‘La carta secreta de Darwin’ (Capítulos 11, 12 y 13)

El científico y escritor Fedro Carlos Guillén (1959) une su pasión por la literatura, la historia y la ciencia en su nueva novela La carta secreta de Darwin, que hoy publica su cuarta entrega (capítulos 11, 12 y 13).

ONCE

Pedro Pablo pidió un whisky, con un solo hielo, a la aeromoza que lo miró con cierto recelo; era el tercero que bebía en las seis horas desde el despegue en el aeropuerto “De Gaullle”. San Juan jugueteaba con una pluma entre los labios para paliar la ansiedad producida por la falta de nicotina. Reclinó su asiento y observó a los pasajeros; la mayoría dormitaban, otros veían una película inescrutable. Las luces ya estaban apagadas. No le gustaba volar desde una experiencia trasatlántica en la que pensó que el avión caería, por lo que trataba de calmar los nervios con algo de alcohol, lo que producía que, dependiendo de la duración del viaje, su estado fuera más o menos inconveniente al aterrizar. Regresó a su novela: “La ley del menor” de Ian McEwan, una historia doble acerca de una jueza inglesa sin hijos, cuyo matrimonio naufraga en una relación con la sexualidad anestesiada y el veredicto que tendrá que emitir ante una demanda interpuesta por un hospital para realizar una transfusión sanguínea a un adolescente ante la negativa de los padres dado que su religión lo prohíbe. Pensó en los derechos; los de los jóvenes –como en el caso de la novela- y en los que están de moda, los de los animales. Nadie entendía que se trataba de cosas notablemente diferentes, una es fomentar una cultura que evite la crueldad y otra se refiere a conferir derechos a seres que ignoran el concepto, lo que deviene en ridiculeces como la generación de una semántica inédita: “personas no humanas”. Pensó en Martina creciendo en una sociedad en la que los riesgos se habían vuelto ambivalentes. Por un lado, la creciente libertad y el acceso a la información infinita, y por otro la acechante presencia de predadores sexuales y el desbordamiento del consumo del alcohol y de las drogas.

Reflexionó sobre la llamada de su hija, quien no le había querido dar ningún detalle acerca de los problemas que lo esperaban a su llegada a México. Pero su sólo llamado bastó para que tomara el primer avión disponible ya en las postrimerías del congreso. Pensó en las diversas posibilidades, pero desistió pronto; siempre había considerado que un problema sólo se podría resolver si se contaba con los elementos para hacerlo y él no los tenía, así que reclinó la novela ligeramente cansado de la jerga jurídica, decidió continuar con el tema de Darwin que lo tenía profundamente intrigado. Extrajo sus notas acerca de la extraordinaria correspondencia de junio de 1858 y leyó la carta dirigida a Joseph Hooker:

Acabo de leer su carta y veo que quiere los artículos enseguida. Le envío el de Wallace y el resumen de mi carta a Asa Gray, que expone muy imperfectamente sólo los medios de cambio, y no alude a las razones que apoyan la convicción de que las especies cambian efectivamente. Me atrevería decir que es demasiado tarde. Ya apenas me preocupa. Le envío mi esquema de 1848 sólo para que pueda ver de su puño y letra que la leyó. Ya no puedo soportar verlo. No le dedique demasiado tiempo. Es una bajeza por mi parte preocuparme de la prioridad.

San Juan se impacientaba; la bipolaridad de Darwin era evidente. Era claro que el asunto lo tenía alarmado, pero navegaba en el juego de la honorabilidad. Darwin había comentado con Wallace que le eraimposible explicar sus ideas en la extensión de una carta y ahora apelaba a una que había enviado hacía diez años al naturalista estadounidense Asa Gray. Azuzaba a sus amigos y a la vez les decía que era una mezquindad preocuparse de la prioridad.

