El campamento que entrena a niños para matar

Ucrania.- Ese es el consejo que los instructores del campamento de verano“Temperamento de voluntad” organizado por Sokil (el ala juvenil del partido nacionalista ucraniano Svoboda) les dan a los pequeños reclutas que aprenden a manejar armas.

Y aquel blanco es cualquier soldado ruso: las facciones más radicales de Ucrania los ven como invasores que deben ser liquidados o expulsados.

“Nunca apuntamos las armas a las personas, pero no consideramos que los separatistas sean personas”, remata Yuri “Chornota” Cherkashin, un excombatiente que lidera el campamento.

Escondidos en un bosque en el oeste del país, en su mayoría se trata de adolescentes pero hay niños incluso de apenas 8 años.

Y hay mujeres y varones y todos visten ropa de fajina y se mueven entre los árboles con rifles de asalto AK-47 que en algunos casos son más altos que ellos mismos.

Además del entrenamiento militar, los chicos también reciben cursos para combatir “todos aquellos desafíos que podrían destruir” la civilización europea.

Entre esos “desafíos” se encuentran los derechos de la población LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transexuales). Para los encargados del partido, representan una señal de la decadencia occidental.

“Hay que ser conscientes de todo eso”, explica el instructor Ruslan Andreiko.

Todas esas cuestiones de género, perversiones de los bolcheviques modernos que llegaron al poder y que ahora tratan de meter en el sistema educativo, todas esas cosas LGBT, como las marchas del orgullo gay.

Los campamentos revelan así un propósito más amplio que luchar contra las fuerzas rusas: son bastiones de la ola nacionalista europea, que considera que la guerra cultural contra la pluralidad y la tolerancia es tan importante como la militar.

Los nacionalistas, acusados de violencia y racismo, han jugado un papel central en el conflicto entre Ucrania y Rusia y mantienen vínculos con el gobierno.

En 2018 el Ministerio de Juventud y Deportes otorgó 4 millones de hryvnias (alrededor de 150.000 dólares) para financiar algunos de los campos juveniles que crearon los nacionalistas, para fomentar la “educación patriótica”.

La vocera del ministerio, Natalia Vernigora, sostiene que el dinero lo distribuye un panel pendiente de cualquier “indicio de xenofobia y discriminación” pero que “no analiza las actividades de agrupaciones específicas”.

Una de las rutinas de entrenamiento consiste en despertarlos con un estallido en el medio de la noche: deben salir de sus carpas y tomar las armas y cargarlas todo el día, una tarea extenuante que hizo que, al menos una vez, una chica se cayera al piso entre lágrimas, doblegada por el cansancio.

Pero el mensaje del campamento resuena fuertemente entre algunos.

Durante un intervalo de descanso, un joven toca una marcha nacionalista en la guitarra. El instrumento tiene una calcomanía con bombas blancas destruyendo una mezquita y abajo una frase: “Nuestro objetivo es la Europa blanca”.

“En cualquier momento las cosas en nuestro país pueden salir mal”, explica Mykhailo, quien a los 18 años es el mayor en el campamento.

Uno tiene que estar preparado. Para eso vine: para aprender a protegerme a mí y a la gente que amo.

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