El origen de los rarámuri y los chabochi

Chihuahua es una de las 32 entidades federativas que integran México, se caracteriza por ser el estado con mayor extensión territorial, localizándose al extremo norte del territorio nacional, su geografía se compone por la cordillera montañosa de la Sierra Madre Occidental, lo que hace de este espacio una zona riscosa y agreste, con muchas barrancas o cañones profundos y escarpados. Su clima es árido y extremo, sus temperaturas oscilan entre un calor asfixiante y un frío casi insoportable.
Sin embargo, esta región ha sido cuna de un pueblo milenario cuyos orígenes pueden rastrearse desde hace unos treinta mil años. Los Rarámuris o Tarahumaras como se les conoce de manera castellanizada ocupan en la actualidad una cuarta parte del territorio en el suroeste del estado de Chihuahua, en una de las partes más altas de la sierra, también conocida como Sierra Tarahumara. Rarámuri etimológicamente significa pie corredor y en un sentido más amplio quiere decir los de los pies ligeros, haciendo alusión a la más antigua tradición de ellos: correr. Concibiéndose a sí mismos como los de los pies alados.

Los Rarámuris son un grupo étnico rico en cultura, tradición e historia. Antes de la llegada de los españoles este espacio geográfico fue habitado por diferentes grupos que no se pensaban a sí mismos como pertenecientes a un mismo grupo cultural, cada uno de ellos tenía su propia organización, lengua y costumbres. Fueron los misioneros los que aplicaron el término Tarahumara a todos los habitantes de la zona como: los Guazapares, los Chínipas, los Témori, los Guarijíos y los Rarámuris, entre otros.
La segunda mitad del siglo XVII cambió su modus vivendi radicalmente, todos estos grupos debieron relacionarse con otras culturas que nunca antes habían visto ni imaginaban que existían. No sólo fueron los europeos en general, sino también algunos africanos esclavos. Los misioneros intentaron concentrar a los Tarahumaras en poblados alrededor de las misiones para poderlos catequizar y, a la vez, fueran mano de obra en las minas y en las haciendas agrícolas de los españoles. Pero su espíritu libre después de la catequización los llevó a revelarse de esa forma de vida y de trabajo, refugiándose en las zonas altas e inaccesibles de la sierra, este aislamiento hizo que este grupo étnico conservará muchos elementos de su cosmovisión presentes hasta el día de hoy y otros fueran adaptados y reinterpretados a la religión cristiana.

La cosmovisión Rarámuri es de gran trascendencia para su autodefinición como cultura. El que no hace la fiesta no es Rarámuri. Para serlo, hay que trabajar, porque la fiesta también es trabajo, es una manera de cumplir con sus antepasados y así mantener sus tradiciones. Para los Rarámuri, la tierra es donde los pusieron los anayáwari (los antepasados); es prestada, razón por la cual hay que trabajarla y respetarla. Toda la naturaleza es digna de respeto y hay que tratarla con amor, con el mismo amor con el que los anayáwari cuidan a los Rarámuri.
Para los Rarámuris como en todas las culturas ancestrales existe un mito fundador cuya creencia general radica en el hecho de que en un principio todo lo era el sol y la luna que vivían solos en forma de niños, vestidos únicamente con hojas de palmilla habitaban una choza de palos revocados con lodo y techo de palma. Estos niños no poseían ningún bien terrenal: ni vacas, ni chivos, ni gallinas, ni borregos, ni cóconos. Los dos niños eran de color oscuro y el lucero de la mañana era el único que brindaba luz a la tierra. Ellos no hallaban qué hacer entre tanta oscuridad. No podían trabajar y tenían que tomarse de la mano para no tropezar con las piedras y caer a los barrancos.

Pero un día curaron al sol y a la luna tocándose el pecho con crucecitas de madera de madroño mojadas en tesgüino, y poco a poco el sol y la luna empezaron a brillar y a dar luz. Cuando el mundo se llenó de agua, un niño y una niña tarahumara subieron a la montaña llamada Lavachi, situada al sur de Panaláchic, de la cual llegaron cuando el agua desapareció llevando consigo tres granos de maíz y tres de frijol, y como todo estaba blando con tanta agua, las plantaron en una roca, se acostaron y tuvieron un sueño aquella noche. Posteriormente cosecharon, y de ellos descienden todos los tarahumaras. Al mismo tiempo, el Señor de las Tinieblas, enojado y celoso del nacimiento del Rarámuri, creó una figura de cenizas. Con un solo golpe, se convirtió en el hombre blanco o Chabochi. Así nacieron los Rarámuri y los Chabochi. Así lo dicen los Rarámuris.
Para el Rarámuri, el sol y la luna son sus antepasados, y por lo tanto sus deidades. En algunas regiones de la sierra el sol es mujer “porque es la que da calor”, la que anda trabajando todo el día, y la luna es hombre, “porque anda trabajando en la noche”, porque los hombres Rarámuri salen de los ranchos a buscar vigas para construir sus casas y a veces, deben caminar de noche; por eso la luna es hombre. Pero en otras regiones de la sierra, la luna es mujer y el sol es hombre. Debe recordarse que el territorio de la Sierra Tarahumara es muy grande, y así de extensa es la diversidad cultural.