El 1 de julio el asunto quedó zanjado de manera –pensaba Pedro Pablo-, escandalosa. Charles Lyell y Joseph Hooker se presentaron ante la Sociedad Linneana, un grupo de científicos agremiados, con el fin de exponer un resumen no publicado de las ideas de Darwin escrito en 1844: fragmentos de una carta a Asa Gray de 1857 y el manuscrito de Wallace. La respuesta fue gélida, aparentemente los científicos no entendieron la teoría. En la versión de Lyell y Hooker…

Darwin estimaba que el valor de las teorías que se exponían en el trabajo de Wallace era tan grande que le propuso a Lyell que obtuviera su permiso para publicar dicho trabajo. Así se convino con la condición de que Darwin no ocultara del público, como quería, la memoria que él había escrito sobre el mismo tema que uno de nosotros había leído en 1844 y cuyo contenido habíamos conocido en secreto durante muchos años. Cuando expusimos esto a Mr. Darwin, él nos dio permiso para utilizar su memoria como consideráramos conveniente.

“Fue idea de ellos, no mía” pensó Pedro Pablo, y su irritación creció al leer la carta de Darwin a Hooker del 13 de julio:

Su carta a Wallace me parece perfecta, clarísima y sumamente cortés. No creo que pudiera mejorarla y la he enviado hoy con otra mía. Siempre pensé que era muy posible que alguien se me adelantara, pero imaginaba que tenía un alma lo suficientemente grande para no preocuparme con ello; ahora me encuentro equivocado y castigado. Sin embargo, me había resignado totalmente, y ya tenía media carta escrita a Wallace cediéndole toda prioridad: no habría cambiado, ciertamente, si no hubiera sido por su extraordinaria amabilidad, la de Lyell y la suya. Le aseguro que soy consciente de ella y que no la olvidaré. Estoy más que satisfecho por lo que ocurrió en la Sociedad Linneana. Había supuesto que su carta y la mía a Asa Gray no serían más que un apéndice del trabajo de Wallace…”

El 18 de julio, exactamente un mes después de recibir la carta de Wallace, Darwin escribe a Lyell:

Nunca les he agradecido lo bastante los extraordinarios esfuerzos y amabilidad que ha demostrado conmigo en el asunto de Wallace. Hooker me dijo que lo hicieron en la Sociedad Linneana y estoy contentísimo; no creo que Wallace pueda considerar desleal mi conducta, si permito que usted y Hooker hagan lo que consideren justo…

Un golpe perfecto, pensó San Juan y abrió el sobre con la carta de Mauro Crivelli en la que se develaba un plan que los historiadores nunca advirtieron.

DOCE

Quizá la mayor renuncia posible es a la esperanza. Ese momento en que se descubre que todo está perdido y no hay lucha posible que cambie el rumbo de un destino manifiesto. Lo sabe el marino que ve su barco naufragar; el militar rodeado por enemigos; o el paciente que recibe un diagnóstico de muerte en la consulta médica…lo sabía también el capitán Scott.

“Querida, no es fácil escribir por el frío, setenta grados bajo cero y nada más que nuestra tienda de campaña”, escribía Robert Scott. Quien daba su muerte por “inevitable” y se refería a su mujer, Kathleen, como “viuda”. “Lo peor de esta situación es que no te volveré a ver, hay que afrontar lo inevitable”, le decía el capitán a su mujer.

Ana pensaba en Scott; en su clase de geografía había revisado la aventura al Polo Sur que concluyó con la muerte del personaje. Estaba desesperada, las visitas de su secuestrador eran esporádicas, la proveía de agua, jabón y ropa limpia. La violaba usando siempre un preservativo. Aguantaba los embates fugando su mente hacia pensamientos dispersos, se quedaba rígida. Había pensado en dejar de comer, no había escapatoria y mucho menos una idea de si podría ser rescatada en un corto plazo. Sabía que en el momento que su captor se aburriera de ella la mataría y empezaba a importarle poco. Después de todo, el apego a la vida se basa en la esperanza y Ana la había perdido por completo. Lo único que sabía era que se encontraba cerca del aeropuerto, ya que frecuentemente escuchaba el sonido de los aviones. En ese momento sobrevolaba uno.

Cerró los ojos mientras la puerta se abría.

