Leyenda del fuego

–Tata, ¿qué es eso que viene rodando por la colina? – preguntó un chiquillo que tiritaba de frío.
–¡Ayya! ¡Parece una bola de pelos chamuscada! ¡Y va muy rápido! – respondió el anciano, mientras abrazaba a su pequeño nieto para protegerlo de la helada nocturna.

Frente a ellos, acompañado de una nube de tierra y presa de una gran velocidad, cayó directo desde la montaña de los dioses un proyectil parduzco y lleno de ceniza.

A pesar de que el objeto era pequeño y parecía estar hecho de pelo, su arribo causó un enorme estruendo, como si hubiera caído desde lo más alto de los cielos. Alertados por el ruido, todos los pobladores de la aldea decidieron abandonar sus cuevas para enterarse de primera mano de lo que había sucedido.

Pronto ancianos, mujeres, hombres y niños rodearon a aquella “cosa peluda”, aguardando expectantes que revelara su identidad lo más pronto posible.

La bola de pelos parduzca comenzó a agitarse, y tras algunos instantes dejó ver su verdadera forma: era un animalito gris de orejas cortas, hocico puntiagudo y pequeños bigotes. Su forma alargada le daba cierto aspecto gracioso, pero sus diminutos ojos, completamente negros y llenos de determinación, obligaban al que lo viera a tomarlo en serio.

Aunque había comenzado a estirarse poco a poco, el animalito continuaba hecho un ovillo, y su cola, larga y peluda, se hallaba escondida en la pequeña bolsita que la criatura ostentaba en su abdomen. La multitud de curiosos se apiñó en torno a él y la creatura se contorsionó un poco, visiblemente abrumada.

Entonces el más anciano de la aldea, el abuelo del niño que temblaba de frío, hizo un ademán con los brazos y todos se apartaron del pequeño animal. Se inclinó pues hacia la creatura y le acarició la cabeza con ternura. Esta reaccionó de inmediato ante el gesto, se sentó sobre sus patas traseras y sacó lentamente su cola del orificio hallado en su panza.

Grande fue la sorpresa de todos cuando el rabo del animalito, antes lleno de pelo, se mostraba completamente liso y pelado. Además, en la punta, esgrimía con orgullo una pequeña llama azul y naranja, que se agitaba tímidamente con el aire.

–¡Lo lograste, tlacuatzin! – exclamó el nieto del anciano sabio, y sin que nadie se lo pidiera, acercó un palito a la diminuta llama. Esta rápidamente prendió la punta de la madera, y el fuego, alguna vez solitario, ya contaba con un compañero.

Entonces la gente se apresuró a reunir pequeñas varas en el centro de la aldea, y cuando el montón fue lo suficientemente grande, arrojaron sobre él el palito que había encendido el pequeño. Pronto el diminuto fuego creció y creció, hasta convertirse en una enorme y ardiente hoguera. Todos se reunieron en torno a ella y felicitaron a “Tlacuatzin”, que completamente agotado, ya se había refugiado en los brazos del sabio anciano.

–¿Cómo lo hiciste? – musitó el viejo, mientras el animalito acomodaba la cabeza entre sus brazos.
–Es una larga historia…–susurró “Tlacuatzin”.
–Quiero oírla– insistió el anciano, con una sonrisa de “oreja a oreja”.
–¿Qué más te da? Ya tienen el fuego, lo demás no importa…–dijo la creatura, mirando fijamente a su interlocutor.
–Anda, noble tlacuatzin, permite que me entere de tus hazañas.
–Sí así lo quieres, así será… hace nueve días que abandoné tu aldea, Tata Iwari, y resolví que dados los fracasos del venado, el águila y la serpiente, recaía en mí la responsabilidad de traer el fuego a tu gente. Sé que muchos se burlaron de mí, y que otros tantos ni siquiera me tomaron en serio, pero aun así decidí subir la montaña y buscar robar un poco de la llama sagrada del sol. El ascenso fue más complicado de lo que creí: cuatro coyotes comenzaron a perseguirme apenas entre al bosque de las colinas, así que tuve que cuidarme de ellos apenas iniciado el viaje.

El anciano frunció el ceño y se cubrió la boca con un puño; ¿Cómo había logrado un simple tlacuache el burlar a cuatro hambrientos coyotes? ¿Qué cosa había hecho para no ser devorado?

–Sé bien que no es creíble que una pequeña sabandija como yo haya escapado de tan temibles depredadores, pero entérate de que aunque mi cuerpo es pequeño, no lo es así mi ingenio. Cuando noté que los coyotes me acechaban, comencé a quejarme larga y ruidosamente, fingiendo que me hallaba herido y cercano a la muerte. Pronto los tontos coyotes se confiaron y aminoraron el paso, seguros de que moriría en cualquier momento y no tendrían que gastar energías en cazarme.

