El altar de muertos: un ritual vivo

No es verdad que vivimos, no es verdad que duramos en la tierra. ¡Yo tengo que dejar las bellas flores, tengo que ir en busca del sitio del misterio!»

«Enigma de vivir». poesía mexica.

 

Pocas culturas tienen la tradición de festejar a sus antepasados. La mexicana no sólo pertenece a este selecto grupo cultural, sino que, además, porta orgullosa el reconocimiento de la Unesco como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad desde 2001.

La tradición de honrar a los muertos ha sido, desde tiempos prehispánicos, no sólo una forma de recordar a aquellos que «se nos han adelantado», sino también de reconocer nuestros orígenes. Bien dicen: uno es de donde descansan sus muertos.

Raíces del altar

La ceremonia de poner un altar de muertos ha evolucionado desde la tradición prehispánica hasta convertirse en un sincretismo cultural. Sin embargo, en su origen tenía propósitos específicos: el primero era recordar a los muertos—«traerlos de vuelta» mediante lo que disfrutaron en vida—; el segundo, encaminarlos hacia el lugar de la muerte que les correspondía según el papel que desempeñaron en vida y la forma en que murieron; el tercero era rendir culto a los méritos de su «desempeño existencial»; finalmente, el más importante era invocar a las almas para tener su guía en rituales sagrados—nacimientos, matrimonios, otros fallecimientos, etcétera— y como intercesores ante los dioses en «el otro mundo».

Las celebraciones dedicadas a los muertos eran de distinta índole y se llevaban a cabo a lo largo de cuatro años y cuatro meses —tiempo que le tomaba al difunto llegar a su destino final, según los periodos lunares y solares de la astronomía mexica—. Una de ellas se lleva a cabo durante los primeros dos días de noviembre —fechas que se adoptaron con el calendario cristiano—: el primer día del mes se festeja a los niños difuntos, mientras que el segundo se recuerda a los adultos fallecidos y a las «almas solas» —aquellas que ya no tienen familiares vivos.

 

Los lugares de la muerte

A pesar de que el actual altar de muertos es producto de la fusión de culturas completamente opuestas —la mexica y la española—, aún conserva elementos que fueron establecidos desde mucho antes de la Colonia, como la significación otorgada a cada uno de los niveles que lo componen.

El Miccailhuitontli —también conocido como Tlaxochimaco, ‘Ofrenda de flores’— era la ceremonia rendida en honor a Mictecihuatl, diosa del Mictlán —inframundo, según la mitología mexica.

Su función es la de preparar el alma del difunto para los obstáculos a los que se enfrentará en el «más allá»: así, el altar de muertos es una especie de representación del inframundo, que está compuesto por nueve niveles, los cuales deben ser recorridos por las almas para alcanzar el «descanso eterno»

1. Izcuintlan, ‘lugar de los perros’: en este nivel, el alma debía cruzar un río; sólo podía hacerlo con la compañía de Xolotl —‘perro’—, dios del atardecer en la mitología mexica y tolteca.

2. Tepetl monamicyan, ‘lugar de los cerros que se juntan’: los muertos debían evitar ser aplastados por las montañas.

3. Iztepetl, ‘cerro de obsidiana’: el reto era escapar de filosos pedernales.

4. Itzehecayan, ‘lugar del viento de obsidiana’: era un nivel gélido.

5. Pancuecuetlacayan, ‘lugar donde la gente vuela’: nivel desolado con vientos que podían congelar a quien atravesara por él.

6. Temiminaloyan, ‘lugar donde la gente es echada’: manos invisibles y echas perdidas eran las amenazas de este nivel.

7. Teyollocualoyan, ‘lugar en donde el corazón es devorado’: sin el corazón, el viajero no podía continuar hacia su destino.

8. Itzmi lan apochcalocan, ‘templo que humea’: en este nivel, los muertos podían perderse debido a la espesa neblina.

9. Mictlan, ‘lugar de los muertos’: el tonalli —alma— era liberado y alcanzaba el descanso buscado.

Finalmente, el lugar a donde llegaban los muertos dependía de la forma en la que la persona había fallecido.

I. Mictlan, donde reinaba Mi lantecuhtli —‘señor de la muerte’— y al que llegaban todos aquellos que sufrían una muerte natural o enfermedades que no son consideradas como sagradas.

II. Tlalocan, ‘lugar de Tlaloc’, lugar al que llegaban aquellos que habían muerto ahogados, por lepra o sarna.

III. Tonatiuh ichan, ‘la casa del sol’, era el lugar de mayor esplendor, pues era morada de Huitzilopochtli, donde habitaban los que habían muerto al filo de la obsidiana —los guerreros— y aquellas mujeres que habían fallecido durante el parto.

IV. Cincalco, ‘la casa del maíz’, regido por Huemac y dedicado a los niños fallecidos durante la la lactancia.

El altar de muertos hoy

La costumbre del altar consiste, en general, en instalar una mesa cubierta con papel picado, que representa al viento —uno de los cuatro elementos del mundo físico—. Sobre éste deben ir los restos de los difuntos, simbolizados con calaveritas de azúcar o chocolate marcadas con sus nombres; se colocan también veladoras —fuego— para alumbrar el camino del alma hacia el que fue su hogar en vida, y se ofrecen los platillos, bebidas —tequila, mezcal, cerveza y agua— y dulces preferidos por «el muertito»; frutas y semillas representan en el altar a la tierra; por último van «los entierros», que son ataúdes hechos de cartón, madera o barro, junto con muñecos de papel de china o crepé, que deben ser adornados con flores de cempasúchil —cempoal-xóchitl, ‘ flor de 20 pétalos’— que, además de ornamento, son guía en el camino que debe seguir el muerto: con ellas se forma una cruz griega cuyo centro representa la unión de los cuatro caminos que conducen de vuelta al inframundo.

Finalmente, los vivos —para asegurarse de que el espíritu al que abren las puertas de su hogar es un «alma buena»— usan inciensos, copal y sal para purificar el ambiente y alejar a las almas corrompidas.

Sentido y significado

El altar de muertos —y su significado— está íntimamente relacionado a la cosmogonía indígena, que a diferencia de la occidental —que ve a la muerte como el final de la existencia— plantea a la muerte como complemento inherente a la vida que uno no sólo sufre, sino que honra y de la que uno se ríe.

ALGARABÍA

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