Echegaray, el Nobel de Literatura que quiso dedicarse a las matemáticas

Se cumple en este año el centenario de la muerte de José de Echegaray (1832-1916), catedrático de Matemáticas y premio Nobel de Literatura en 1904, el primero concedido a un español. También fue ministro de Fomento y de Hacienda en varios gobiernos (antes, durante y después de la I República) y actor principal en la creación del Banco de España como banco emisor. Formó parte de la comisión que se desplazó a Cartagena para recibir al rey Amadeo de Saboya. Fue también director de la Real Academia de Ciencias y de la Real Academia de la Lengua y primer presidente de la Real Sociedad Matemática Española. Su producción literaria, en torno a 70 obras de teatro que gozaron de cierta popularidad en su tiempo, le valió el premio Nobel. Sin embargo, Echegaray se consideraba matemático por encima de todo (decía que su vocación se despertó en el Instituto Alfonso X El Sabio de Murcia):

“Las matemáticas fueron, y son, una de las grandes preocupaciones de mi vida; y si yo hubiera sido rico o lo fuera hoy, si no tuviera que ganar el pan de cada día, probablemente me hubiera marchado a una casa de campo y me hubiera dedicado exclusivamente al cultivo de las matemáticas. Ni más dramas, ni más adulterios, ni más suicidios, ni más duelos, ni más pasiones desencadenadas… Pero el cultivo de las Altas Matemáticas no da lo bastante para vivir. El drama más desdichado, el crimen teatral más modesto, proporciona mucho más dinero que el más alto problema de cálculo integral…”

Curiosa frase de Echegaray, totalmente justificada por el escasísimo número de matemáticos que había en su tiempo en España. Un análisis somero de las publicaciones de Echegaray permite afirmar que no fue un matemático creativo; posiblemente él no se lo propusiera en serio, pero sí fue un gran divulgador y estaba al tanto de las matemáticas de su tiempo. Es notable el curso sobre la Teoría de Galois que desarrolló en el Ateneo, así como su opúsculo sobre La teoría de la luz que es una introducción a las series e integrales de Fourier, o el que dedicó a las construcciones geométricas con regla y compás, en el que menciona el resultado de Ferdinand Lindemann sobre la trascendencia del número pi, aunque confiesa no haber podido hacerse con los detalles de la demostración.

Pero lo más destacado es su curso de Física Matemática, donde se propone un plan tan ambicioso que incluye las teorías de la elasticidad, de la luz, del calor, de la gravitación, de la capilaridad, de los torbellinos, de la electricidad y el electromagnetismo, de los rayos catódicos y de la radioactividad… y los desarrollos puramente matemáticos que les son inherentes: funciones de Bessel, armónicos esféricos, teoría del potencial, series de Fourier, ecuaciones diferenciales, cálculo de variaciones… También mostró interés en la teoría de los torbellinos en donde se formuló la conjetura de Lord Kelvin. El éter luminífero era por entonces el fluido hipotético imprescindible para explicar las ondas luminosas, y en él, según Kelvin, podrían generarse vórtices de distintas topologías que podrían ser los diversos átomos. Esa teoría quedó rápidamente obsoleta, pero no así la conjetura que ha llegado hasta nuestros días: ¿pueden generarse vórtices complicados en un fluido? Esta ha sido resuelta recientemente por Alberto Enciso y Daniel Peralta, dos miembros del ICMAT que han recibido diversas distinciones internacionales por su trabajo. El Instituto es referencia mundial precisamente en el estudio de las singularidades de los fluidos (olas, torbellinos, frentes atmosféricos).

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