El viejo abrió la boca en señal de sorpresa, pero cuando iba a expresar su admiración, el tlacuache negó con la cabeza y prosiguió con su relato:

–Paulatinamente me fui alejando de ellos, y llegó un momento en que ya les sacaba demasiada ventaja. Cuando me libré de la amenaza, puse todo mi esfuerzo en una corta pero efectiva carrera. Mis pequeñas patas se movían igual que hormigas recolectando comida, y en un suspiro dejé a mis perseguidores atrás.
–¡Ayya! ¡Qué ingenioso! A mí jamás se me hubiera ocurrido eso…
–Ingenioso, sí, pero no muy eficaz–declaró “Tlacuatzin” mientras se sobaba una de las patas. – Pronto los coyotes descubrieron la treta y emprendieron la persecución en mi contra. A pesar de que los había dejado muy atrás, sus zancadas eran muy largas y no tardarían en darme alcance, además, si eran la mitad de sanguinarios de lo que había oído, acabarían con mi vida en menos de lo que duraba un suspiro.
–¿Y qué hiciste?
–Comer tunas.
–¿Qué? ¿Cómo podías pensar en comer siquiera en un momento tan angustiante como aquel?
–Verás… descubrí que a mitad de la montaña había un enorme sendero lleno de nopalli. Me escabullí entre las enormes placas verdes cuidando de no espinarme, y pronto logré encararme a uno de ellos. Ascendí con mucho cuidando evitando a toda costa las peligrosas espinas, y cuando llegué a la cima de la deliciosa “montaña” verde, pelé una tuna y me la comí para aminorar el susto que aquejaba a mi corazón. Fue entonces cuando ideé un plan: le quité la cáscara a tres tunas, y recolecté otras tantas a las que no les retiré la piel ni las espinas. Cuando los coyotes me dieron alcance, observaron con enorme confusión que me hallaba yo devorando los frutos del nopalli con gran tranquilidad y nula preocupación. Intentando engañarme, el más viejo de la jauría alzó la pata delantera derecha y dijo: “Amigo tlacuatzin, ¿no tendrías a bien invitarnos una tuna?”
–¿Y qué cosa respondiste?
–Asentí y le mandé una pelada. La devoró de inmediato, y tras saborearla, pidió otra. Y también tres más para cada uno de sus amigos. Eso era lo que esperaba. Apenas abrieron el hocico, le lancé a cada uno de ellos una tuna sin pelar, llena de espinas y cubierta por la dura cáscara. Tan pronto la tuvieron en las fauces, los coyotes comenzaron a aullar de dolor a causa de las espinas. Mientras intentaban inútilmente deshacerse de las puntiagudas y diminutas agujas de nopalli, abandoné el lugar emprendiendo una veloz carrera hacia la cima de la montaña. No miré atrás, solo corrí.
–¡Ooooooh! ¡Qué astuto! Hay un gran corazón valiente en ese pequeño pecho.

El tlacuache aspiró muy hondo, y lleno de orgullo continuó su narración:

–Fue así como llegué a la parte más alta de la colina. Esa donde un pequeño bosque se alza intentando tocar las nubes. Sin perder tiempo me interné entre los árboles, y grande fue mi sorpresa al encontrarme con un claro rodeado por arbustos. Ahí justo en el centro, se hallaba el mítico señor de las llamas y el sol, el amo de todo lo que caliente y quema. La divinidad que lo sabe todo aunque no diga nada. Se calentaba las manos frotándolas justo al lado de una gigantesca masa amorfa de color azul , naranja, amarillo y rojo. Cuando vi ese colosal monumento danzarín, mi corazón dio un vuelco. Eso era precisamente lo que estaba buscando…
–Te refieres al…–musitó el anciano, queriendo añadir un poco de misterio a la narración del animalito.
–Sí. Era eso que llaman fuego. Caminé muy lento hacía él con una ramita seca de ocote en el hocico. Cuando me disponía a encenderlo, el dios del calor y el sol me miró fijamente y dijo:
“¿Qué haces aquí mi pequeño tlacuatl? ¿Acaso deseas un poco de mi sagrada llama?”
Asentí, y él sonrió. Hizo una pequeña reverencia y extendió las manos señalando su hoguera. Me estaba dando permiso para tomar todo el fuego que quisiera. Sin embargo, cuando me acerqué con mi trozo de árbol en el hocico, se interpuso entre la sagrada llama y yo. Me observó con los ojos severos y advirtió:
“Llévate todo el fuego que quieras, mientras lo hagas con alguna parte de tu cuerpo. No puedes usar nada para contenerlo que no te pertenezca: una rama, un montón de hojas, una pluma, un guijarro… nada que no sea tuyo podrá ser usado para que te lleves mi fuego. Anda, pequeño tlacuatl, toma todo el que quieras, pero que la antorcha para recogerlo venga de ti, y no de allá afuera”

Perturbado por lo que acababa de escuchar, el viejo contuvo la respiración y acarició instintivamente el lomo del animalito. Prácticamente toda su espalda se hallaba quemada. El pequeño pelillo áspero picaba al tacto, y su color, usualmente gris, se notaba oscuro y cenizo, casi negro. Quiso hablar, pero la creatura alzó el rostro esbozando una sonrisa y retomó con rapidez y soltura su narración:

