Incrustaciones en los dientes de los Mayas

Las investigaciones han demostrado que los mayas no consumían azúcar y tenían por costumbre lavarse la boca después de las comidas. Sin embargo, padecieron de caries dentales desde los tiempos más remotos.

Ello se debió a una dieta relativamente blanda, rica en carbohidratos y pobre en proteínas, según se puede constatar en el volumen Breve Historia de la Odontología en México, del Dr. Antonio Zimbrón Levy.

Dicho autor señala, también, que el estudio del tejido óseo –tanto en mandíbula como en maxilar y huesos ligeros– sugiere la preponderancia de la pariodontitis (inflamación del tejido que sujeta al diente) dentro de la población maya, al no ingerir la proporción adecuada de alimentos ricos en vitamina “C”.

Durante la época prehispánica, se practicaron dos tipos de intervenciones: las limaduras y las incrustaciones. De acuerdo con diversas fuentes consultadas, la más antigua fue la limadura del borde de los incisivos superiores.

De lo anterior dio cuenta el Fray Diego de Landa (1524-1579) en la Relación de las cosas de Yucatán, cuando escribió: “Tenían por costumbre aserrarse los dientes dejándolos como dientes de sierra y esto tenían por galantería y hacían este oficio las viejas limándolos con ciertas piedras y agua”.

Gracias a los estudios del Dr. Samuel Fastlicht (1902-1983), se ha podido conocer que, en la edad de oro de la cultura maya (siglos VIII y IX), el arte de la incrustación dental alcanza una perfección asombrosa, partiendo de la base de que los instrumentos eran únicamente de madera, obsidiana y otras piedras, pues no utilizaban metales para ese propósito.

La cavidad la hacían con un taladro rudimentario, empleando cuarzo como abrasivo. La incrustación era en jade, hematita (llamada “piedra de sangre”), turquesa, cuarzo, cinabrio y pirita de hierro. Finalmente, se fijaba la incrustación con un ajuste perfecto a la cavidad, para lo cual –según el Dr. Fastlicht– usaban un cemento de fosfato de calcio.

Todo parece indicar –precisa el Dr. Antonio Zimbrón Levy– que aquel cemento dental no tenía mayor poder adhesivo que los actuales, y recuerda que la incrustación se fija a la cavidad por medio de fuerzas mecánicas resultantes del ajuste y no por propiedades químicas adherentes.

Para arribar a las conclusiones ya mencionadas, fue muy importante –entre otros – el hallazgo de un gran número de piezas dentales con diferentes tallas e incrustaciones, en la isla de Jaina, ubicada frente a la costa de Campeche, que hacía las veces de cementerio.

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