Hoy en día ya no existen sistemas de castas; sin embargo, todavía se perciben los restos de esa historia colonial. Si consideramos la idea de que la palabra o concepto Tarahumara surgió en el siglo XVII para identificar a todos los indígenas de la región, en contraposición con el blanco, mestizo o Chabochi, entonces, ser Rarámuri lleva mucho contenido demostrándose en su comportamiento y lo más importante de todo: hacer la fiesta, tomar batari (tesgüino), ya que sus antepasados así lo han solicitado. El Rarámuri tiene muy claro que al mundo hay que cuidarlo siempre, no hay que permitir que se muera, que lleguen las aguas otra vez y se inunde la tierra; por eso deben hacer la fiesta, pisando fuerte y manteniendo todo lo malo abajo.
En la sierra que lleva su nombre habitan los tarahumaras, o rarámuris “los hombres de los pies alados”, como ellos se llaman a sí mismos. Esta prodigiosa sierra produce en el visitante una impresión que difícilmente puede olvidar: enormes montañas, riscos escarpados, desfiladeros o cañadas profundas que se extienden hasta el infinito. Lo más asombroso, sin embargo, es que desde épocas milenarias sus antiguos moradores son y viven como antes, como siempre.

De estatura mediana, muy fuertes, son pura musculatura, de piel oscura, con el cabello negro, brillante y lacio, parecen forjados en hierro. Su porte es de dignidad y misterio; sus rostros, sobre todo los de las mujeres, son perfectamente ovalados, armónicos y parecen esculpidos en una avellana. Los tarahumaras son huidizos, poco comunicativos, sobre todo con los “chabochis” es decir, los blancos y los mestizos.

Los hombres visten una camisa amplia, suelta, con cuello y grandes mangas con puño, de manta blanca o de colores en seda brillante. Usan un taparrabo que cuelga por detrás, atado a la cintura con un ceñidor tejido en lana. En la frente llevan un lienzo amarrado de lado, con las puntas colgando, que se llama “kowera“. Las mujeres portan una blusa con batita, de la que sale un faldón plegado que les llega a la cintura, y mangas amplias con puño. Sus faldas son amponas, superpuestas, tres o cuatro, blancas o de colores, y las acinturan con un ceñidor de lana.

Durante las épocas de calor viven en pequeños grupos en los vallecitos de las altas montañas, de las que bajan en invierno, antes de que se cubran de nieve. Ya instalados en el sitio escogido, se dedican a elaborar sus ollas, sus cestas, reparan las casitas de adobe o de madera, los graneros y las palizadas para su ganado.

Los tarahumaras siembran maíz o frijol en las tierras que los circundan. Todo es de todos, su organización social es totalmente armónica. Nadie tiene más que los otros. Cada quién desempeña un trabajo y una responsabilidad.

Democráticamente eligen un “gobernador”, destacado por su inteligencia, de gran tradición tarahumara, buen orador y con autoridad moral. Al elegido le entregan el bastón de mando; él tiene unos ayudantes llamados “gobernadorcillos”, que atienden las diferentes regiones. Cuando éstos llegan a una comunidad, junto con los pobladores repasan lo que significa ser rarámuri, su mitología, sus ritos, la herbolaria, los cultivos. Estos personajes hacen de jueces, de médicos, de sacerdotes, de maestros.

Su lengua es dulce, pues ellos son gentiles. No tienen palabras ni actos agresivos. Todo lo hacen con poesía: “te saludo con la paloma que gorjea, te deseo salud y felicidad con los tuyos”. Desde niños conocen la ecología de su entorno, se hablan de tú con la naturaleza.

Realizan ritos ancestrales, a los que sólo muy pocos extraños han tenido acceso, como la bendición del peyote, presidida por sus autoridades y chamanes, en la noche, en medio del bosque. A la Semana Santa acuden “los pintos”, que son unos hombres casi desnudos, con el cuerpo decorado con círculos blancos. Entonces se oye en toda la sierra el misterioso sonido de los grandes tambores de estos hombres, que corriendo como venados acuden a la celebración.

En uno de los pueblos se reúne la comunidad tarahumara: autoridades, hombres, mujeres y niños, e incluso unos personajes con penachos y plumas. Ahí, como en otras celebraciones, hacen el “tónari”, que es un caldo de carne con especias serranas, el “tesgüino”, bebida fermentada de maíz, tamales, “chacales” o elotes tiernos guisados, y tortillas.

Dedican sus bailes al Sol, a la Luna y a las estrellas, dioses ancestrales que los vigilan. Acompañados por flauta, violín, guitarra y tambor, en sus coreografías hacen mandalas del firmamento. Una de las más bellas danzas es el “Yúmare”, bailada por mujeres y cantada en varios tonos.

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