El más grande fue el boxeador Juan Rodríguez

“Quítate de allí… que te quites te digo”… al no recibir respuesta del burro cargado con leña que impedía la entrada a su casa, el peleador xalapeño Juan Rodríguez, el Zurdo de Oro, le soltó un tremendo izquierdazo que el animal cayó como bulto, pero justo en esos momentos llegó su dueño, y con machete en mano correteó al otrora boxeador gritándole un montón de groserías del porqué lo había agredido.

Ésa fue una de las tantas anécdotas que un día nos contó el más grande peleador xalapeño de todos los tiempos, un guerrero del ring que deleitaba a miles de aficionados que lo iban a ver en sus combates en la Arena Xalapa, por los años 70.

El Zurdo de oro era un fuerte ponchador nacido en el barrio Guadalupe Victoria, en pleno centro de la ciudad, donde creció muy de prisa en aquellos tiempos en que ser boxeador no era cosa fácil, a menos que se contara con un gran talento.

Pero Juanito tenía ese don, esa gracia que sólo Dios da. Desde chiquillo lo demostró. Le gustaba darse de catorrazos con otros chamacos de su edad y hasta más grandes. El tamaño no importaba, su poder de puños superaba todo defecto. Parecía que su destino estaba escrito, pues tenía todo para llegar a ser grande, no sólo a buscar una oportunidad por un título del mundo, sino de ser el rey del planeta en el peso pluma.

 

No fueron fáciles sus inicios en el mundo de las “orejas de coliflor”, sobre todo lo que se genera a su alrededor en el que las adicciones son el pan nuestro de cada día. El Zurdo de Oro no fue una excepción, tras ir subiendo como la espuma en el terreno rentado no faltaron aquellos “amigos” que logran sus objetivos hablándole al oído palabras dulces, aduladoras y que embriagan el ego del ser humano. Todo eso y la fama hicieron perder el piso a Juanito, y a pesar que la disciplina no era su fuerte, su talento siempre lo sacaba adelante, es por eso que el apodado Zurdo de Oro peleó más de 150 ocasiones, y aunque no existe récord porque en su momento nos confesó que hubo momentos para “ganarse la papa” peleaba de manera clandestina en Chiapas, donde permaneció por varios años, ya que estaba acostumbrado a la aventura, a no tener cadenas ni sogas que le impidieran ser libre.

Otra historia nos fue confiada por su manager, don David Ovando, por cierto, el más grande manejador de boxeadores en nuestra ciudad, quien afirmó que si su pupilo no fue campeón mundial es porque no quiso, y otra porque Arturo el Cuyo Hernández, manager del entonces campeón del mundo de peso pluma, el famoso Rubén Púas Olivares, no quiso que se enfrentarán argumentando que el xalapeño “era una chucha cuerera”.

A fines de 1994 fue cuando nos dimos a la tarea de buscarlo para que nos regalara su experiencia. De él no sabíamos cómo era físicamente, sólo nos guiamos por quienes lo conocían y que decían que desde muy temprano salía de su domicilio de la calle Guerrero para buscar saciar una sed que más tarde le causaría problemas.

Al pasar varios días de búsqueda infructuosa, por fin la suerte nos acompañó, y cierta ocasión en la esquina que forman las calles Guerrero y Melchor Ocampo lo vimos. ¿Eres el boxeador Juan Rodríguez? Le pregunté mientras él, algo desconfiado, me miró de arriba abajo… y contestó “sí, por qué…”, me identifiqué y le dije que quería entrevistarlo. Recuerdo que aceptó, pero antes me dijo que tenía hambre, por lo que cerca de allí compramos un par de tortas y unos refrescos y enfilamos a su domicilio.

Cuando entramos en lo que era su hogar llegó un olor a total abandono, era un cuartito tapizado de botellas vacías y con manchas en la pared propias de la humedad, así como un techo casi caído que imploraba una reparación urgente.

Acomedido el hombre me invitó a sentarme en un viejo sofá, ése que supimos le servía de cama, de aposento para recuperar fuerzas tras las constantes trasnochadas a las que sometía su cuerpo.

Allí el Zurdo de Oro nos contó prácticamente toda su vida. Se regocijaba acordarse de todo lo que había conseguido durante su carrera, de sus títulos, sus peleas y de sus mujeres, siendo en este renglón del que más hacía mención, pues aseguró que por su vida desfilaron muchas damas que le dieron a veces otro significado a su vida: “Anduve con estadounidenses, brasileñas y puertorriqueñas, las mujeres siempre me gustaron”, comentó en su momento.

En sus destellos de lucidez hizo un alto en el camino y comenzó a entrenar, a prepararse, tenía clavada una espina y trabajó para sacársela: el objetivo era tener una pelea de despedida en el coloso de Sayago, su casa por muchos años, el lugar que en una época llenaba con su sola presencia, pues verlo pelear era todo un espectáculo.

Así se alistó por varios meses y el sábado 28 de octubre de 1995 peleó ni más ni menos que contra el Púas Rubén Olivares, con quien protagonizó durante seis rounds una fragorosa batalla que, aunque fue de exhibición, dejó satisfechos a los aficionados que asistieron, ya que los contendientes se dieron hasta con la cubeta.

Pero vino el declive en su vida, ya que tras finalizar esa pelea de despedida volvió a las andadas. Se notaba que ya quería volver a levantar una copa, a volver a brindar con esa gente que fue parte de su vida en sus años de brillo, pero no supo que ese momento fue el inicio del fin.

Así es como llegó a una realidad, muy triste, una recaída de la que ya jamás se levantó, pese al esfuerzo de familiares y amigos que veían cómo el boxeador iba minando poco a poco su vida, pero que nada hizo por darse otra oportunidad y rescatarse de un rumbo que presagiaba lo peor.

Juanito era el ídolo del momento, el más grande boxeador xalapeño de todos los tiempos, el poderoso, el que noqueó casi a todo rival que osara ponérsele enfrente, pero como Aquiles tenía su debilidad, un punto vulnerable que no iba acorde con esa figura granítica de los ensogados, y unos meses después murió, lastimosamente por nocaut ante la muerte, de ésa nadie escapa, pero de la que él siempre decía no tenerle miedo “porque para morir nacimos”.

DIARIODEXALAPA

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