El descubrimiento de Tula

En su Historia general de las cosas de Nueva España, escrita en el siglo XVI, fray Bernardino de Sahagún nos habla de la ubicación de Tula y de un edificio, inconcluso, con “pilares de la hechura de culebra”. Quizá fray Bernardino se refiere al Edificio de los Atlantes o Templo de Tlahuizcalpantecuhtli, una de las advocaciones de Quetzalcóatl.

Posteriormente, en 1885, Désiré Charnay publica Les anciennes villes du Noveau Monde, libro en el que incluye el estudio de Tula. Ahí, Charnay describe las esculturas y edificios que excavó en dicha ciudad, entre otros el Palacio Tolteca y la Casa Tolteca, acompañados de fotografías, dibujos y planos; asimismo, proporciona el dibujo de un anillo del juego de pelota con la representación de una serpiente, y cuyo paradero, por cierto, se desconoce a la fecha. Ahora bien, es importante señalar que Charnay fue el primero en observar similitudes entre Tula y Chichén Itzá, considerando que los vestigios de la primera, a la que ubica en el siglo X, corresponden a la Tula mencionada en las fuentes.

Indiscutiblemente, uno de los trabajos más importantes realizados en Tula es el de don Jorge R. Acosta, quien inicia sus exploraciones en 1940 y las continúa a lo largo de casi veinte años. Los primeros resultados los da a conocer en su artículo “Exploraciones en Tula, Hidalgo, 1940”, publicado en la Revista Mexicana de Estudios Antropológicos, órgano de la Sociedad Mexicana de Antropología. Un año después, en 1941, esta sociedad realiza la Primera Mesa Redonda sobre el tema “Tula y los toltecas”, en la que, a la luz de los hallazgos de Acosta y los estudios etnohistóricos de Jiménez Moreno, se concluye que la Tula mencionada en las fuentes corresponde a este sitio en el estado de Hidalgo, y no, como hasta ese momento pensaban muchos estudiosos, a Teotihuacan.

A Jorge R. Acosta se debe también la primera cronología basada en materiales cerámicos, a partir de la cual establece que Tula es posterior a Teotihuacan, ubicándola entre 900 y 1200 d.C. Asimismo, excavó varios edificios, entre otros: el Edificio B (también conocido como de los Atlantes o Templo de Tlahuizcalpantecuhtli) y el Coatepantli o “muro de serpientes” que lo rodea, el Juego de Pelota, el Palacio Quemado, el Edificio C y el semicircular de El Corral, en los que se observa la tendencia a ser reconstruidos.

Un caso interesante lo encontramos en los atlantes: estas esculturas, sobre las que descansaba el techo del Templo de Tlahuizcalpantecuhtli, fueron realizadas en cuatro partes, cada una ensamblada mediante el sistema de caja y espiga. También se demostró, tras un estudio estilístico e iconográfico, que los relieves en piedra con la representación de Quetzalcóatl y una deidad femenina, ubicados enfrente de Tula, no fueron tallados por los toltecas sino por los aztecas, quienes ocuparon la antigua ciudad después de su destrucción.

Años después, en 1968, se inician recorridos de superficie y trabajos de excavación en el Juego de Pelota II, edificio que cierra la plaza principal de Tula por su lado oeste, y en el tzompantli que se encuentra junto a él. Los hallazgos fueron por demás interesantes: el edificio del Juego de Pelota mostró por lo menos dos etapas constructivas, una tolteca y otra, muy burda, posterior, en la que se localizó, hacia la parte media de la cancha lo que parece ser un temascal o baño de vapor. El Juego de Pelota, de aproximadamente 114 metros de largo, resultó ser uno de los más grandes excavados hasta el momento en Mesoamérica, junto con el de Chichén Itzá, con el que guarda similitudes, si bien este último presenta un acabado muy superior en los relieves y otros elementos. En el tzompantli o “hilera de cabezas”, ubicado dentro de la plaza, con su escalera que da al oriente

Como parte de los estudios de la distribución interna de la ciudad se asignó el nombre de Tula Chico al conjunto que se encuentra un kilómetro al norte de la plaza principal de Tula. La presencia de cerámica Coyotlatelco en los pozos estratigráficos indicó que la plaza de Tula Chico es anterior a la conocida plaza de Tula, y que, por lo tanto, fue ahí donde se inició la ciudad. Para corroborar lo anterior, los materiales le fueron entregados al doctor Robert Cobean, especialista en cerámica, quien después de excavar en el lugar arrojó luces con sus investigaciones acerca de la cronología de Tula, ubicando a Tula Chico entre los años 700-900 de nuestra era.

Las excavaciones realizadas por Agustín Peña y María del Carmen Rodríguez en los conjuntos habitacionales del paraje de Dainí, constituidos por una parte habitacional propiamente dicha y otra ceremonial, aportaron interesante información: mostraron que los conjuntos fueron ocupados primero por los toltecas y más tarde por los aztecas.

Otro proyecto importante, desarrollado casi al mismo tiempo que el anterior, fue el del doctor Richard Diehl, quien bajo el patrocinio de la Universidad de Missouri realizó recorridos de superficie que incluyen el análisis de instrumentos de obsidiana, lítica y figurillas, así como estudios arquitectónicos, etnohistóricos y de moluscos. Paralelamente, el doctor Robert Cobean establece la secuencia cerámica del sitio. En los años ochenta y noventa, Guadalupe Mastache y Robert Cobean continúan con el estudio de Tula, publicando, entre otros, diversos trabajos sobre la cultura Coyotlatelco.

Después de varias décadas de exploración arqueológica, la riqueza de la vieja ciudad de Tula aparece aún inagotable. Habrá de esperar, entonces, como sucede en toda disciplina, que nuevas investigaciones aporten mayor información sobre las obras y las cosas primamente realizadas ahí por los toltecas…

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