El avión de Pedro Pablo aterrizó puntual, algo mareado por el alcohol ingerido recogió su equipaje en la banda sin fin, pasó por la aduana. Enfrentó a las diversas compañías de taxis que ofrecían su servicio atrayendo a gritos a sus clientes potenciales y al salir de la terminal encendió un cigarro que fumó con cierta ansiedad, mientras observaba a un maletero estafar a un par de gringos. Durante el recorrido por la zona sur de la ciudad se removió inquieto en su asiento; ignoraba las noticias que Martina le tendría, pero por experiencia sabía que no serían gratas, su hija jamás exageraba. La última vez que le había anunciado una mala nueva fue la muerte, por sobredosis, de su amigo Roberto. Llegó a su casa y se encontró con un fajo de sobres con cartas, cuentas y avisos publicitarios. Martina estaba sentada en la sala y corrió a darle un abrazo. Había llorado y sus ojos hinchados develaban angustia. Pedro Pablo fue por un vaso con agua, se lo ofreció y esperó atento a que ella tomara la iniciativa, no la quería presionar. Martina lo miró fijamente y le dijo:

–Desapareció Ana hace tres días y nadie sabe dónde está.

–¿Cómo?

–Salió a la escuela, no llegó ni regresó a su casa. Ni en hospitales ni en Delegaciones hay reportes. Gabriela cree que se pudo ir de casa por una discusión que tuvieron.

–¿Cómo está ella? –preguntó Pedro Pablo.

–Imagínate, hecha polvo. Creo que debes llamarla.

–Lo haré, pero me dijiste que eran dos malas noticias.

Martina bajó la mirada, entrecruzó los dedos, y sollozando le dijo a su padre.

–Estoy embarazada.

–¿Qué dices Martina? No puede ser.

Martina se curvó en el sofá.

–Estoy embarazada.

Pedro Pablo se llevó una mano a la barbilla, sus ojos se nublaron un poco, se acercó a su hija y la abrazó largamente.

El tío Luisito entró a la estancia, lucía terrible con una bata deshilachada y pantuflas al revés, saludó a Pedro Pablo y dijo con voz rasposa:

–¿Cómo ves a la heredera?

–Embarazada.

–Eso ya lo sé, no seas mojigato si ya está en edad de merecer, a los 17 yo ya llevaba horas de vuelo, por favor no me salgas ahora con que eres de “la vela perpetua”.

Pedro Pablo parpadeó, acostumbrado como estaba al misterioso laberinto que producían las ideas de su tío. Volvió a abrazar a Martina mientras la tarde agonizaba en el jardín.

TRECE

Corría el año de 1882 y Darwin concluía con sus trabajos sobre el efecto del movimiento de las lombrices en la formación del suelo.

La enfermedad que había contraído durante su viaje a Sudamérica, así como las largas jornadas de trabajo, habían minado seriamente su salud. Se sentía viejo y cansado. Su fama había desbordado cualquier expectativa, pues era considerado ya un referente mundial.

Su numerosa correspondencia incluía a figuras como la del propio Alfred Russell Wallace. Diariamente daba paseos por un sendero de arena que su jardinero diseñó expresamente para ese fin. Había tenido una vida llena de claroscuros, su matrimonio con Emma —su prima hermana— transcurrió con serenidad y amor, tuvieron diez hijos, dos de los cuales fallecieron a una edad muy temprana, pero el mayor golpe fue la muerte prematura de su hija más querida, Anne.

Darwin siempre temió por la incertidumbre de no saber cuáles serían los efectos de su consanguineidad en los hijos que tuviera con Emma. La presencia de tales males le afligía, ya que no tuvo esta consideración en su lista de puntos a favor y en contra para decidir si se casaría.

Quedaba poco por hacer; su teoría había salido adelante a pesar de los feroces ataques que recibió al ser publicada, entre los que se contaba, falsamente, que Charles proponía la idea de que “el hombre viene del mono”. Su propia esposa sufrió mucho estos cuestionamientos y le escribió alguna vez:

No puedo expresarte la compasión que siento por todo tu sufrimiento de las últimas semanas, en las que has recibido tantos ataques. Tampoco podría decirte la gratitud que alberga mi corazón por tus gestos de cariño y de estímulo cuando yo sabía bien lo triste que estabas.

