. El Pentágono establecerá un centro de mando en Puerto Rico para coordinar la llegada de aeronaves y buques militares.

Pero de momento, por más recursos que se estén poniendo en circulación –locales, estatales y federales, civiles y militares– el desastre de infraestructuras es de tal calibre que la voluntariosa reacción gubernamental se está quedando todavía corta y las necesidades básicas crecen con peligro.

A Puerto Rico le costará como mínimo varios meses volver a ponerse en pie. Y más de un año para la tarea de fondo que ha marcado Rosselló: “Reconstruirlo mejor de lo que estaba”. Para ello será imprescindible que el Capitolio apruebe un paquete de rescate histórico para la isla, que encima carga con un agujero financiero de 123.000 millones de dólares, en bancarrota nacional.

El País

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