–Primero intenté capturar al divino fuego con mi pelaje, pero no hubo zona de mi espalda capaz de contenerlo por mucho tiempo. Mi pelo se consumía rápidamente a causa de las llamas, y con cada nuevo intento solo conseguía obtener un montón de pelo chamuscado, pero nada de fuego. Después intenté con mis patas. Las introduje la hoguera y rápidamente las llamas se apoderaron de ellas. El dolor era insoportable, pero decidí soportarlo hasta llegar a la aldea. Sin embargo, con cada paso que daba, la fortaleza de la flama aminoraba, hasta que al final, tras una pequeña caminata, el fuego simplemente se había apagado. Angustiado, me senté junto al dios, aguardando que de un momento a otro, viniera a mi mente alguna brillante idea. Divertido con mi expresión de agobio, el Señor de las llamas y el sol me miró sonriente y declaró:
“A veces el principio comienza con el final”
Lo observé larga y profundamente sin comprender su mensaje. Dirigí la mirada hacia el frente y no vi nada que me ayudara a descifrar su confuso acertijo. Luego miré hacia atrás y lo único que vi fue mi peluda cola. Mi cola. ¡Eso era! ¡La respuesta estaba en mi cola! Avancé con decisión hacia la hoguera, y sumergí con determinación mi largo y peludo rabo. Se encendió de inmediato y pude sentir el agobiante calor de la llama en cada palmo de mi ser. Hice una pequeña reverencia al dios, y me retiré del claro con dirección al denso bosquecillo. Lo había logrado. Ahora solo faltaba marchar a casa.
–¿Marchar? –preguntó el anciano perplejo–.No llegaste marchando, ¡Llegaste rodando!
–¡Ah! –exclamó tlacuatzin.–Eso fue a causa de los coyotes… verás, cuando me disponía a bajar por una ladera de la montaña, descubrí que la peligrosa jauría estaba de vuelta. Cuatro poderosas bestias estaban aguardando por mí, ansiosos, coléricos, hambrientos… lo último que necesitaba en esos momentos era otro duelo más con esos miserables. Si pasaba demasiado tiempo con la llama en la cola, esta podría quemarse por completo y perdería tanto el fuego como mi hermoso rabo. Así que urdí un nuevo plan. Caminé sobre el largo zacate que rodeaba al bosque hasta llegar a una zona lodosa donde había mucho barro suelto. Al llegar ahí comencé a caminar hacia atrás, cuidando que el fuego no tocara el fango. Luego volví a subir sobre mis mismos pasos. Cuando alcancé la cima otra vez, dejé caer un par de piedras por el sendero lodoso. El ruido alertó rápidamente a los coyotes, que buscaron con ahínco la fuente del sonido. Cuando los oí aproximarse, regresé por el camino lleno de zacate y tomé una gran cantidad de aire. En el momento en que sentí lleno el pecho, guardé mi colita con fuego dentro del agujero en mi abdomen. Cerré los ojos y me hice un ovillo. Luego me dejé caer…
–¡Ayya! ¿Te arrojaste desde la cima de la montaña? –cuestionó el viejo.
–¡Oh sí! ¡Debía hacerlo! Era la única forma de no dejar rastro alguno para los coyotes. Examinar las huellas falsas en el otro lado de la colina les tomaría algún tiempo, pero al final descubrirían mi trampa y no tardarían en atraparme. La única forma de escapar era ser más veloz que ellos, y la única manera de serlo, era rodar…

Fue entonces cuando el anciano sabio se dio a la tarea de examinar a detalle al animalito: no solo tenía el lomo quemado, sino también mostraba restos de ampollas reventadas en las pequeñas patas. Además tenía multitud de rasguños y heridas por todo el cuerpo, mudos testigos de la épica batalla que acaba de librar. Por si fuera poco, había perdido para siempre el pelo que cubría su rabo. Profundamente agradecido, lo estrechó junto a su pecho con gran cariño y le dijo:

–Gracias por todo lo que has hecho por nosotros. Eres un auténtico héroe, no hay quien lo puede negar.
–A nadie parece importarle–murmuró tlacuatzin con la voz marchita, mientras apuntaba con su delgado hocico hacia la gente que bailaba alegre alrededor del fuego.

El viejo observó también la escena y negó con la cabeza. Miró al animalito y declaró:

–Yo me encargaré de que nadie olvide tu sacrificio.
–¿Lo prometes, Tata Iwari? – preguntó la valiente creatura con un hilito de voz.
–Lo prometo. – confirmó el anciano sabio.

Tlacuatzin sonrió y se acurrucó en los brazos de su amable amigo. Luego cerró los ojos y respiró muy hondo. Su misión había llegado a su fin. Y aunque la llama que ardía en su corazón se apagó aquella noche, su recuerdo persiste hasta nuestros días. No cabe duda de que hay fuegos que arden para siempre.

Comments

comments