Son jarocho en la frontera para reconectar a la comunidad

El son jarocho se toca en conjunto. Se puede decir con gusto que esta música es comunitaria por naturaleza. El zapateo, los versos y las notas tocadas por las cuerdas, se conjugan en un delicioso diálogo que reúne a todos los participantes bajo el rico halo de la música. Una pieza de son siempre deviene en jolgorio. El son llama siempre a vincularse.

Así, no resulta tan extraño que jaraneros de ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos se quisieran juntar a tocar son. Pero no podían, por las mismas razones que las familias fronterizas se ven apenas algunas veces al año y sólo a través de los huecos de ese extraño conjunto de barrotes y rejas que es el muro.

Así empezó el Fandango fronterizo, una fiesta que se realiza cada año en el Parque de La amistad, en la frontera entre Tijuana y San Diego. Desde 2008, se reúnen en mayo jaraneros de todos lados a tocar son “hasta que el cuerpo aguante” o las autoridades que patrullan la frontera, les pidan que se retiren.

El son jarocho manifiesta lo comunitario

El fandango tienen sus orígenes como tradicional fiesta en Veracruz (de donde viene el son jarocho). Músicos, versadores (cantantes que recitan las coplas, con un particular grito, típico en el género), bailarines y espectadores, se reúnen en torno a la tarima, donde se zapatea vigorosamente. El son es música que se disfruta en sociedad y la fiesta del fandango guarda protocolos que se siguen para mantener las danzas bastante organizadas, y que se valen del respeto que cada miembro de esta comunidad, ensamblada cada vez en lo espontáneo, le tiene a los otros.

El (primer) Fandango fronterizo fue todo un éxito y terminó a las 5 PM cuando los agentes de la patrulla fronteriza se acercaron a decirnos que solo una canción más y nunca se esperaron que la bamba duraría treinta minutos. En fin, fue genial verlos preguntar, cuánto duraba esa canción mientras los versos volaban de un lado a otro de la frontera sin parar.

El Fandango fronterizo, es, por supuesto, un evento muy peculiar. Hay una tarima de cada lado de la frontera y los que zapatean, a penas adivinan la figura del que está en frente. Y, aún así, con esta visión de fondo, el Fandango fronterizo no deja de ser una fiesta. Mucho más que eso: es un movimiento cultural, para, en palabras de sus organizadores “reclamar el espacio”. Los versos cantados alternan, entre los de sones populares mexicanos y otros que hacen alusión a la situación migrante y este panorama histórico que nos pintan las fronteras.

Felizmente no sólo asisten mexicanos. El tejido crece, con la participación de amantes del son jarocho nativos de Estados Unidos. Además, el evento llama a sujetos que reconocen un fenómeno similar, en sus propios países.

La música se cuela deliciosamente entre las fronteras

La música se manifiesta poderosamente. Y es que el ejercicio de intercambiar bienes simbólicos es efectivo a la distancia, pues corrompe esa frontera que, extrañamente, es apenas milimétrica. Los meñiques de sujetos en ambos lados se entrelazan y ese tacto discreto reconforta, pero también intensifica la añoranza. La música te abraza deliciosamente; la música se cuela entre las fronteras.

 

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