De la arquitectura a las ingenierías

Una de las manifestaciones culturales más evidente e influyente de los tiempos modernos es el Renacimiento, caracterizada por el gran impulso que se le dio a las ciencias, las artes y las humanidades, pero, a la vez, la fracturación de las mismas por la subdivisión en especialidades, desintegrándolas paulatinamente entre sí y de su propio campo sociocultural.

Llevado esto al campo de la arquitectura, se puede apreciar dicha ruptura en dos amplias rutas: el alto contraste de la producción arquitectónica medieval generalmente anónima, con la producción renacentista particularmente individualizada, y la solución integral del objeto arquitectónico resuelto en su totalidad por el gran maestro de obra medieval, versus el concurso de especialistas coadyuvando en la producción a partir de los arquitectos renacentistas. Tales procesos reduccionistas llevaron del constructor medieval al diseñador renacentista, y a la sujeción laboral del primero como simple constructor por el segundo como generador e innovador de ideas. Otros cambios más comenzarían a gestarse.

Aun así, la arquitectura ejercida por su ejecutor el arquitecto conserva y controla más allá de dicho periodo las subdisciplinas que le han sido afines y constitutivas de siempre –construcción, estabilización, administración, carpintería, fontanería, acústica, herrería, fundición, ornato, entre otras–, y también el arquitecto domina profesionalmente las producciones escultóricas, pictóricas, iconográficas, gráficas, literarias, escenográficas y urbanísticas, como actividades ordinarias de la disciplina y extraordinariamente, el desvío de ríos, la construcción de presas, de ciudadelas para la defensa, de caminos, puentes, pavimentaciones, acueductos y todo tipo de obra a resolver como arquitecto de la ciudad.

De todas las actividades inherentes de la profesión arquitectónica la de más responsabilidad social es sin duda la estabilidad de las edificaciones mediante el sistema estructural, sobre todo canalizar las fuerzas y pesos producidos por las techumbres a gran altura hasta descargarlas en el subsuelo, promover los amplios volúmenes de espacio interior en edificios públicos y los grandes claros de intercolumnios en puentes, acueductos y en obras monumentales. Las soluciones empíricas con base en la resistencia mecánica de los materiales, únicas a la mano por mucho tiempo, resolvían el factor de resistencia de los materiales de manera simplista: la relación altura determinada por la anchura del elemento estructural –columna, viga, armadura, bóveda, etcétera–; heredado desde la cultura griega clásica en que la altura de las columnas se determinaba por el diámetro de su base tomada como elemento de modulación.

Esta historia evolutiva de la arquitectura y el arquitecto europeo continuó lineal e inalterable hasta el siglo XVIII, tiempo en que la modernidad cambia de etapa con los vitales impulsos que le transfiere la Revolución Industrial, las reformas borbónicas, las invasiones napoleónicas y las independencias nacionales, que se verán aparejadas con la Ilustración, el enciclopedismo, el racionalismo y el positivismo, todo ello con repercusiones directas en la mayoría de las actividades humanas, afectando tanto a habitantes de Europa como a los de la Nueva España y el resto del mundo.

Del conjunto de fenómenos antes expuestos el que afecta directamente a la arquitectura es el racionalismo como forma de pensamiento propuesta por René Descartes, cuya tesis central es promover el desarrollo del conocimiento humano por medio de la razón, antagonizando con el método común del empirismo con base en la experiencia. Las herramientas principales del racionalismo que propuso Descartes son el método deductivo, las ciencias exactas de base matemática como la geometría, y la física como recurso experimental.

 

 

Ciencia UANL

 

 

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