(…) Estoy segura de que sabes que te quiero tanto que me afecta que tú sufras como si sufriese yo, y el único alivio que siento es aceptar todo como proveniente de la mano de Dios y tratar de creer siempre que todo el sufrimiento y todos los males tienen por objeto elevar nuestro espíritu y contemplar con esperanza el futuro. Cuando veo tu paciencia, tu profunda compasión por el prójimo, tu dominio de ti mismo y, sobre todo, tu gratitud por la menor ayuda que te prestan, no puedo menos que anhelar que todos estos sentimientos preciosos fueran ofrecidos al cielo por tu felicidad cotidiana… Es el sentimiento y no la razón lo que nos lleva a la oración.

Darwin había publicado el Origen de las Especies el 24 de noviembre de 1859. Después de asegurarse el crédito de la teoría, acudió al editor John Murray con su manuscrito y el dinero necesario para costear la edición. Originalmente quiso llamar a su obra: “Un resumen de un ensayo sobre el origen de las especies y variedades a través de la selección natural”, Murray observó sensatamente que éste era un nombre suicida, por lo que finalmente el título cambió. Se editaron mil doscientos cincuenta ejemplares que fueron colocados, inmediatamente y en su totalidad, en diversas librerías a un costo de 15 chelines. A lo largo de la vida de Darwin se generaron seis ediciones con nuevos comentarios, pero fue la primera la que causó mayor debate. Recordó la reunión en Oxford, convocada por la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia en junio de 1860, en la que el tema central era su teoría. Darwin no asistió, pero sí algunos de sus principales defensores. Samuel Wilberforce, obispo de Oxford, había jurado que haría pedazos a Charles.

El día del debate, narrado a Darwin en una carta de Hooker, Wilberforce, apodado el “Jabonoso”, se lanzó contra Thomas Huxley y en un desliz histórico trató de ridiculizarlo:

Señor Huxley. Le ruego me diga si es por su abuelo o abuela que usted afirma descender del mono.

La respuesta de Huxley estalló como un látigo:

Afirmo que nadie tiene por qué sentirse avergonzado de tener un mono por abuelo. Si existe un antepasado que a mí me avergonzaría invocar, se trata más de un hombre, un hombre de intelecto voluble e inquieto que, no satisfecho con su propia esfera de acción, se haya lanzado en cuestiones científicas que no conoce, con el sólo fin de confundirlas con una retórica sin objeto, y de distraer la atención de sus oyentes del nudo de lo que se discute por medio de elocuentes digresiones y hábiles llamados al prejuicio religioso.

Los estudiantes aplaudieron frente al Waterloo de Wilberforce.

Darwin, sentado en su sofá, sonrió.

En el mes de marzo sus malestares se agravaron y comenzó a espaciar sus caminatas cotidianas. Sabía que lo honorable era confesar, pero su carácter dubitativo se lo impedía y decidió, después de mucho pensarlo, dejar el veredicto en otras manos. Una tarde llamó a Crivelli y pasó un largo rato hablando con él, no era habitual que lo hiciera, de sus recuerdos. Le preguntó acerca de sus planes futuros y Crivelli le contestó que tenía la pretensión de regresar a Venecia cuando sus servicios no fueran requeridos. Darwin asintió, se dirigió hacia su escritorio, abrió una gaveta con una llave que llevaba colgada del cuello, y sacó un par de hojas. Las dobló y depositó en un sobre. Acto seguido le preguntó a Mauro la dirección de su casa familiar en Venecia. Crivelli, algo desconcertado, la escribió. El naturalista le dio las gracias y le pidió que se retirara, pues quería descansar.

Una semana después, el 19 de abril de 1882, Darwin falleció en su cama. Fue enterrado en la abadía de Westminster con máximos honores. Iniciaba una leyenda…

EXCELSIOR

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